El adiós del último Aureliano
- Eugenio Trujillo
En sus confusas y frecuentes peroratas, el expresidente Petro, con los ojos enrojecidos por efectos de la droga y el alcohol, afirmaba que él era el último de los aurelianos.
Hacía referencia al realismo mágico de Macondo, donde la estirpe numerosa de Aureliano Buendía gobernaba en medio de las extravagancias fantásticas de un mundo imaginario.
La familia Buendía, en la cual casi todos los hombres se llamaban Aureliano, expresaba sus locuras en forma similar a como lo hacía Petro, quien se creía el espadachín del universo, mitómano salvador de las naciones y líder galáctico que llegó al poder para salvar a Colombia de los ricos y conducirla a la gloria.
¡Sin embargo, qué lejos estaba de cumplir sus fantasías! El Aureliano que padecimos pasó los cuatro años de su mandato anunciando delirantes promesas, pero no cumplió ninguna. Su única y fantástica realización como presidente de Colombia fue la destrucción de todo lo que funcionaba en el País.
La catástrofe no fue mayor porque es un vago desordenado que no consigue hacer realidad ni una sola de sus locuras. Todos los anuncios de Petro se quedaban en retórica, sin cumplimiento alguno y en planes grandilocuentes que ni siquiera avanzaron el primer paso. Además, todo su equipo de gobierno se dedicó a robar, de tal forma que con esa pandilla criminal era imposible hacer cualquier cosa.
El último Aureliano nació con cola de puerco
Como vago empedernido e ignorante absoluto de todas las materias y oficios, se consideraba el genio incomprendido que conocía todas las soluciones. Se enorgullecía de ser el último Aureliano, pero al parecer nadie le dijo que ese personaje nació con cola de puerco y que poco después se lo comieron las hormigas. Con esta tragedia horrorosa se cerró el ciclo de una estirpe que se convirtió en leyenda gracias a la imaginación desbordada del realismo mágico.
Este detalle me lo recordó un amigo de Brasil, que me escribió a propósito de mi artículo anterior, en el cual describía la “olla” de podredumbre en la que se transformó la Casa de Nariño, residencia honrosa de los presidentes de Colombia, que fue convertida por Petro en un lupanar de orgías, desfalcos y brujería satánica.
No deja de tener un tinte profético el episodio escabroso de las hormigas, pues eso es exactamente lo que le va a acontecer al último Aureliano. No me refiero a las hormigas reales, sino a que ellas simbolizan la colosal cantidad de procesos judiciales que se abrirán contra Petro y su gobierno por todas las corruptelas y delitos de su administración.
Cada proceso, cada investigación y cada demanda penal contra él será como una hormiga asesina, y serán tantos, que parecerán una horda que va a devorar a un personaje que se pasó el tiempo de su presidencia delinquiendo y destruyendo el País.
El nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella tiene la responsabilidad histórica de investigar cada uno de los desfalcos y rapiñas de esta pandilla criminal que dejó desmantelado al Estado. Colombia tiene que averiguar cómo se robaron el dinero del presupuesto de la nación durante cuatro años, quiénes fueron los responsables, a dónde se llevaron esos recursos inmensos, para recuperarlos y devolverlos a las instituciones saqueadas.
Además, es urgente conocer las complicidades de Petro con las estructuras criminales de los grupos terroristas. En el horror de la llamada “paz total” muchos terroristas salieron de las cárceles y fueron nombrados gestores de paz. Los jefes de los grupos terroristas vivían como reyes porque ninguna autoridad los perseguía, mientras negociaban con coca, mataban y secuestraban inocentes, se apoderaban de regiones enteras y sembraban el terror entre la población campesina en medio de la más absoluta impunidad.
Este periodo oscuro de nuestra historia bien podría denominarse “Cien años de pillaje”, aunque apenas duró cuatro años. Y cada investigación, cada proceso, cada incautación de recursos robados, será como una hormiga que muerde al desdichado Aureliano, que tendrá que pagar ante la justicia por todo el mal que le hizo a Colombia.
Los organismos de control se cruzaron de brazos
Cuando se conozca la verdad, será necesario determinar por qué los organismos de control del Estado no actuaron en absoluto. La Contraloría debe revisar todas las cuentas que paga el Estado para impedir la corrupción, pero no se conoce una sola medida durante el gobierno de Petro para detener el saqueo de las arcas públicas.
Sólo en los meses previos a las elecciones presidenciales se firmaron 800.000 contratos de prestación de servicios, por 31 billones de pesos ($10.000 millones de dólares). Y en los cuatro años de Petro la deuda externa aumentó en $100.000 millones de dólares, sin que nadie sepa dónde se invirtieron, pues no se construyó ninguna obra importante. ¿Qué responsabilidad tiene la Contraloría, que no hizo absolutamente nada para combatir la corrupción del petrismo?
La Procuraduría tampoco hizo investigación alguna a los miles de funcionarios comprometidos con las corruptelas del Gobierno. Y menos aún la Fiscalía de bolsillo. Las tres instituciones de control del Estado se cruzaron de brazos sin hacer nada ante la voracidad de la corrupción, con una que otra excepción, como es el caso de los robos millonarios de La Guajira, a donde nunca llegó un litro de agua a las poblaciones sedientas. Hasta ahora, las investigaciones realizadas, incluyendo la captura de los ministros involucrados con el desfalco a la UNGRD, han sido realizadas por la Corte Suprema de Justicia.
Ahora que van a avanzar las investigaciones veremos con certeza que la realidad va a superar la ficción. Todos los hechos de corrupción deben ser conocidos y los responsables deben ser castigados con cárcel, y no en prisiones domiciliarias, que en realidad son mansiones adquiridas con los dineros robados. Esa será la garantía para que este horror que vivimos no se repita jamás, y las generaciones futuras entiendan que elegir guerrilleros en la presidencia de la República es un error fatal que multiplica el subdesarrollo y la pobreza.
Colombia estará atenta a las investigaciones, que sin duda se extenderán por medio mundo, porque las mafias comunistas que saquearon a Colombia hacen parte de las grandes multinacionales del crimen.
Fuente: la linterna azul
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San Lorenzo, la victoria de la fe sobre los poderes del mundo
- Roberto de Mattei
El 10 de agosto, día en el que la Iglesia Católica recuerda a San Lorenzo, es una de las grandes fiestas de la antigua Roma cristiana. Dom Guéranger, en su L’Année liturgique, recuerda las palabras con las que San Agustín celebró este día «verdaderamente triunfal, en el que San Lorenzo aplastó el mundo tembloroso». Roma en su conjunto, añadió el obispo de Hipona, fue testigo de la «gloriosa e inmensa multitud de virtudes» que formaban la corona del mártir.
Pocos santos han tenido un culto tan antiguo y universal en la historia de la Iglesia. Ya en la Alta Edad Media, el 10 de agosto se celebraban dos misas en su honor en Roma: una en la tumba del mártir y otra, más solemne, en la Basílica de San Lorenzo fuori le Mura, construida por Constantino. Una inscripción del Papa San Dámaso, compuesta aproximadamente un siglo después de su martirio, proclamaba: «Fajas, ronchas, llamas, tormentos, cadenas, sólo la fe de Lorenzo podía vencerlas».
Lawrence fue uno de los siete diáconos de la Iglesia Romana en la época del Papa Sixto II. El diácono no era entonces sólo ministro del altar. Ayudó al Pontífice y participó en la administración de los bienes temporales de la Iglesia, destinados en gran medida a apoyar a los pobres. Fue, pues, una figura eminente de la comunidad cristiana.
En 258, el emperador Valeriano desató una violenta persecución contra la Iglesia. Un rescripto suyo ordenó que obispos, sacerdotes y diáconos fueran ejecutados simplemente porque pertenecían a la jerarquía eclesiástica. Sixto II fue detenido mientras celebraba en las catacumbas de San Calisto y decapitado. Seis de sus diáconos sufrieron el martirio con él. Lorenzo se quedó solo, pero por un corto tiempo.
La tradición nos ha transmitido un diálogo extraordinario entre el Papa y su diácono. Mientras Sixto es conducido a la tortura, Lorenzo lo sigue y le pregunta: «Padre mío, ¿a dónde vas sin tu hijo? Santo Pontífice, ¿adónde vas sin tu diácono?». Sixto le anuncia que no lo abandona: le espera una prueba aún mayor y, al cabo de tres días, él también seguirá a su Pontífice al martirio.
Plinio Corrêa de Oliveira, que dedicó una bella meditación a San Lorenzo, ve en esta escena algo más que la conmovedora fidelidad de un discípulo a su maestro. Lorenzo, que había ayudado a Sixto en el altar, mientras el Pontífice ofrecía el Sacrificio incruento de la Misa, ahora también deseaba ayudarlo en la ofrenda sangrienta de su propia vida. «Cómo te serví en la vida al pie del altar – es el significado de su petición – así que deja que te sirva al pie de la muerte».
El pensador brasileño ve en esta fidelidad una especie de anticipación del espíritu del cristianismo medieval: un vínculo que no termina en una relación jurídica, sino que se convierte en veneración, dedicación y voluntad de sacrificio. Es una fidelidad personal fundada en un orden superior, en la que el amor a la autoridad llega hasta la ofrenda de vida.
Después de la muerte de Sixto II, los perseguidores dirigieron su atención a Lorenzo. Sabían que el diácono administraba la propiedad de la comunidad cristiana e imaginaban que la Iglesia poseía riquezas ocultas. Por eso le ordenaron que entregara sus tesoros.
Lorenzo pidió tres días de tiempo. Luego reunió a los pobres, a los enfermos, a las viudas y a los huérfanos que la Iglesia cuidaba y los presentó al magistrado romano: aquí están los tesoros de la Iglesia. El mundo pagano juzgaba a los hombres sobre todo según su fuerza, riqueza y posición social. En cambio, Lorenzo presenta como piedras preciosas a aquellos mismos a quienes el mundo desprecia. El pobre es precioso porque es un alma redimida de la Sangre de Cristo. El enfermo que combina sus sufrimientos con la Pasión del Salvador posee una dignidad que escapa a la mirada puramente terrenal. Esto no significa renunciar a aliviar la pobreza o las enfermedades: por el contrario, la caridad cristiana requiere ayudar a quienes sufren. Pero ve en el hombre algo infinitamente superior a su utilidad económica o social.
Se encuentran así cara a cara dos concepciones del hombre: la pagana, que mide el valor a través del poder, y la cristiana, que mira a cada hombre a la luz de la eternidad.
La ira de los perseguidores recayó entonces sobre Lorenzo. En la noche del 9 al 10 de agosto, el diácono fue entregado a los verdugos y sometido a la terrible tortura del fuego.
San Agustín afirma que la fuerza que permitió a Lorenzo superar el dolor fue la caridad: «Colocado en el campo de juego, sufrió quemaduras en todos sus miembros», pero superó los sufrimientos del cuerpo «con la fuerza de la caridad».
Aquí es donde está el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira contempla uno de los aspectos más fascinantes del santo: su serenidad, casi su orgullo, antes de morir. Cuenta la tradición que Lorenzo, acostado en la parrilla, todavía encontró la fuerza para dirigirse irónicamente a los verdugos, invitándolos a entregarlo porque parte de su cuerpo ya estaba asado. Finalmente oró por la conversión de Roma y murió.
Dr. Plinio habla de su estilo: esa nobleza de alma mediante la cual el cristiano, apoyado en la gracia, no sólo soporta al enemigo, sino que lo domina espiritualmente. El perseguidor tiene el fuego y los instrumentos de tortura, pero está indefenso ante un hombre que ya no teme a la muerte. Es la libertad cristiana suprema.
El martirio de San Lorenzo nos ofrece también una confirmación extraordinaria de las palabras del Magnificat: «Deposuit potentes de sede et exaltavit humiles», Dios derrocó a los poderosos de los tronos y resucitó a los humildes.
Plinio Corrêa de Oliveira observa que los especialistas, en particular, conservan la memoria del emperador Valeriano, mientras que San Lorenzo sigue siendo conocido, venerado e invocado en todo el mundo. Sólo recuerda un ejemplo. El día de la festividad de San Lorenzo, el 10 de agosto de 1557, el rey Felipe II de España libró la batalla decisiva en San Quintín, Picardía. Prometió a Dios construir una magnífica basílica en honor a San Lorenzo si ganaba esa batalla. Ganó y para conmemorar la ocasión erigió la mayor obra de arte de su reino, el Escorial. La planta del palacio tiene forma de parrilla para celebrar el martirio de San Lorenzo.
Dom Guéranger concluye a su vez su meditación relatando una antigua oración que contempla a Lorenzo como un ahora glorioso ciudadano de otra Roma, la Roma celestial: el mártir que en la tierra había servido a la Iglesia entra en el «senado eterno» del Cielo, coronado como cónsul de la ciudad de Dios. Y volviendo a San Lorenzo, Dom Guéranger concluye: «Me conozco indigno, lo reconozco, indigno de ser respondido por Cristo; pero protegido por los mártires, uno puede obtener el remedio para sus males. Escucha al que te suplica: ¡en tu bondad, suelta mis cadenas, líbrame de la carne y del mundo! »
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¿Cuál es el “estado de necesidad”?
- Roberto de Mattei
Me gustaría centrarme en un concepto que a menudo se invoca de forma ambigua y contradictoria, especialmente para justificar las consagraciones episcopales que tuvieron lugar en Écône el 1° de julio de 2026: el “estado de necesidad”:
Es bueno aclarar inmediatamente un punto fundamental: el término “estado de necesidad” no debe confundirse con la grave crisis que vive hoy la Iglesia. Esta crisis es un hecho histórico y sociológico innegable: algunos remontan sus orígenes al Papa Francisco, otros al postconcilio y otros al Concilio Vaticano II. Estas referencias históricas tienen algo de verdad, pero el fenómeno es más grande y más remoto en el tiempo. Ya San Pío X, con la encíclica profética Pascendi dominici gregis del ’8 de septiembre de 1907, diagnosticó la existencia de los gravísimos males que estaban penetrando en la Iglesia a través del modernismo. El prof. Plinio Corrêa de Oliveira, en su obra ahora clásica Revolución y Contrarrevolución, publicado en 1959, sitúa esta crisis en el marco de un proceso centenario, que comenzó con la disolución del cristianismo medieval. Romanus Amerius, en su Iota unum. Un estudio de las variaciones de la Iglesia católica en el siglo XX, publicado en 1985, ofreció un diagnóstico amplio y penetrante de los males de la Iglesia de la época. Ese mismo año, el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó con Vittorio Messori el Informe sobre la Fe, dando la alarma sobre el estado del catolicismo contemporáneo. Convertido en Papa Benedicto XVI, dedicó su último año de pontificado a la crisis de la fe. Desde entonces, la situación ha empeorado dramáticamente y sólo aquellos que eran espiritual o intelectualmente ciegos podían negar la evidencia de esta crisis.
El hecho histórico de una crisis muy grave en la Iglesia no coincide, sin embargo, con la categoría jurídico-moral de “estado de necesidad”. Se trata de dos nociones distintas que no deben confundirse. El estado de necesidad presupone una situación excepcional, pero no se identifica con ella. Es un instituto de teología moral y derecho, desarrollado para regular situaciones extraordinarias en las que la observancia ordinaria de la ley parece entrar en conflicto con el bien que la ley misma pretende proteger. La crisis eclesial puede ciertamente constituir el contexto en el que surge el problema del estado de necesidad, pero hay un paso más entre la situación histórica y el juicio moral y jurídico, que exige prudencia y evaluación rigurosa de los hechos.
La doctrina moral define un estado de necesidad como la condición en la que una persona, para evitar un mal grave, inminente e inevitable, realiza un acto que, en circunstancias ordinarias, sería ilícito o prohibido. En otras palabras, no se trata tanto de la situación externa en sí, sino del juicio prudencial de quienes deben actuar frente a esa situación. Por ello, el estado de necesidad surge del encuentro entre una situación excepcional y la responsabilidad personal de quienes deben decidir cómo actuar. La crisis puede ser objetiva; el estado de necesidad, por otra parte, se refiere a la evaluación subjetiva de las acciones concretas que deben adoptarse en esa crisis.
El Código de Derecho Canónico de 1983 regula expresamente esta materia en el cann. 1323 y 1324. El canon 1323 establece que quien haya violado una ley «obligado por temor grave, aunque sea relativo, o por necesidad o inconveniente grave, a menos que el acto sea intrínsecamente malo o amonesta en detrimento de las almas» no está sujeto a ningún castigo.La norma no crea una derogación arbitraria de la ley, pero reconoce que pueden surgir circunstancias excepcionales en las que se pierde o se mitiga la responsabilidad legal.
Una primera característica del estado de necesidad es su carácter esencialmente excepcional y provisional. Fue creado para dar respuesta a una situación concreta y delimitada en el tiempo. No puede convertirse en una condición permanente ni constituir un régimen ordinario de gobierno o de vida eclesial. Si la necesidad se volviera permanente, dejaría de ser una verdadera “excepción” y terminaría vaciando de significado la disciplina ordinaria de la Iglesia misma.
Una crisis histórica puede continuar durante décadas; el estado de necesidad, por otra parte, se refiere a actos específicos, llevados a cabo en circunstancias específicas, para abordar un peligro concreto e inmediato. La crisis constituye el contexto; el estado de necesidad es el juicio prudencial que puede, en casos estrictamente delimitados, justificar o excusar una determinada conducta.
Por último, existe un límite intransitable, en el que insisten tanto la teología moral como el derecho canónico. El estado de necesidad nunca puede justificar un acto intrínsecamente malo. Se aplica aquí el principio, formulado por San Pablo y reiterado constantemente por el Magisterio de la Iglesia, según el cual nunca está permitido hacer el mal para que de él salga el bien: non sunt facienda mala ut veniant bona (Rom 3:8). Algunos actos, por su propio objeto moral, siguen siendo siempre ilícitos, independientemente de las circunstancias y del contexto histórico.
Es precisamente en este punto donde se centra el debate teológico y canónico. El acto realizado sobre la base del estado de necesidad no puede contradecir principios de derecho divino ni normas que, por su naturaleza, no admiten derogaciones. Ahora bien, las consagraciones episcopales sin mandato y contra la voluntad del Papa, tienen como objetivo la creación de una realidad independiente del Romano Pontífice y de los obispos en comunión con él. Pero esto es intrínsecamente ilegal, cualesquiera que sean las circunstancias históricas expuestas para justificar el gesto.
El verdadero problema, por tanto, no consiste en establecer si hay o no una crisis en la Iglesia, cuya existencia es evidente para todos. La cuestión decisiva es otra: si, incluso en presencia de una crisis muy grave, es moral y jurídicamente permisible cometer un acto que constituya una violación de la constitución jerárquica de la Iglesia, divinamente instituida por Jesucristo, rechazando efectivamente la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice e introduciendo una práctica que no se refleja en la tradición de dos mil años de la Iglesia.
Si todo esto no está claro, el “estado de necesidad” corre el riesgo de ser simplemente un estado de confusión.
Fuente: robertodemattei.substack.com/
La “Olla de Nariño”: epicentro de la degradación de Colombia
- Eugenio Trujillo
El realismo mágico es un estilo literario creado en el siglo pasado, en el cual los hechos más insólitos e imposibles según la lógica y el sentido común, se convierten en episodios comunes de la vida cotidiana.
Hasta ahora, esa forma particular de narrar algunos hechos ha sido exclusiva de la literatura y del cine, que tienen la libertad de inventar historias y convertirlas en relatos míticos que llegan hasta los confines de la imaginación.
El realismo mágico es una fantasía del pensamiento, que tanto puede ser muy divertida como espantosamente trágica.
El realismo mágico se convierte en realidad
Lo que no había pasado es que hechos reales hayan superado los más estrambóticos delirios de la ficción y del realismo mágico. Pero lo que parecía imposible se volvió realidad, y tiene como protagonista a quien se autodenomina el “último de los aurelianos”, en referencia a Aureliano Buendía, el protagonista de una buena novela escrita por una pésima persona. Quien se auto proclama así, no puede ser otro que Gustavo Petro.
Los hechos delirantes acontecen alrededor de la Casa de Nariño, donde residen los presidentes de Colombia. Este elegante palacio, que ha sido sede del gobierno y residencia de los presidentes desde hace un siglo, en los últimos cuatro años se ha convertido en la “olla” más pestilente de Colombia.
“Olla”, es un término con el que se designa en Colombia al sector más degradado de una ciudad. Es lo peor, lo más bajo, lo más abyecto, donde se dan cita los habitantes de la calle, los viciosos, los drogadictos, las prostitutas, los ladrones, los atracadores y todos los que representan el lumpen social.
La “olla” es la casa de todos ellos, su centro de operaciones, el lugar donde viven felices haciendo daño a la sociedad y al Estado de Derecho que ellos desprecian.
Pues bien, aunque parezca inverosímil, la casa presidencial se ha convertido exactamente en eso. Con el agravante absurdo de que todas las instituciones que deberían controlar, vigilar, evitar, investigar e impedir que se cometan delitos en cualquier lugar del País, han cerrado los ojos para no ver las atrocidades ocurridas en ese recinto durante el presente gobierno.
Apenas conocemos la punta del iceberg
Lo que conocemos hasta ahora es apenas la punta del iceberg, lo cual ya es suficiente para encender las estelas de perplejidad que iluminarán el cielo de la Patria por varios siglos. Las generaciones futuras se preguntarán cómo fue posible que pasara lo que hoy los colombianos vemos con despreocupación incomprensible.
Allí llegaron unas maletas llenas de dinero que desaparecieron misteriosamente, que después generaron unas investigaciones ilegales que terminaron con el asesinato de un coronel de la Policía que sabía la verdad, pero el gobierno dijo que se había suicidado.
Desde allí se ordenó el saqueo de la Unidad de Gestión de Riesgo, de la cual se robaron varios billones de pesos por orden de los ministros de Hacienda y del Interior, que ahora están presos. También, de allí salieron las órdenes para desfalcar la Dirección Nacional de Inteligencia, cuyo presupuesto se esfumó, donde los directivos eran guerrilleros del M-19 y el principal de ellos está prófugo en Nicaragua.
Allí se planeó la destrucción de Ecopetrol, la principal empresa de Colombia. Desde allí salieron otras maletas con dinero para comprar a los presidentes del Senado y la Cámara, para aprobar los proyectos del gobierno en el Congreso.
Allí se negoció la impunidad para el hijo y el hermano del presidente, acusados de graves delitos electorales, y de robarse grandes sumas de dineros mafiosos, que dizque eran para la campaña presidencial. Allí vivía la ex primera dama rodeada de un séquito de ladrones dedicados a cobrar millonarias coimas, mientras ella viajaba por el mundo con ínfulas de reina millonaria.
Desde allí se hicieron los nombramientos de decenas de funcionarios públicos incompetentes e ignorantes, que no sabían absolutamente nada de las responsabilidades que iban a asumir, y que terminaron sembrando el caos y la corrupción en todas las dependencias del Estado.
Allí se ordenó el asesinato del candidato presidencial Miguel Uribe, cuya investigación no avanza, a no ser para descubrir los menos importantes eslabones del magnicidio. Allí se establecieron las comunicaciones con los jefes de las organizaciones terroristas de las FARC, el ELN y el Cartel del Golfo, que han estado protegidos desde la presidencia de la República. Desde allí se anunció el fatídico “chu, chu, chu”, con el cual se desmanteló uno de los mejores sistemas de salud del mundo, para matar a millones de personas que ahora no tienen asistencia médica.
Más recientemente, se ha conocido también que era el epicentro de las orgías del presidente con jovencitas desvergonzadas, que aprovechaban las relaciones del poder para hacer negocios multimillonarios con las más importantes entidades del Estado. Tal como lo anunció Petro en un Consejo de ministros televisado a todo el país, las mujeres que consiguen conectar su clítorix con el cerebro son exitosas, y vaya que algunas de ellas lo demostraron en forma exponencial, ante el silencio cobarde de las feministas que guardaron silencio.
Finalmente, en la “olla” se practicaban habitualmente cultos de brujería satánica, con los cuales se pedía la protección del demonio a todas las tramas que desde allí se planificaban, y se revestía con poderes ocultos a los funcionarios que las ejecutaban, como los trajes blancos que Petro usa con frecuencia.
La maldad de la izquierda marxista
Tendremos que esperar la llegada del nuevo gobierno para que esta noche oscura que padecemos sea iluminada con los reflectores de la verdad y se conozcan los hechos, se esclarezca la verdad y se castigue a los culpables. Tenemos que confirmar si todo esto corresponde a un articulado plan criminal, en el cual alguien tiene que haber dado las órdenes para consumar la demolición del País. El mundo y la Historia tienen que conocer la maldad que la izquierda marxista es capaz de practicar cuando llega al poder.
Será una lección para nunca olvidar. Que nunca más a los colombianos se les ocurra pensar que es buena idea elegir a un guerrillero, borracho, drogadicto, vicioso, ladrón, corrompido e inmoral como presidente de la República. Y que rodearse de personas iguales o peores que él para gobernar, no solo es mala idea, sino que constituye una de las aberraciones más grandes de nuestra historia, que es necesario proclamar y mostrar ante el mundo, para que esta aciaga noche no se repita jamás, porque las tinieblas se apoderaron de Colombia durante cuatro años.
El Islam radical y fanático debe ser enfrentado
- Eugenio Trujillo
En mi artículo anterior me referí a la guerra de los EEUU e Israel contra Irán. Es una acción militar para derrocar la dictadura de los ayatollás, pero en ese conflicto también hay una guerra religiosa a la cual no se le está prestando casi ninguna atención.
Occidente vive de espaldas al problema del Islam, que se agrava todos los días. Se trata de una invasión masiva de la población musulmana hacia Europa y los EEUU, que amenaza con desfigurar la identidad cultural y religiosa de la Civilización Cristiana.
No se trata apenas de una población pobre que quiere migrar hacia estados prósperos. Eso en sí mismo es legítimo, aunque la causa sea el abandono del mundo a las crisis de las naciones de África, que pasaron del colonialismo perverso a las dictaduras salvajes y corrompidas. Mientras algunas son apenas corruptas y se dedican a desfalcar al Estado, otras son islamitas radicales y pretenden exterminar a la población cristiana, que en África es inmensa, a través de la implantación del Islam radical, de la sharia, que es la Ley Islámica, que pretende abolir el cristianismo e imponer un régimen donde solo Mahoma y el Islam tienen cabida.
Quien afirme que este es un problema fácil de resolver, miente. Quien diga que es un problema intrascendente, se equivoca. Quien crea que esto no afectará a Occidente, cierra los ojos ante el más grave de los peligros que enfrenta nuestra Civilización.
Guardando las proporciones y considerando los escenarios donde esta locura se está implantando ahora, la situación es similar a la de Europa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Las potencias europeas, lideradas por Inglaterra y Francia, firmaron un pacto de no agresión con Hitler en 1938 y lo celebraron de forma apoteósica. Era la “paz” duradera, y la garantía de que el tirano estaba satisfecho en Alemania y que los nazis no invadirían a Europa.
Es mejor luchar que ceder ante el enemigo
Pero bien pronto eso que llamaban “paz” saltó por los aires y en pocos meses casi todos los países de Europa estaban invadidos y dominados por los ejércitos de Hitler. Esto es lo que acontece con aquellos que optan por la cobardía ante las amenazas de quien los quiere destruir, porque consideran que es mejor ceder ante el enemigo que luchar contra él.
El resto de la historia es conocida y su desenlace fue el mayor cataclismo que ha presenciado la humanidad, con más de 60 millones de muertos. Decenas de naciones desaparecieron, se fusionaron con otras, fueron invadidas durante décadas y se creó la infame Cortina de Hierro, atrás de la cual vivieron como esclavos muchos millones de personas, cambiando para siempre a Europa y al mundo.
Esto obliga a una pregunta obvia, que nadie en Occidente ha sido capaz de responder: ¿Qué hacer frente al peligro del Islam?
Obviamente, la respuesta sensata no es crear una política de tierra arrasada contra el Islam. Esto es absurdo, impracticable y contraproducente. Pero igualmente lo sería la respuesta opuesta, que sería adoptar la tolerancia y la indiferencia absoluta de las naciones europeas frente a la progresiva invasión del Islam.
El papel de la falsa tolerancia
La más urgente medida debería ser cancelar la política de tolerancia frente a la inmigración descontrolada. Cuando Europa subsidia a los que llegan, los aloja en su territorio, les da ciudadanía, les paga todos sus gastos y los convierte en una clase privilegiada que vive del Estado sin trabajar, está dinamitando su propio futuro.
Igualmente, Europa debe recuperar el amor por su propia Civilización, que es la más grandiosa que ha conocido la humanidad, y defender sus valores con una entereza a prueba de los más feroces ataques. Así lo hizo España durante 700 años ante la invasión mora, hasta que en 1492 derrotó al Islam y poco después se convirtió en la primera nación del mundo. Y así lo hizo Europa durante casi dos milenios con las invasiones islámicas.
Ahora, Europa sucumbe ante el islam y su propia población no se defiende del invasor. Proclama la tolerancia con los que llegan a destruir el cristianismo y a imponer el Islam y su forma de vida. Los que invaden actúan como conquistadores intolerantes y proclaman que los fundamentos de la cultura europea deben desaparecer, porque no coinciden con el mandato de Mahoma.
Esa es la realidad, aunque parezca muy difícil de entender. En todas las naciones europeas aumentan los robos, asaltos y violaciones. Países que alcanzaron una seguridad y bienestar que son ejemplo para el mundo, como Suecia, Noruega y Dinamarca, ahora enfrentan hordas de musulmanes que destruyen las ciudades ante la impotencia de las autoridades. En las naciones donde el problema es mayor como Inglaterra, Francia, España e Italia, ya hay sectores dentro de las principales ciudades donde la policía no puede entrar, ni ejercer control alguno, porque son territorios gobernados por Alá y cualquier cristiano que se oponga a su dominación es perseguido o asesinado.
Cientos de iglesias católicas han sido incendiadas en los últimos años, al tiempo que cientos de mezquitas han sido construidas en esas mismas ciudades, algunas inclusive financiadas con fondos públicos. La educación católica ha sido suprimida dizque para respetar las creencias musulmanas, mientras que los símbolos religiosos cristianos son retirados de colegios, universidades y lugares públicos, para no ofender a Mahoma.
Simultáneamente, el Islam manifiesta su poder destructivo a través de organizaciones terroristas que no ocultan sus intenciones de destruir a Occidente. Entre ellas están Hezbollá, Hamás, los Hermanos Musulmanes, el Ejército Islámico y Boko Haram, que cometen todo tipo de crímenes en el mundo y son cobijados por la más absoluta impunidad.
La opresión de la mujer musulmana
A la mujer musulmana se le impone la obligación de cubrirse el rostro con la burka, lo cual viola su derecho a la libertad, pues no puede ser esclava del fanatismo religioso, ni de su esposo, ni del sistema opresor que el Islam le impone.
¿Por qué el feminismo radical no protesta contra estos abusos? El marxismo cultural en Europa está en pie de guerra para defender el aborto, la ideología de género, el nudismo en las calles y todas las formas conocidas de degradación cultural, pero no dice una sola palabra contra la opresión de la mujer en el Islam. Guardan silencio cuando las niñas de menos de 10 años son obligadas a casarse con hombres de 70, a vivir enclaustradas, a no poder ir al colegio o la universidad, a practicar una profesión cualquiera, a conducir un automóvil, o sencillamente salir de su casa para tomar un café o dar un paseo.
Esos derechos elementales son prohibidos por el Islam dentro de países que son libres, que proclaman ante el mundo la defensa de los derechos humanos, los derechos de la mujer y los derechos de los niños, pero callan cobardemente ante la atrocidad de las costumbres fanáticas del islam, que significan un atraso de más de mil años en la historia. ¡Qué hipocresía!
Este entrechoque de religiones y de culturas va a explotar en cualquier momento, a pesar de las políticas de tolerancia, de falso ecumenismo y de falsa paz. Ahora se dice que todas las religiones son buenas y conducen a Dios, y en esa farsa entró también la Iglesia Católica, dominada por las corrientes modernistas del Concilio Vaticano II y los confusos Sínodos de la Sinodalidad, que se apartan del mandato claro y poderoso de Nuestro Señor cuando afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Estamos ante una situación similar a la de los terremotos. Durante décadas, las placas tectónicas se presionan entre sí con una fuerza incalculable, hasta que en determinado momento explotan y todo se convierte en caos, porque es el terremoto que llega. El mundo sabe que la tragedia se aproxima, porque, pudiendo tomar muchas medidas para evitarla, no se toma absolutamente ninguna.
¡Entonces, si este proceso continúa, más temprano que tarde la tragedia de Occidente será inevitable!
Documental, CRIC: El resguardo de la coca – Basado en el libro: “La Extorsión Indigenista” de Eugenio Trujillo – Capítulo 1 | Impacto 24-7
Este documental está basado en el libro «Tierra de sombras: La extorsión indigenista», del escritor e investigador Eugenio Trujillo, complementado con investigación periodística, antecedentes históricos y análisis de diversas fuentes sobre la evolución del conflicto en el departamento del Cauca.
¿Cómo llegó el departamento del Cauca a convertirse en uno de los territorios con menor presencia efectiva del Estado colombiano? ¿Qué papel jugaron la Constitución de 1991, las autonomías indígenas, las guerrillas narcotraficantes y las organizaciones internacionales en la transformación de esta región?
En este primer capítulo analizamos el origen histórico, jurídico y político del modelo de autonomía indígena en el Cauca y cómo, según el análisis presentado en esta investigación, ese modelo habría facilitado la consolidación de una estructura de poder paralela que hoy desafía la autoridad del Estado.
Recorremos el nacimiento de los resguardos, la evolución de los cabildos, la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 y el contexto internacional posterior a la caída del Muro de Berlín, para explicar cómo el movimiento indigenista adquirió un papel central dentro de la nueva estrategia política de la izquierda latinoamericana tras el fin de la Guerra Fría.
Además, examinamos las denuncias sobre invasiones de tierras, abandono de zonas productivas, bloqueos de vías, pérdida de control institucional y la consolidación de estructuras territoriales con sistemas propios de gobierno, justicia y control social.
También establecemos paralelos con procesos ocurridos en Chile, Bolivia, Ecuador y México, donde movimientos indígenas han adquirido una creciente influencia política y territorial.
Este documental reúne hechos históricos, contexto jurídico y análisis político para comprender uno de los fenómenos más complejos y controvertidos del suroccidente colombiano.
Fuente: La Linterna Azul
Los hombres que necesitamos
- Roberto de Mattei
Antes de la confusión de las estructuras viene la confusión de las inteligencias. Ahí está la clave para interpretar el momento histórico que vivimos. La crisis que aqueja actualmente al mundo católico no es primeramente una crisis organizativa ni estratégica; es una crisis espiritual y cultural que afecta a la propia manera de pensar, de juzgar y de reaccionar a los acontecimientos.
Durante muchas décadas, el progresismo político y cultural ha ejercido un dominio sin igual sobre Occidente, llevando las riendas de los partidos políticos, los grandes medios informativos, las editoriales, el ámbito universitario, el mundo del espectáculo y hasta una parte considerable de las estructuras eclesiásticas. Se trataba de edificar un nuevo orden mundial cimentado en la abolición de las identidades naturales y religiosas, la disolución de toda autoridad tradicional y la sustitución del orden cristiano por una nueva religión secular.
Hasta hace no muchos años, esta hegemonía parecía irreversible. Todo el que se oponía era marginado o censurado, o simplemente no se le hacía caso. Pero toda construcción artificial lleva en sí el embrión de su propia disolución. Los albores del siglo XXI han evidenciado el surgimiento de una profunda crisis de dicho sistema. Ahora bien, sería un error confundir el instrumento y la causa.
La reacción no la ha creado internet. Simplemente la ha sacado a la luz para que sea eficaz. Muchas veces la Providencia se sirve de medios inesperados para favorecer sus designios. La red mundial ha permitido sortear el monopolio de la información, que puedan circular ideas censuradas, poner en contacto a personas hasta ahora aisladas entre sí. Pero la verdadera y profunda causa de la reacción está en el orden natural, que precede a toda construcción ideológica. Cuando ese orden es sistemáticamente conculcado, es la propia realidad la que reacciona. La naturaleza humana posee tal capacidad de resistencia que no hay propaganda que la pueda eliminar definitivamente. Podrá eclipsarse la verdad, pero es imposible borrar del todo la ley natural que ha impreso Dios en el corazón de todo hombre.
En los últimos veinticinco años esa capacidad de reacción ha irrumpido con inusitada evidencia, y de manera especial en el mundo católico. Son muchos los fieles que han intuido que se había echado a perder algo esencial y han procurado recuperar la liturgia tradicional, el catecismo de siempre, la filosofía realista, la teología clásica y el patrimonio espiritual de la Iglesia. Pero justo cuando parecía entreverse una posible convergencia de dichas energías, se ha manifestado algo que se podría considerar un coletazo del proceso revolucionario.
Estos últimos años hemos asistido a una serie de acontecimientos que han desestabilizado hondamente el mundo católico. La pandemia de 2020-21 introdujo un clima de miedo colectivo y mutua sospecha. La guerra rusoucraniana que estalló en 2022 confundió y polarizó más los ánimos. Los sucesos internos de la Iglesia en la transición del pontificado de Francisco al de León XIV acentuaron entusiasmos y desalientos, en muchos casos desproporcionados para el verdadero alcance de lo que sucedía. Este clima psicológico ha sido instrumentalizado con vistas a impedir toda posible recomposición del mundo católico ligado a la Tradición, dando lugar a una fragmentación tal vez sin precedentes históricos.
La consecuencia más grave de esta situación no es organizativa sino intelectual. En su libro Revolución y contrarrevolución, Plínio Corrêa de Oliveira denuncio en muchas ocasiones la atrofia de la inteligencia como uno de los fenómenos que caracterizan al mundo moderno. Por su parte, Marcel de Corte dedicó un clarividente libro al tema: La inteligencia en peligro de muerte. El desarrollo tecnológico ha acelerado este proceso. El hombre contemporáneo vive inmerso en una riada incesante de información, imágenes, emociones y polémicas. Los medios sociales –Facebook, Instagram, Tik Tok y otras plataforma que continuamente aparecen– sirven para algo más que para transmitir noticias: su propio funcionamiento está concebido para atrofiar el ejercicio de la inteligencia. Se buscan soluciones inmediatas, se priorizan las emociones por encima del juicio y la velocidad a la profundidad. Ya no se busca la verdad, sino la respuesta rápida.
Este fenómeno ha afectado también a ambientes que se consideran tradicionalistas y que, precisamente por su formación, deberían ser los más inmunizados. Se corre así el riesgo de incurrir en una paradoja: profesar principios doctrinales sólidos y al mismo tiempo vivir con arreglo a las categorías de la cultura revolucionaria. Se va de indignación en indignación, del entusiasmo a la desilusión, de una polémica a la siguiente, sin conservar la paz interior que es lo único que hace posible emitir un auténtico juicio sobrenatural.
Las grandes crisis de la Iglesia las afrontaron siempre hombres que eran, en el más auténtico sentido, contemplativos en la acción. San Atanasio, San Gregorio VIII, San Pío V y San Pío X no se dejaron agobiar por lo que sucedía, se impusieron a la situación, porque supieron evaluarla a la luz de principios superiores. Su fuerza provenía de la oración, de la disciplina intelectual, de la costumbre de subordinar los hechos a los principios y no al revés. Toda auténtica restauración empieza siempre por una restauración de las facultades del alma.
El estudio, la reflexión y la prioridad de la contemplación sobre la acción son los requisitos ineludibles para el desarrollo de la vida interior y la formación de hombres capaces de juzgar rectamente los sucesos actuales.
En su célebre libro El alma de todo apostolado, Dom Jean-Baptiste Chautard recordaba que la herejía de la acción consiste en sustituir la vida interior por la actividad. Hoy en día podríamos añadir que hay además una nueva forma de activismo: el activismo digital. Una constante agitación que da una impresión de diligencia mientras consume lentamente las energías espirituales. La búsqueda de lo sensacional reemplaza la fidelidad diaria. Lo excepcional atrae más que lo cotidiano. Cuando precisamente en la fidelidad en los detalles se forma el carácter cristiano. A veces hace falta más heroísmo para afrontar los deberes de cada día que para hacer frente a una situación extraordinaria. Como señala monseñor Pier Landucci, reconocer humilde la propia miseria puede ser señal de un futuro puesto en la gloria de los santos; pero todos están llamados a la santidad heroica, porque, como enseña San Pablo, «ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes. 4, 3).
Hay una última tentación, particularmente insidiosa. Ante las dificultades que encara la Iglesia, algunos son tentados a refugiarse fuera de ella. Parece más fácil combatir desde fuera que soportar los padecimientos acarreados por las crisis internas. Es más fácil imaginar comunidades perfectas que mantenerse fieles en la prueba. Pero ese camino termina inevitablemente en un callejón sin salida.
La Iglesia sigue siendo el Cuerpo Místico de Cristo aunque atraviese crisis de gran calado. Sus miembros pueden ser infieles. Sus pastores pueden cometer errores y hasta contribuir a graves confusiones; y en determinadas circunstancias la resistencia puede ser legítima y hasta obligada. Con todo, no existe una vía verdaderamente católica fuera de las instituciones de la Iglesia, ni es posible una restauración oponiéndose de forma estable y permanente a quienes ejercen legítimamente la autoridad.
Enseña la historia que todas las grandes restauraciones católicas las han hecho hombres que han sabido aunar una firme resistencia al error con un amor inquebrantable por la Iglesia visible y jerárquica.
Por eso, la batalla decisiva de nuestros tiempos consiste ante todo, no en alzar la voz, acusar al prójimo o multiplicar iniciativas y campañas mediáticas, sino en reconstruir hombres interiormente ordenados con capacidad de estudio, oración sacrificio y, sobre todo, equilibrio.
Fuente: robertodemattei.substack.com
Facta sunt potenciora verbis. Palabras y hechos en el derecho eclesiástico
- Roberto de Mattei
Es deber del cristiano mantener la coherencia entre las palabras y los hechos. ¿Pero qué sucede cuando las acciones contradicen las palabras? ¿Cuándo, por ejemplo, se proclama con palabras el respeto y la obediencia al Romano Pontífice y, de hecho, se le cuestiona públicamente ante todo el pueblo cristiano, como ocurrió en Écône con las consagraciones episcopales del 1 de julio de 2026?
La respuesta nos la ofrece uno de los principios más antiguos de la tradición jurídica occidental: facta sunt potenciora verbis, «los hechos son más fuertes que las palabras» (cf. Digesta, 50, 17, 185). La sentencia expresa una regla elemental de justicia: cuando hay contradicción entre lo que una persona dice y lo que hace, la ley da prioridad a los hechos. Las palabras pueden ser ambiguas, retóricas o incluso simuladoras; los actos, por el contrario, producen efectos objetivos y revelan concretamente la voluntad del agente
El principio recorre toda la historia del derecho europeo, desde el derecho romano hasta los sistemas jurídicos contemporáneos, y también es aceptado por el derecho canónico. Por esta razón, el derecho eclesiástico, como cualquier sistema jurídico, juzga ante todo los actos externos. Las declaraciones de sujeto pueden ayudar a aclarar el significado de la acción, pero normalmente no anulan el contenido objetivo de los hechos. Si este fuera el caso, la aplicación de la ley dependería de las intenciones declaradas por el autor del hecho y no de la realidad objetiva de su comportamiento.
En el derecho eclesiástico este principio debe armonizarse con otra distinción fundamental, elaborada por la teología escolástica y el canonismo clásico: la que existe entre pecado y crimen. El pecado y el crimen pueden tener la misma raíz, pero pertenecen a dos órdenes distintos. Santo Tomás de Aquino enseña que el pecado pertenece al orden moral, porque consiste en la violación voluntaria de la ley divina (Summa Theologiae, I-II, qq. 71-89). El crimen (crimen) pertenece más bien al ordenamiento jurídico de la Iglesia, ya que consiste en la violación de una ley eclesiástica a la que la autoridad ha vinculado una sanción. No todo pecado constituye un delito, ni todo delito coincide simplemente con el pecado. El primero se refiere a la relación del hombre con Dios; el segundo protege el bien común de la Iglesia.
De ahí que surja una segunda distinción igualmente decisiva: la que existe entre el agujero interno y el agujero externo. El foro interno se ocupa de la conciencia del hombre ante Dios y es el ámbito propio de la confesión sacramental y de la dirección espiritual. El foro externo, por otra parte, concierne a la sociedad visible de la Iglesia, en la que la autoridad debe juzgar los hechos, aplicar las normas y, cuando sea necesario, imponer sanciones. El castigo eclesiástico no se impone para castigar el pecado como tal, sino para reprimir el crimen, restablecer la justicia, reparar el escándalo y favorecer la enmienda del infractor (Felice Cappello, Summa Iuris Canonici, vol. III, De delictis et poenis, Pontificia Universidad Gregoriana, Roma 1935; Matteo Conte in Coronata, Institutiones Iuris Canonici, vol. IV, Marietti, Turín 1955).
La distinción entre pecado y crimen, así como entre foro interno y externo, explica por qué el derecho canónico normalmente da prevalencia a los hechos. El juez eclesiástico debe partir de los actos externos, los únicos susceptibles de prueba. Esto no significa que el derecho ignore la dimensión subjetiva. Al contrario, la lata. 1321 § 1 del Código de Derecho Canónico establece que «nadie es castigado si la violación externa de la ley o del precepto cometida por él no es gravemente atribuible a la intención o a la culpa» (Codex Iuris Canonici, 1983, can. 1321 § 1). Pero la imputabilidad subjetiva no debe confundirse con la violación objetiva de la ley.
Desde esta perspectiva, el cisma, que la lata. 751 define cómo «el rechazo de la sumisión al Sumo Pontífice o la comunión con los miembros de la Iglesia sujetos a él», puede ser considerado tanto como un pecado en el orden moral como como un crimen en el orden canónico. E’ seguro, sin embargo, de que la consagración episcopal contra la voluntad explícita del Romano Pontífice nunca puede considerarse un acto moral o jurídicamente neutral. Como explica un eminente jurista como el cardenal Velasio De Paolis, la consagración de obispos contra el mandato papal es, de hecho, independientemente de las intenciones subjetivas de quienes la llevan a cabo, un acto malus intrínseco, un pecado y un crimen, que ninguna circunstancia puede justificar (Velasio De Paolis – Davide Cito, Sanciones en la Iglesia. Comentario al Código de Derecho Canónico. Libro VI, Urbaniana University Press, Roma 2000, págs. 296-297).
La debilidad subyacente de los sermones, entrevistas y artículos difundidos por la Compañía de San Pío X antes y después de las consagraciones del 1 de julio° radica en la confusión entre teología moral y derecho canónico. Para justificar un acto de carácter eminentemente jurídico, una cuestión de derecho canónico se transforma en una cuestión moral y pastoral. Uno invoca las buenas intenciones, el propio juicio y, a veces con no poco sentimentalismo, la propia experiencia de la fe. También se invoca un supuesto estado de necesidad, contradicho por el ejemplo de muchos sacerdotes y fieles laicos que, encontrándose en las mismas condiciones, preservan plenamente la fe, pero continúan unidos al Cuerpo visible de la Iglesia. La tesis de que, sin consagraciones episcopales, es entonces indemostrableLa Compañía de San Pío X se vería necesariamente conducida a la aceptación de los errores del Concilio Vaticano II y del postconcilio.
La cuestión no consiste en comprobar si hay una crisis en la Iglesia, evidente para todos, ni en establecer si los responsables de las consagraciones tienen la intención de trabajar por el bien de la Iglesia, sino en comprobar si su comportamiento es conforme a la ley divina y eclesiástica. El problema jurídico no puede eludirse porque, como recordó Pío XII, «la vida de la Iglesia y el derecho canónico son inseparables» (Alocución del 3 de junio de 1956). Cristo, reiteró el propio Pontífice, «fundó su Iglesia no como un movimiento espiritual informe, sino como una comunidad bien organizada» (Wie heissen Sie, 3 de junio de 1956); y «quien dice comunidad y dirección de una autoridad, dice con ese mismo poder de ley y ley» (Dans notre souhait, 15 de julio de 1950).
La sabiduría de la ley eclesiástica consiste en haber mantenido siempre distintos los órdenes moral y jurídico, sin separarlos nunca. El derecho no pretende sustituir el juicio de Dios sobre las almas, pero no renuncia, por tanto, al juicio objetivo de los actos que afectan a la comunión eclesial. Es en esta distinción donde el principio facta sunt potentiora verbis encuentra su significado más profundo: los hechos prevalecen sobre las palabras a la hora de determinar la realidad objetiva de la acción. De lo contrario, el juicio jurídico se convierte en un juicio de conciencia, el derecho de la Iglesia desaparece y la visibilidad misma del Cuerpo Místico de Cristo corre el riesgo de evaporarse.
Una guerra de nunca acabar
- Eugenio Trujillo Villegas
Las noticias que llegan de la guerra entre Irán y los EEUU son alarmantes.
Cuando el conflicto parecía terminado y ambas naciones estaban a punto de firmar un acuerdo final que establecía la rendición de Irán y el fin de la guerra, al parecer todo vuelve a empezar de nuevo. Irán bloqueó el estrecho de Ormuz, bombardeó las posiciones americanas, atacó a Israel y a otros aliados de EEUU.
En consecuencia, Trump ha redoblado sus amenazas de exterminar a Irán, arrasar con toda la infraestructura del país y eliminar a todos sus desquiciados líderes militares y religiosos.
Lo que nadie tiene en consideración, es que la guerra de Irán no es apenas un conflicto militar. Tiene un componente adicional que los EEUU han ignorado en todas sus guerras de Oriente, que es la principal arma de guerra de Irán y sus ayatollás.
Irán está librando una guerra religiosa, alimentada por un fanatismo extremo y radical, que es incomprensible para la mentalidad de Occidente.
En esencia, es la guerra del Islam contra el Cristianismo, que se viene desarrollando desde hace 1. 400 años. Después de la segunda mitad del siglo pasado esa guerra ha tomado una dimensión inimaginable, colocando en riesgo nuestra Civilización.
Occidente fue advertido y no quiso escuchar
El primero en advertir ese peligro en Occidente fue el profesor Plinio Correa de Oliveira, fundador de las organizaciones Tradición, Familia y Propiedad, quien denunció incansablemente esa realidad, pero no fue escuchado. Las guerras del petróleo, que se radicalizaron entre 1970 y 1990, hicieron del mundo árabe una potencia económica incalculable, pues allí se produce casi la mitad del petróleo y gas del planeta. Esa producción ahora está bajo el dominio musulmán, y el día que ese grifo se cierre por el motivo que sea, la economía del mundo colapsará.
Desde entonces la conquista e invasión cultural de Europa ha sido silenciosa e implacable. Cerca del 20% de la población europea ahora está compuesta por inmigrantes musulmanes y muchas ciudades son gobernadas por ellos. La agresión e intimidación contra el cristianismo es absoluta, mientras Occidente reacciona con pasividad, porque considera que no corre ningún peligro.
Pues bien, la facción más radical del Islam es la que se ha tomado a Irán desde el derrocamiento del Sha Mohamad Reza Pahlevi en 1979. Él era el principal aliado de los EEUU en la región, pero fue traicionado por los gobernantes progres de los EEUU. Eso abrió las puertas a la Revolución Islámica en Irán y al resto del mundo, que estaba contenida por el Sha.
Una vez derrocada la monarquía persa después de gobernar durante 2. 500 años, el ayatollá Johmeini se instaló en el poder. Estaba exilado en Francia y su gobierno fletó un avión jumbo de Air France, que lo condujo de París a Teherán con una numerosa comitiva de radicales islamitas, para tomar posesión del gobierno y comenzar una de las tiranías más siniestras de la historia.
Después de casi 50 años de atrocidades sin nombre, él y sus sucesores implantaron un régimen despótico que solo obedece la sharia, que es la ley islámica. Todo el que no reconozca a Mahoma debe ser asesinado y lo que no sea cultura islámica debe ser aniquilado. ¡Así de simple!
El Islam es una dictadura totalitaria
Los ayatollás son miles de dictadores fanáticos que gobiernan cada una de las ciudades y pueblos de Irán. Para ellos no existen derechos humanos, ni nada que se le parezca, porque todo el que no se arrodille ante Mahoma debe desaparecer. Esa es la tragedia que el Islam ha impuesto en el antiguo Imperio Persa y en todas las naciones donde han tomado el poder las hordas radicales de Mahoma.
Su sistema político y social es semejante a la esclavitud. La mujer no tiene derechos de ninguna clase, no puede ejercer ningún oficio, debe permanecer oculta bajo ropajes que cubran la totalidad de su cuerpo, es obligada a “casarse” desde los 9 años, y a vivir en el harén de su esposo, que puede tener cuantas esposas quiera. Sin embargo, el feminismo, tan radical y elocuente en Occidente para defender los derechos de la mujer, no dice una sola palabra sobre estos abusos que padece una población mundial de casi dos mil millones de personas.
Esta realidad es la que los EEUU no ha podido entender, porque Trump y sus asesores creen que cuando se gana la guerra militar lo demás se resuelve solo.
¡Tremenda equivocación! Porque la realidad les ha demostrado lo contrario en forma repetitiva y no han aprendido la lección. Los EEUU han perdido las guerras contra el islam que se han librado en Irak y Afganistán, y también perderán la de Irán, si no entienden y enfrentan el factor de la guerra religiosa del Islam contra Occidente.
El poder militar de los EEUU puede arrasar toda la infraestructura y el Ejército de Irán, pero donde exista un ayatollá radical que siga predicando el exterminio de Occidente, la guerra continuará, aunque en escenarios diferentes, que incluyen las ciudades de Europa y EEUU.
Esta fue la previsión exacta de Plinio Correa de Oliveira, el gran pensador católico del siglo pasado, que ahora se cumple al pie de la letra, cuando una guerra religiosa toma cuenta del mundo, con fuertes vínculos en América.
Millones de cristianos son perseguidos en el mundo. Muchos de ellos son asesinados inclusive dentro de sus propias iglesias, que son dinamitadas e incendiadas sin piedad, porque el objetivo del Islam es desaparecer el Cristianismo sobre la faz de la tierra.
Una guerra que Occidente no sabe enfrentar
Estamos ante una guerra para la cual EEUU y Europa no se han preparado, porque no imaginaban que ésta sería la guerra principal del siglo XXI. Tampoco la Iglesia Católica alerta sobre el peligro, pues sus jerarcas solo hablan de unión, ecumenismo y amor, mientras sus fieles son salvajemente asesinados.
No estoy afirmando que esa guerra comenzará pronto. Afirmo que ya comenzó desde hace décadas y Occidente ni se ha dado cuenta de la realidad. Está entretenido disfrutando de las comodidades de la civilización del placer, lo que es más cómodo que enfrentar a unas minorías radicales y satánicas que quieren destruir nuestra Civilización Cristiana.
La realidad es que no hay país en el mundo donde no haya una persecución religiosa del Islam contra los Cristianos. Esto aumentará todos los días, hasta que Occidente despierte del letargo en que está y perciba que está inmerso en una temible y radical guerra religiosa, que se libra en muchos escenarios.
¡Irán no es el enemigo! ¡El enemigo es el Islam, fortalecido por el poder inmenso del petróleo! En Irán, quienes pusieron al enemigo en el poder en 1979 fueron los EEUU y Francia. Las guerras de Oriente Medio son la consecuencia inevitable de semejante desatino.
Fuente: la linterna azul
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La Revolución Francesa
- Renato M. de Vasconcelos
Después de la revolución protestante (1517), una segunda gran explosión del proceso revolucionario,1 preparada con bastante antelación, desencadenó a partir de 1789 en Francia una serie de transformaciones políticas, sociales y religiosas que inauguraron la era contemporánea. En el conjunto de sus vertientes moderadas y radicales, difundió ideas republicanas por el mundo entero, derribó monarquías milenarias en Europa y abrió el camino a la revolución comunista de 1917.
Los elementos más radicales de la Revolución Francesa estaban concentrados en la facción jacobina. Según la utopía que los guiaba, había sobre los franceses dos yugos insoportables: el de la superstición, representada por la religión católica; y, el de la tiranía, constituida por el gobierno monárquico. Con fervor “humanitario”, se levantaron los “amigos del pueblo” para disipar las tinieblas de la “superstición” eclesiástica y romper las cadenas de la “tiranía” real. La intención aparente sería, al final del proceso, devolver el poder al pueblo, transformándolo en su único detentor. Si algún ingenuo imagina que esa era la intención, lo mínimo que ese mismo ingenuo puede constatar, es que el objetivo real era la tiranía revolucionaria que se implantó en todas partes.
La Revolución Francesa, inflamada del espíritu igualitario que no admite ninguna forma de desigualdad, y encharcada de sensualidad que rechaza cualquier freno a las pasiones, se levantó contra el Ancien Régime (Antiguo Régimen), un orden social jerárquico y austero en muchos de sus aspectos. Dejando detrás de sí una montaña de ruinas y un mar de sangre,2 los revolucionarios moderados y radicales derribaron instituciones y costumbres milenarias, que habían hecho de la antigua Francia el país de todas las perfecciones, objeto de la admiración del mundo entero.
Una minoría revolucionaria impuso la ideología anticristiana
En el Ancien Régime brillaban aún, y con mucho fulgor, los mejores rasgos de la cultura y del espíritu francés: un esplendor en la vida social, que bien se expresaba por la triple locución verbal “savoir dire, savoir plaire, savoir faire” (saber decir, saber agradar, saber hacer). Muy vivos y dinámicos eran también los principios básicos de la civilización cristiana —la tradición, la familia y la propiedad— dando consistencia y elevación al cuerpo social. Pero la envidia revolucionaria veía en esa consistencia y en esa elevación una forma de explotación de las clases modestas. Para liberarlas, la solución sería derrumbar el altar y el trono: Ni Dieu, ni maître (Ni Dios, ni señor), según la formulación que servirá de base para las agitaciones de mayo de 1968 de la Sorbonne.
La democracia instaurada tras la Revolución Francesa —el gobierno del pueblo por el pueblo— contaminó prácticamente a todas las naciones. Pero el resultado evidente es que las transformó en tremendas tiranías de las minorías (auto-calificadas como esclarecidas, avanzadas, progresistas) sobre la mayoría (peyorativamente rotulada de obtusa, retrógrada, conservadora). Y no necesitamos ir muy lejos para recopilar ejemplos. Así lo fue en la propia fuente de esa revolución, que Augustin Cochin3 describe como un movimiento realizado por cerca de 200 mil agentes para cambiar radicalmente el modo de vida de 25 millones de franceses. Los revolucionarios constituían el 0,8% de la población francesa, sin embargo impusieron su ideología anticristiana a la inmensa mayoría de sus compatriotas.
El rey reina, pero no gobierna
Después de décadas de preparación tendencial e ideológica, la Revolución Francesa entró en 1789 en su fase más conocida: la de los hechos. Varios factores —uno de ellos, la participación en la guerra de independencia de los Estados Unidos— habían contribuido a que el Estado francés se encontrara deficitario. La Asamblea de los Notables del Reino, convocada en 1787, se mostró incapaz de ofrecer una propuesta adecuada para solucionar la crisis financiera. El rey Luis XVI convocó entonces a los Estados Generales, compuestos por representantes del clero, de la nobleza y del pueblo. Anteriormente, se habían reunido por última vez en 1622, durante el reinado de Luis XIII. Tenían un carácter meramente consultivo, y el rey nutria la esperanza de recibir sugerencias idóneas que concurrieran para sanear la bancarrota del Estado.
Inaugurados en los primeros días de mayo de 1789, los Estados Generales se adjudicaron para sí un poder que no poseían, transformándose luego en un cuerpo único: la Asamblea Nacional; y, semanas después, en la Asamblea Nacional Constituyente, en una clara usurpación del poder real. Luis XVI no tenía la personalidad de Luis XIV ni la energía de su abuelo Luis XV, y aprobó la redacción de una Constitución para el reino, en lugar de disolver la Asamblea. Quedaba así puesto de lado el objetivo primordial de la convocatoria de los Estados Generales, y se caminaba hacia un cambio en la forma de la monarquía francesa: de absoluta para constitucional, donde “el rey reina, pero no gobierna”. Era un primer paso rumbo a la república.

Comenzaron entonces en París los disturbios y agitaciones promovidos por hordas de sediciosos.4 El 14 de julio, ocurrió la toma de la Bastilla, transformada en símbolo del antiguo orden que debía desaparecer. En las semanas subsiguientes, tropeles de bandidos recorrieron el interior de Francia, incendiaron castillos, esparcieron miedo y terror por todas partes.
El día 5 de octubre, una turbamulta compuesta en su mayoría por mujeres salió de París hacia Versalles, donde llegó al caer la noche, enlodada, feroz, armada. En la madrugada siguiente, una puerta abierta en la reja del castillo les dio acceso a Versalles. Los guardias fueron bárbaramente asesinados, y la propia reina por poco no fue ejecutada. En un cortejo macabro, cabezas de soldados fueron espetadas en lanzas, y la familia real fue arrastrada a París y alojada en el Palacio de las Tullerías.
Beneficiados por la efervescencia general, los diputados más radicales tomaron la dirección de la Asamblea. Primero los monarquistas tradicionales fueron suplantados por los monarquistas constitucionales; estos, a su vez, fueron superados por los republicanos moderados cuando fue promulgada la Constitución. Pari pasu fue cambiando la fisonomía de la estructura social: los privilegios del clero y de la nobleza fueron suprimidos; los bienes de la Iglesia fueron nacionalizados; una Constitución Civil, cismática y herética, fue impuesta al clero.
Clima de terror y radicalización hacia la izquierda

La Asamblea Legislativa sucedió a la Constituyente en 1791. En ella los republicanos radicales —los girondinos, así llamados porque provenían en su mayoría de la región de la Gironda, cuya ciudad principal era Bordeaux— pasaron a dar el tono y exigir la supresión de la monarquía.
El ataque al Palacio de las Tullerías el día 20 de junio de 1792 preparó el gran asalto del 10 de agosto. Por orden del rey, deseoso de evitar derramamiento de sangre, los guardias suizos no reaccionaron al ataque de miles de bandidos, y fueron masacrados junto a cientos de nobles fieles.
Indefensa, la familia real se refugió durante tres días en el recinto de la Asamblea, de donde fue llevada al Palacio del Templo, perteneciente al conde de Artois. Luis XVI, María Antonieta, sus dos hijos —el delfín (siete años)5 y Mme. Royale (14 años)6— y Mme. Elisabeth no fueron encarcelados en el palacio, como esperaban, sino desde un comienzo en la pequeña torre, después pasaron a la gran torre adjunta al palacio.
Los días 2 y 3 de setiembre, puñados de jacobinos, con la complacencia de Danton, ministro de Justicia, atacaron las prisiones y masacraron a cientos de nobles encarcelados desde el 10 de agosto. La matanza se volvió también contra miembros del clero. Solo en el Convento del Carmen fueron muertos dos obispos y más de 100 sacerdotes. La princesa de Lamballe, gran amiga de María Antonieta, fue asesinada a golpes de sables y lanzas. Despedazada cruelmente, su corazón fue arrancado del pecho y comido, aún palpitante, por uno de los asesinos. Después ensartaron su cabeza en la punta de una pica y la llevaron, en medio de una gritería y un frenesí infernal, hasta la ventana de la prisión del Templo, para que fuera vista por la reina.
El clima de terror dominaba París, y justamente el día fijado para la elección de la Convención Nacional un elemento psicológico tremendo favoreció la entrada de gran número de jacobinos radicales en la nueva cámara. La Convención Nacional, sucesora de la Asamblea Legislativa, abrió sus sesiones el 21 de setiembre, abolió la monarquía y proclamó la república. Inicialmente fue dirigida por los girondinos, que ocuparon sus asientos a la derecha (en la Legislativa, estaban del lado izquierdo). A mediados del año siguiente, los jacobinos derribaron y eliminaron a la facción girondina, se encaramaron en el poder e inauguraron el así llamado período del terror. Era el proceso de radicalización hacia la izquierda, por medio del cual los radicales de ayer se convirtieron en moderados.
Condenación de la familia real en un juicio ilegal

Depuesto el rey, ¿qué hacer con él? El ala radical jacobina no pretendía enviarlo al exilio, sino matarlo con la complicidad del centro formado por los girondinos. El 11 de diciembre la Convención dispuso que Luis XVI fuera separado de su familia. El desenlace del proceso —un verdadero escarnio de la justicia— es bastante conocido. En la madrugada del 18 de enero, 361 de los 720 diputados (la mitad más uno) votaron por la condena a muerte, sin apelación ni suspensión de la pena. Detalle horripilante de esta tragedia: el voto decisivo para la muerte del rey fue el del duque de Orleans, su primo. Le bastaba abstenerse para que el rey se salve.7 Dos días después, al rugido ensordecedor de los tambores, la cabeza del rey rodó en el cadalso, rodeado por 15 mil soldados.
En la prisión del Templo permanecieron juntos, durante algunos meses, María Antonieta, sus dos hijos y Mme. Elisabeth. A fines de setiembre, llevaron a María Antonieta a la prisión de la Conciergerie, que era por así decir la antecámara de la guillotina. Después de un juicio infame e infamante,8 María Antonieta fue condenada a muerte y guillotinada el 16 de octubre de 1793.
Confinados en la torre del Templo, quedaban aún el joven rey Luis XVII, su hermana Mme. Royale y su tía Mme. Elisabeth. En medio de todas las incertidumbres, ella fue para los hijos del rey una segunda madre, ejecutada el 10 de mayo del año siguiente. Día por día, se contaron veinte años de la muerte de su abuelo Luis XV.
El martirio de Luis XVI, María Antonieta y Mme. Elisabeth fue un verdadero “quemar las naves” para que la Revolución Francesa se tornara irreversible, pero atrajo sobre la cabeza de sus responsables inmediatos el castigo divino: la máquina revolucionaria empezó a devorar a sus hijos. Mal transcurrieron tres semanas de la ejecución de María Antonieta, subió al cadalso el 6 de noviembre de 1793 el regicida Philippe Égalité;9 a fines de marzo de 1794 fue el turno de Hébert, panfletista obsceno y portavoz de los sans-culottes. Danton le siguió los pasos el 5 de abril. Y tres meses después, el 10 de Thermidor (28 de julio), perdieron la cabeza en la guillotina Robespierre, Saint-Just, Dumas y otra veintena de seguidores.
La caída de Robespierre señaló el fin del régimen del Terror, pues la opinión pública francesa estaba cansada de tantos excesos. Era un retroceso necesario para que la revolución progresara. Otras fases se sucedieron: Directorio, Consulado, Imperio. La obra revolucionaria prosiguió inexorablemente bajo otras formas y continúa avanzando. Pero esto ya es materia para otro artículo. ![]()
Notas.-
1. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción, Lima, 2018, p. 42-43.
2. Joseph de Maistre, en su libro Considérations sur la France, J. B. Pelagaud, Lyon, 1880, calcula que la Revolución Francesa segó cuatro millones de vidas humanas, incluyendo en esta cifra a las víctimas de las guerras napoleónicas, que exportaron a toda Europa los principios revolucionarios de 1789. Solo en la campaña de Rusia murieron casi un millón de soldados de la Grande Armée.
3. Augustin Cochin, Les sociétés de pensée et la Démocratie: Études d´Histoire Révolutionnaire, Plon-Nourrit et Cie., 1921.
4. Tales sediciosos, según Goncourt, eran cerca de seis mil individuos de la peor clase, no apenas de París, sino provenientes del interior de Francia y del extranjero. Había entre ellos holandeses, prusianos, españoles y hasta americanos.
5. Louis-Charles de France (1785-1795) fue el segundo delfín. Murió prisionero en la torre del Templo, en condiciones deplorables. El primero, Louis-Joseph, murió en junio de 1789.
6. Mme. Royale, así era llamada Marie Thérèse Charlotte de Bourbon (1778-1851), hija primogénita de Luis XVI y María Antonieta. Sobrevivió a la prisión del Templo, se casó con su primo el duque d’Angouleme y no tuvo descendencia.
7. Robespierre murmuró espantado, al oír el voto del regicida: “¡Qué infeliz! ¡Era el único que podía abstenerse, y no osó hacerlo!” (G. Lenotre, Les grandes heures de la Révolution Française, Perrin, París, 1962, p. 278).
8. Infame bajo todos los puntos de vista: de la ilegalidad del proceso, de la competencia de sus jueces, de la inexistencia de razones y pruebas suficientes para la condenación. La acusaron, a falta de pruebas, de haber pervertido sexualmente a su hijo, el delfín, un niño de tierna edad.
9. Felipe Igualdad (Luis Felipe II de Orleans), primo de Luis XVI y padre de Luis Felipe, que gobernó Francia de 1830 a 1848 bajo el título de “rey de los franceses”.
Fuente: Tesoros de la Fe
