fbpx
Menú Cerrar
Comparte en tus redes sociales
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

DE LA IGLESIA MILITANTE A LA IGLESIA CLAUDICANTE

DR. JESÚS VALLEJO MEJÍA

DE LA IGLESIA MILITANTE A LA IGLESIA CLAUDICANTE

En varias ocasiones me he referido al libro de Yves-Marie Hilaire, “Histoire de la Papauté”, para resaltar que es una historia que se resume en 2.000 años de misión y tribulaciones.

La misión viene del Evangelio mismo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16:13-20); “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado” (Mt. 28:18-20).

Las tribulaciones han sido la constante a todo lo largo de estos dos milenios.

La Iglesia hubo de soportar en sus comienzos la persecución de los judíos y luego la de los romanos. Su triunfo en el siglo IV se vio ensombrecido después por las herejías, la invasión de los bárbaros, las guerras con los hunos, los árabes, los mongoles y los turcos, la escisión de la Iglesia griega, los conflictos con emperadores y reyes, la Reforma Protestante, la Revolución Francesa, las persecuciones masónicas y las comunistas, etc. Pero quizás el peor de sus enemigos ha anidado en su interior, tal como lo señaló S.S. Benedicto XVI, quien citando a un alto dignatario de hace varios siglos comentó que la prueba de la protección divina, lo de que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18), radica en que no la han podido destruir los múltiples y gravísimos pecados tanto de sus jerarcas como de sus fieles. El escándalo ha amenazado con demolerla, pero siempre ha sabido resucitar de la postración a que ha tratado de someterla.

Nadie duda de que en los tiempos que corren, al lado de los agresivos procesos de secularización que buscan erradicar la cultura católica en todas partes, el escándalo ha contribuido con su obra deletérea a alejar de la Iglesia a muchísima gente. Unos, que vienen de la increencia, temen acercarse a ella, porque a su juicio no les ofrece remedio para su malestar espiritual. Otros, nacidos y criados en su seno, se alejan al verla tan contaminada y toman bien sea el camino del agnosticismo, ora el de las sectas.

No es el caso de envolverlas a todas estas dentro de un rótulo peyorativo, pues a menudo se encuentra en ellas una auténtica espiritualidad cristiana que lleva a sus fieles a transitar por el buen camino. Pero hay que dolerse de que este no sea el camino de la unidad que preconiza el Evangelio, cuando dice que “Una nación dividida corre a la ruina, y los partidos opuestos caen uno tras otro” (Lc. 11:17)

Los dos milenios de existencia de la Iglesia se explican, amén de la acción providencial, por su celo por la unidad: unidad en la doctrina, unidad en la enseñanza moral, unidad en la acción pastoral, unidad en la liturgia, unidad en la organización.

Todos estos escenarios de unidad están hoy en grave riesgo. Es probable, en efecto, que la apuesta por el “aggiornamento” promovida por los hoy santos Juan XXIII y Pablo VI a través del Concilio Vaticano II haya abierto profundas grietas en la antaño monolítica estructura de la Iglesia.

De entrada, hay que observar que la interpretación de la obra conciliar da lugar por lo menos a tres corrientes: una, en realidad minoritaria, que la rechaza o al menos la cuestiona, tal como lo sostienen los sedevacantistas y los lefebvristas; otra que predica su continuidad con la tradición, tal como lo ha señalado S.S. Benedicto XVI; y una más, a la que parece adherir S.S. Francisco, que postula más bien la ruptura con ella.

Que este sea el propósito del actual Pontífice, es asunto que puede prestarse a discusión, pues hay quienes afirman que de Perón aprendió el arte de la ambigüedad y el ocultamiento de sus designios. Pero no cabe duda de que muchos de quienes lo rodean pretenden “protestantizar” a la Iglesia, sin cuidarse del cisma que podría derivarse de ahí.

Recuerdo que hace años, Alain de Penanster, el entonces comentarista de asuntos religiosos de “L’Express”, observaba que entre los protestantes había cierta nostalgia de la organización y la belleza litúrgica del catolicismo, pero entre los católicos, a su vez, se estaba dando el gusto por el debate y la libertad de pensamiento reinantes en el protestantismo.

Esto último es ostensible. Lo que resta de la intelectualidad católica, salvo en los medios tradicionalistas e integristas, es cada vez más refractario al magisterio de la Iglesia, sobre todo cuando se invoca la autoridad de la tradición.

Al libro de autoría colectiva en que participaron entre otros el Cardenal Martini y Umberto Eco, “En qué creen los que no creen”, podría añadirse ahora otro que titulara “En qué creen los que creen”, del que resultarían no pocas sorpresas, pues muchos de los que hoy nos consideramos católicos profesamos creencias muy diversas sobre asuntos fundamentales de fe y moral.

La firmeza que antaño exhibía la Iglesia militante ha devenido en una distensión proclive a las claudicaciones. Ello es palmario en los Estados Unidos y Europa occidental, o en la Compañía de Jesús. Lo es, quizás, en el Vaticano mismo. Y lo padecemos entre nosotros.

Los ejemplos abundan. Acá, en nuestra Arquidiócesis, encontramos párrocos que rechazan las imágenes con argumentos luteranos o niegan verdades católicas como la Anunciación, la Encarnación, la Resurrección o la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, y establecimientos educativos patrocinados por la Iglesia que en lugar de entronizar a San Agustín o Santo Tomás de Aquino, rinden culto a Marx, Nietszche, Heidegger o Foucault.

¿Qué decir del silencio de la jerarquía eclesiástica ante la imposición torticera de la ideología de género como normatividad constitucional en el NAF? Dizque en aras de la paz con las Farc, se dejó pasar sin que mediase debate alguno una formulación de principios encaminada a destruir la familia, que es la obra maestra de la civilización cristiana.

Es tema sobre el que di remate a una disertación que en estos días hice en el Centro Cultural Cruzada. El Cardenal que en cierto momento calzó botas de guerrillero no tuvo palabras para oponerse a lo que la consagración de dicha ideología conlleva, que no es otra cosa que la revolución sexual de que trata, por ejemplo, el muy documentado e inquietante libro de E. Michael Jones, “Libido Dominandi”.

En ciertas publicaciones católicas se registran con preocupación estos y otros hechos similares que parecen anunciar que ya estamos en frente de “El Misterio de Iniquidad” que preludia la apostasía de la Iglesia. Pero, fieles a la promesa evangélica, aprestémonos más bien a orar por su unidad y su santidad, de modo que la crisis que ahora padece no traiga consigo su disolución, sino un nuevo nacimiento, tal como lo dejó expuesto Jean Guitton en su lúcido escrito titulado “Lo absurdo y el misterio”.

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
>