La opción del diálogo está completamente agotada
- Eugenio Trujillo
Esta frase es del presidente Abelardo de la Espriella en el discurso de posesión del pasado 7 de agosto. Desde ese día, la ofensiva de las Fuerzas Armadas y de Policía contra de todos los grupos terroristas, subversivos y delincuenciales es absoluta y total.
Después de 44 años de fallidos procesos de paz, concesiones, claudicaciones, indultos a decenas de miles de terroristas, amnistías incondicionales a centenares de grupos al margen de la ley, y todo tipo de contemporizaciones con la subversión marxista y el crimen organizado, la política de Estado en Colombia da un giro de 180 grados.
Desde 1982 nos equivocamos en el camino de la paz
Pero veamos los hechos. En 1982, el presidente Belisario Betancur comenzó el primer proceso de paz con las FARC, el ELN y el M-19. Aunque se decía conservador, realmente era un comunista inspirado en las nacientes doctrinas de izquierda de la Teología de la Liberación.
Su proceso terminó en el más absoluto fracaso, con el asalto del M-19 al Palacio de Justicia en 1985 y la masacre de los magistrados de la Corte Suprema y 90 personas más. Esa fue una hecatombe que marcó para siempre a Colombia, con la cual se desmanteló la justicia, lanzando al país en una guerra infame que perdura hasta hoy.
¡Colombia no aprendió la lección! Es evidente que cuando el Estado capitula ante los enemigos de la Patria no se consigue ninguna paz, pero todos los presidentes de Colombia hicieron exactamente lo mismo, desde Betancur hasta Petro, durante 44 años, entre 1982 y 2026. Lo único que consiguieron fue lanzar a Colombia en el caos, en la barbarie y en el colapso de la justicia.
Esa ignominia fue impuesta a todos los colombianos como el único camino hacia la paz. En ese viaje hacia la muerte y la destrucción, participaron eufóricos todos los partidos políticos, los gremios empresariales, los empresarios, las Altas Cortes, el sistema judicial en pleno, la Iglesia Católica y todos los obispos. Nadie podía disentir de ese dogma político, porque era acusado de fanatismo.
Todo fue previsto por Tradición, Familia y Propiedad
Sólo una entidad, desde aquel entonces, batalló contra la corriente denunciando que esa era una falsa paz, y que la verdadera paz jamás se conseguiría por la vía de las claudicaciones ante el terrorismo. Esa Entidad fue la desaparecida Tradición, Familia y Propiedad, cuya labor continúa desarrollándose ahora a través de Tradición y Acción, que me honra presidir desde su fundación en 1999, y del Centro Cultural Cruzada, que se fundó un tiempo después.
En 1982 la TFP afirmó lo siguiente en un pronunciamiento publicado a página entera en los principales periódicos del País:
“Amnistía a los guerrilleros: ¿Medida de pacificación? ¿O transferencia de la guerrilla del fondo de las selvas al corazón de las ciudades?
Estas concesiones, en vez de aplacarlos, solo servirán para alimentar en ellos la esperanza de éxito, por medio de extorsiones aun más amargas, radicales y violentas, con marcha rápida para la extorsión total (Cfr. El Tiempo, 9 de noviembre de 1982. Pág. 6 A).
Hoy, 44 años después, eso fue exactamente lo que ocurrió. Decenas de manifiestos fueron publicados por la TFP, y después por Tradición y Acción, en todos los diarios de Colombia y del exterior. Libros, artículos, conferencias y foros fueron realizados por toda Colombia, y también en Washington, Miami, varias ciudades de España, Brasil y otros países vecinos.
Nadie escuchó. Todos hablaban de paz, pero no había paz. Todos hablaban del derecho a la vida, pero durante esos 44 años fueron asesinadas en Colombia casi un millón de personas, decenas de miles fueron secuestradas, cientos de poblaciones rurales fueron dinamitadas por la guerrilla y cientos de bombas fueron explotadas en las grandes ciudades. Al menos cinco millones de colombianos se fueron del país para no volver, y otros cinco millones migraron desde sus territorios en guerra hacia otras zonas del País buscando la paz, sin encontrarla. Pero, ninguna de estas atrocidades le importó a nadie.
Lo que dijo la TFP en ese entonces se cumplió al pie de la letra. La guerrilla se trasladó del fondo de las selvas al corazón de las ciudades y la extorsión al país fue cada vez más radical y más sangrienta.
Los presidentes fueron entregando el país a la guerrilla marxista
A pesar de ello, la política de Estado a favor de la falsa paz no cambió nada durante este tiempo. Gaviria negoció con Pablo Escobar hasta que el capo se voló de la cárcel de lujo que él mismo había construido. Samper reanudó los diálogos con el ELN en un monasterio de Alemania, conseguido gracias a los buenos oficios de la Conferencia Episcopal de Colombia. Pastrana les entregó El Caguán, creyendo estúpidamente que así conseguiría la paz. Uribe los derrotó militarmente, pero dejó como heredero de su gobierno al traidor de Santos, que ya negociaba con las FARC oculto en las sombras.
Finalmente, Santos firmó el Acuerdo con las FARC en 2016, que le costó al Estado 140 billones de pesos (US $40.000 millones), los llevó al Congreso para que hicieran leyes, les creó la JEP para que la impunidad y la vergüenza fueran totales y después se robó el plebiscito, en el cual Colombia rechazó el Acuerdo. Duque reanudó las capitulaciones con el ELN, hasta que le explotaron un carro bomba dentro de la Escuela de Policía en Bogotá matando a 22 cadetes. Finalmente, el proceso de entrega culminó con la llegada de Petro a la presidencia en 2022, con el cual se instauró un gobierno criminal, degradante y corrupto.
El presidente de la Espriella decidió cambiar el rumbo
Pero hace un mes llegó a la presidencia Abelardo de la Espriella y la política de falsa pacificación fue cancelada. Ahora se está implementando lo opuesto de lo que no funcionó por cuatro décadas.
Es decir, por fin entendimos que la única forma de pacificar el País es desmantelando con la fuerza legítima del Estado a todos los grupos criminales. Los cómplices de los gobiernos anteriores nos decían que era imposible derrotarlos, porque eran aliados. Además, nunca combatían eficazmente a la subversión, por lo cual afirmaban que era imposible derrotarla. Los falsos procesos de paz protegían a los terroristas, los sacaban de las cárceles, les concedían libertad absoluta para delinquir, y así fue como aterrorizaron y sometieron a 50 millones de colombianos.
Pues bien, esa farsa se acabó. En el primer mes de este gobierno la lucha contra el terrorismo ha dado más frutos que en todo el gobierno de Petro. Y Colombia aplaude de pie y respalda al nuevo presidente, porque abrió los ojos y entendió que estuvo engañada por casi medio siglo.
¡Se ha roto el hechizo de la falsa paz! Apareció el líder capaz de proclamar ante el país y ante el mundo que no hay paz sin un combate frontal, absoluto y decidido contra todos los factores de disolución que durante estos años nos condujeron al caos, a los más altos índices de criminalidad del mundo, y al dominio de vastos territorios en manos de grupos armados y de asesinos despiadados.
¡Que viva Cristo Rey! Y que Dios proteja a Colombia de la tragedia que sería regresar a las garras de tan malos y cobardes gobernantes como los que tuvimos en el pasado.
