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El liberalismo como herejía

Prof. Juan Gabriel Caro Rivera

El liberalismo como herejía

Los autores tradicionalistas hacen un contraste entre la sociedad tradicional (el Mundo de la Tradición según Evola, o sociedad aristocrática) opuesta a la sociedad moderna (el reino de la cantidad según Guénon, o sociedad democrática), ambas sociedades existen paralelamente, como dos elecciones posibles, de una eternidad contrapuesta. En ciertos momentos una de ellas prevalece sobre la otra, pero no son sociedades que en un proceso evolutivo provengan la una de la otra, tal y como enseña la historiografía moderno que presupone que la historia es la “marcha de la libertad y la igualdad”, y que de la sociedad aristocrática, tribalista y cerrada pasamos a la sociedad democrática, abierta e igualitaria. Por el contrario, las sociedades tradicionales son igualmente válidas o superiores a las modernas, porque a diferencia de estas últimas las primeras hunden sus raíces en la Eternidad, en la Verdad, el Bien y la Belleza.

 

¿Cuál es la razón, filosófica y dogmática, por la cual los autores tradicionalistas y ultramontanos rechazan el liberalismo como pecado? Para comenzar, quisiera explayarme acerca de lo siguiente: el mundo moderno es el resultado de una crisis histórica y social que comienza con el Renacimiento y que seguirá agudizándose en la medida en que nos acercamos al mundo de ahora. Fue durante esta desintegración de la Edad Media europea que San Vicente Ferrer exclamó que el mundo había entrado en los Últimos Tiempos y profetizó el fin de una época y el comienzo de otra. Esta época histórica, marcada por el desastre y la crisis de identidad de la Cristiandad, demolida por las costumbres neo paganas, la radicalización de los movimientos heréticos y milenaristas, y las guerras religiosas que enfrentaron a los príncipes cristianos los unos contra los otros, fue cuando empezó a surgir una nueva concepción del mundo opuesta a la Tradición y a los principios católicos; surge la visión naturalista y laica del mundo y de la religión; aquella nueva visión del mundo primero triunfó en los círculos filosóficos para luego convertirse en ideología oficial de los Estados Nacionales Europeos: esta visión no es otra que el liberalismo. El liberalismo, como tal, es una ideología política moderna que remonta su existencia al Renacimiento y la Reforma y que concluyó con la Ilustración y las revoluciones europeas. En la base de este modelo se encuentra la proclamación del valor supremo de la libertad del individuo que hunde sus raíces en la visión pagana del hombre como “la medida de todas las cosas”, esta concepción del mundo, que triunfó en Occidente desde el Renacimiento, a buscado re acomodar la totalidad de las estructuras sociales a este principio. Sus características son:

  1. El individuo como sujeto metodológico.
  2. La creencia en el carácter sagrado de la propiedad privada.
  3. La afirmación de la igualdad de oportunidades como la ley moral social.
  4. La creencia en la base “contractual” de todas las instituciones socio políticas incluidas el gobierno.
  5. La abolición de las autoridades gubernamentales, religiosas y sociales que afirman detentar la “verdad universal”.
  6. La separación de poderes y la formulación de sistemas de control social sobre cualquier institución gubernamental.
  7. La creencia en una sociedad civil sin razas, pueblos ni religiones en lugar de los gobiernos tradicionales.
  8. El predominio de las relaciones de mercado frente a otras formas políticas (“la economía es el destino”).
  9. La certeza de que el camino histórico de los pueblos y países occidentales es un modelo universal de desarrollo y progreso para el mundo entero, que debe imperativamente ser tomado como estándar (1).

En definitiva, el liberalismo es una ideología. Pero ¿Qué es una ideología? Es un sistema cerrado de pensamiento que a partir de sus propios axiomas se establece como absoluta. En este sentido, el liberalismo es tan sistemático y totalitario como lo son el comunismo y el fascismo, pues intentan reducir todos los fenómenos a conceptos comprensibles dentro de su sistema histórico. Como toda ideología, y el liberalismo no escapa a esto, es lo que podemos designar como una “representación colectiva”, esta debe ser inyectada constantemente al cuerpo social. De ahí que el liberalismo haya creado sus propios sistemas de propaganda, educación y vigilancia, realice constantemente condenas de sus enemigos históricos y sociales y persiga a todos aquellos que pretendan oponérsele. Por supuesto, no podría ser de otro modo, pues las sociedades liberales se presentan como aquello que no es totalitario, pero en realidad poseen un totalitarismo velado que no es tan dogmático como sus oponentes históricos.

Por eso, el liberalismo es un totalitarismo velado e implícito. Los críticos liberales siempre han defendido la idea de una “sociedad abierta” (cosmopolita, comercial, individualista y libre) que se opone a una “sociedad cerrada” (tribalista, mágica, religiosa y colectiva), así fue como Popper atacó las formas totalitarias que ideológicamente habían intentado acabar con el liberalismo como definición absoluta de la modernidad. Con esto Popper denunciaba al comunismo y al fascismo como formas de oscurantismo y enemigos de la sociedad abierta. El liberalismo eligió como sujeto histórico e ideológico al individuo, mientras que el comunismo defendió la clase y el fascismo la nación, el Estado y la raza. Estas ideologías políticas lucharon durante todo el siglo XIX y XX por encarnar la esencia de la modernidad y establecer sobre el mundo su reinado universal. Hubo Estados fascistas y comunistas, así como liberales, que se batieron en cruentas guerras mundiales, coloniales y totales, redujeron a polvo a miles de ciudades y desgarraron sociedades enteras en busca de su supremacía. Obviamente el comunismo y el fascismo instalaron sociedades totalitarias, donde la persona (en su sentido antiguo) fue subordinada a sistemas políticos totales que pretendieron encarnar la razón histórica, crear al “hombre nuevo” (el obrero y el soldado en el comunismo, el hombre ario en el nacional-socialismo) que pusiera fin al desorden total y manifiesto de la modernidad. El liberalismo también participó en esta tendencia totalitaria, pero su intención era crear un sujeto histórico abstracto que se impusiera sobre las clases inferiores y los sistemas sociales “atrasados” y “primitivos”.

El liberalismo, tal y como lo concibieron los autores modernos, era la liberación del hombre de todas aquellas estructuras que lo limitaban para de ese modo acabar con la heteronomía de la voluntad e instalar al individuo, es decir, la defensa de la libertad negativa. John Stuart Mill, el más famoso de los filósofos liberales, realizó la separación entre Liberty (la “libertad de”, del latín libertas), de su opuesto el Freedom (que es la “libertad para”). Mill definió la “libertad de” como la capacidad del sujeto de irse progresivamente separando de todo aquello que se le oponía, mientras guardó silencio sobre la “libertad para” de la cual esperaba que los sujetos se hicieran cargo en su propia individualidad. Ahora bien, al hacer esta separación y optar por la libertad negativa, los filósofos europeos terminaron por favorecer el nihilismo implícito en esta propuesta. La “libertad de” significaba ir abandonando poco a poco todas las barreras y límites que habían sido impuestos por la naturaleza y la sociedad, donde este sujeto solipsista terminaba por hacer pedazos el marco histórico, social y natural que lo encuadraba. Primero el individuo fue emancipado de las estructuras religiosas que lo determinaban (separación Iglesia-Estado, persecución de las órdenes religiosas, promoción del naturalismo, el laicismo y el deísmo), después fueron demolidos los cuerpos sociales (los gremios, los estamentos, los privilegios y las castas, es decir las comunidades políticas anteriores al Estado moderno absoluto), para finalmente atacar la misma naturaleza humana y la ley natural (se intenta liberar al individuo de su identidad sexual, corporal, singular, el último bastión de defensa contra la abstracción total). El padre Basilio Méramo, en su artículo “El liberalismo es una herejía camino hacia la apostasía”, precisa lo siguiente:

“De tal modo tenemos que el liberalismo en el orden natural proclama la independencia y libertad, tanto: de la inteligencia en relación a la verdad, de lo verdadero y del bien en relación al ser, generando el subjetivismo y el relativismo; de la voluntad respecto a la inteligencia, produciendo el voluntarismo absolutista; como de la conciencia respecto a ley moral, originando la libertad de conciencia y de cultos (libertad religiosa); de los sentimientos a la razón, causando el romanticismo; del cuerpo respecto del alma, dando lugar a la animalidad proyectada en la pura sexualidad, del presente respecto al pasado, dando origen al progresismo y al rechazo de la tradición; del individuo respecto a la sociedad, dando principio al individualismo anárquico que no respeta ninguna jerarquía, ni principio de autoridad, tenemos así al hombre como sujeto absoluto de derechos (2).”

Como se puede ver el liberalismo posee una dimensión nihilista que pretende hacer desaparecer cualquier intento de identificar al sujeto, o, por decirlo filosóficamente, sería el paso de lo determinado a lo indeterminado, la desaparición de la naturaleza y los frenos impuestos por la misma esencia de las cosas que acaba en la profanación, la impiedad y el satanismo. Si los filósofos modernos pretendieron cerrar el cielo, eliminar lo sobrenatural e implantar la naturaleza como único criterio para medir el mundo, lo que queda de este inmanentismo solo conduce de hecho hacia abajo: la apertura de las puertas del infierno de donde la imaginación de los postmodernos extrae todas aquellas criaturas anti-humanas y post-humanas de la singularidad tecnológica como la pretensión de la creación de un Dios sin rostro: los cyborgs, los mutantes, los robots, el transhumanismo, etc… Este último paso es el que se esta dando hoy y hacia el cual tendemos.

Por supuesto, para los ultramontanos católicos, el liberalismo era la traducción a la política de las tesis protestantes acerca de la libertad de conciencia y religión frente a la comunidad histórica y social. No por nada los católicos vieron en el capitalismo y en el liberalismo a su antiguo enemigo protestante que pasaba del terreno religioso al político y económico, y que luego asume formas nuevas que pretendían demoler la sociedad aristocrática y feudal en nombre de la democracia y el libre mercado. Es más, el liberalismo como tal fue excesivamente violento: en Europa, el terror revolucionario de los ilustrados franceses confiscó bienes, derogar leyes proteccionistas y maximizo el libre mercado gracias a la liberación de los bienes de “manos muertas” (como llamaban los liberales al saqueo de los bienes de la Iglesia) listos para ser intercambiados, vendidos y poseídos con la intención de instaurar su propio sistema económico, enemigo de la autarquía medieval y la economía orgánica. En todas partes este proceso fue violento y se enfocó en perseguir a la Iglesia, sus riquezas terrenales y atacar a la religión. Por poner un ejemplo entre muchos, en Colombia encontramos los aterradores testimonios del padre Baltasar Vélez, amigo del liberalismo, que dice lo siguiente:

“[los liberales] insultaron al clero en los periódicos, escarnecieron los dogmas de la Religión, implantaron la masonería, decretaron oficialmente la enseñanza de Bentham , usurparon el patronato, los diezmos y otros bienes de la Iglesia, suprimieron conventos, desterraron al santo arzobispo Mosquera del modo más criminal, expulsaron á los jesuítas, los volvieron á desterrar en 1861, lanzaron del país á los Obispos, extinguieron las Comunidades religiosas, sacando aun á culatazos á las monjas de sus monasterios , usurparon como treinta y más millones de pesos de los bienes de las iglesias, le quitaron al clero el derecho de elegir y ser elegido, restablecieron la enseñanza oficial de Bentham y suprimieron la enseñanza religiosa en las escuelas, volvieron á desterrar á los Obispos, á perseguir sacerdotes, á arrebatar cementerios, á poner en práctica la odiosa ley del matrimonio civil, convirtiendo las iglesias en cuarteles, los sacerdotes en soldados, fusilando y macheteando imágenes sagradas,” etc (3)

Como se puede ver, el liberalismo hispanoamericano tan radical y violento como su contraparte europea, pues pretendía destruir las tradiciones religiosas de nuestros países por medio de los mismos métodos copiados de los sans-culottes franceses. Pero aquí nos vemos llamados a hacer una acotación importante: el conservadurismo es una forma de liberalismo. El conservadurismo, y por lo tanto los partidos conservadores europeos y americanos tienen su origen en los parlamentos. El conservadurismo partía de la aceptación de las ideas liberales sobre elección política y social, haciendo pequeños intentos de remendar la situación revolucionaria para frenar sus formas más radicales, no obstante capitulando frente a los avances que traía consigo este sistema político. Ahora bien, como los mismos principios del liberalismo no han dejado de radicalizarse a lo largo del tiempo, el conservadurismo se ha ido reajustando a estos principios, siempre cediendo en la medida en que la radicalidad revolucionaria va dejando tirado en el camino soluciones históricas que ahora pasan por arcaicas (4). Políticamente, esto explica porque los diferentes partidos conservadores hispanos terminan entregando sus logros a sus “enemigos jurados”. La derecha y la izquierda no son otra cosa que las dos caras de un mismo sistema político parlamentario, representativo y democrático.

Finalmente, el liberalismo tiene una dimensión geopolítica (5) importante: es el triunfo de la Pantalasia (el gran mar) en contra de la tierra. Como el liberalismo se basa en el libre iniciativa privada, el comercio, la navegación planetaria y el individualismo está unido indisolublemente al mar. El mar se convierte en ese espacio acuoso y amorfo, del devenir constante y el cambio, que no puede ser contenido ni controlado. La superficie marina se identifica con el liberalismo, al cual presta su extensión como terreno, autopista nómada a través de la cual circulan sin parar los “stocks” económicos que unen al mundo postmoderno: algunos liberales han descrito esta situación como la unión de una gran cantidad de archipiélagos por toda la superficie terrestre que forman nudos de intercambio comercial y circulación de capitales y personas, es la concretización de la talasocracia. Las sociedades talasocráticas han sido predominantemente comerciales y financieras: Atenas, Cartago, Babilonia (que según Schmidt era una civilización predominantemente fluvial), Inglaterra y Estados Unidos a partir de 1885. Por esa razón, siempre se han puesto bajo la protección del Leviatán (el monstruo marino) y Mammón (el Ángel caído de las riquezas). En contraste con ellas, existen las civilizaciones telúricas, civilizaciones de la tierra, del espacio, basadas sobre la autoridad, los valores espirituales, las jerarquías y la autarquía. Son pueblos donde predominan los valores ascéticos y heroicos, de carácter agrario, aristocrático y holístico. Ellas existen bajo el signo de la tierra, que es imagen de la religión, la solidez y la firmeza. Su representación simbólica es el Behemoth, la criatura de la tierra, la bestia con columnas como piernas, que se mueve por su superficie sin restricción. Históricamente, estas sociedades han sido Esparta, Roma, el Sacro-Imperio Romano, España y la Rusia de los Zares, cada uno de estos pueblos ha encarnada este ideal en diferentes momentos. En este sentido, defendemos a los pueblos telúricos en contra de los pueblos talasicos, poseídos por el espíritu de la iniquidad, los algoritmos informáticos y las máquinas de destrucción masiva que exportan por medio de portaviones sus antivalores a todas las costas del planeta. No por nada los autores ultramontanos vieron en el liberalismo, y en su correlato naturalista, la Gran Apostasía de la que hablaba San Pablo, la “herejía de los últimos tiempos” que desencadenaría la llegada del Anticristo:

“El liberalismo es, pues, lo que hay de más opuesto al cristianismo. El cristianismo en esencia es todo sobrenatural, o más bien sobrenatural en esencia y en acto… El naturalismo, hijo de la herejía, es más que una herejía: es el puro anticristianismo. La herejía niega uno o más dogmas; el naturalismo niega los dogmas, si es que puede haber alguno. La herejía altera más o menos la revelación divina; el naturalismo niega que Dios se haya revelado. La herejía le quita a Dios esta o aquella parte de su reino; el liberalismo lo elimina de la naturaleza y el mundo” 

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