Los Destinos Supremos del Hombre
- Roberto de Mattei
La reunión anunciada entre el Papa León XIV, los jefes de las Iglesias católicas orientales sui iuris y los presidentes de las Conferencias Episcopales se celebrará en el Vaticano del 7 al 14 de octubre de 2026. El evento nació con el objetivo de «proceder, en escucha mutua, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a seguir para proclamar hoy el Evangelio a las familias, a la luz de Amoris laetitia y teniendo en cuenta lo que se está logrando en las Iglesias locales».
Para preparar los trabajos de la asamblea, el 6 de julio la Secretaría General del Sínodo de los Obispos y del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida publicó un Camino Temático, enviado a las iglesias locales. El cuarto punto del texto, titulado «En las dificultades de la vida: acompañamiento y apoyo. Caminar con familias en situaciones complejas», retoma, con estas palabras, el tema central del capítulo ocho de la exhortación postsinodal Amoris laetitia: «¿Qué medidas se han adoptado para apoyar a quienes viven en situaciones de fragilidad o dificultades? ¿Qué resistencia surge? ¿Cómo podemos construir comunidades cristianas en las que quienes han experimentado sufrimiento, abandono, separación y divorcio puedan sentirse verdaderamente escuchados, involucrados y corresponsables? ¿Qué experiencias concretas muestran ya hoy el rostro de una Iglesia cada vez más capaz de proximidad, discernimiento, acompañamiento y valorización, ayudando a las personas y a las familias a recuperar la confianza, a reconocerse como parte de la comunidad y a experimentar la misericordia de Dios?».
Según la exhortación Amoris laetitia del 19 de marzo de 2016, ante el sufrimiento de quienes viven un matrimonio fallido, la Iglesia debe comprometerse a nivel pastoral, presentándose como un hogar acogedor y misericordioso. Pero ¿hasta dónde puede llegar esta bienvenida? ¿Es posible admitir en los sacramentos a quienes viven permanentemente en una situación objetiva de pecado grave, como la de las personas divorciadas y vueltas a casar, sin contradecir la ley natural y divina?
Amoris laetitia parece responder positivamente a esta pregunta cuando afirma que no. 301, que «ya no es posible decir que todos aquellos que se encuentran en alguna situación llamada “irregular” viven en un estado de pecado mortal, carentes de gracia santificadora». En el n.o 305 añade: «Por condicionamiento o atenuantes, es posible que, dentro de una situación objetiva de pecado – que no sea subjetivamente culpable o que no sea plenamente culpable – se pueda vivir en la gracia de Dios, se pueda amar, y también se puede crecer en la vida de gracia y caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia».
Es cierto que la teología moral católica siempre ha distinguido entre la gravedad objetiva de un acto y la plena imputabilidad subjetiva de quien lo realiza. La ignorancia, el miedo, la violencia, los hábitos empedernidos y otros condicionamientos pueden disminuir la responsabilidad personal. Pero el problema planteado por Amoris laetitia no se refiere sólo al juicio sobre la conciencia individual, que en última instancia pertenece a Dios. Se trata de la posibilidad de transformar una valoración prudencial del confesor en una práctica eclesial que permita el acceso a la Eucaristía a quienes públicamente continúan viviendo en condiciones contrarias a un mandamiento divino, sin intención de abandonarlo.
Por este motivo, en 2016 cuatro cardenales –Raymond Leo Burke, Walter Brandmüller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner– entregaron al Papa Francisco cinco dubia, preguntando, entre otras cosas, si, después de Amoris laetitia n. 301, todavía era posible afirmar que «una persona que vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como el que prohíbe el adulterio (cf. Mt 19,3-9), se encuentra en una situación objetiva de pecado grave habitual». Ni esta pregunta ni la otra dubia formulada por los cardenales han recibido nunca respuesta.
¿La reunión de octubre promovida por León XIV reiterará los errores y ambigüedades de Amoris Laetitia, o buscará reinterpretar el documento del Papa Francisco en sentido ortodoxo, reafirmando que quienes se encuentran en una situación objetiva de grave pecado no pueden recibir la Eucaristía sin arrepentimiento, absolución sacramental y el propósito de cambiar sus vidas?
Como observa Don Claude Barthe en su reciente y lúcido artículo (https://www.resnovae.fr/revenir-au-magistere/)“ este encuentro podría representar una oportunidad providencial para que algunos pastores valientes destaquen el considerable daño causado por la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia a la moral natural y católica y, en consecuencia, a la salvación de las almas”. De hecho, ninguna práctica pastoral puede ser auténticamente católica si contradice, incluso indirectamente, la verdad doctrinal que se supone debe hacer visible.
Sin embargo, el problema subyacente radica aguas arriba y no aguas abajo. La razón profunda de tantos fracasos matrimoniales, con el consiguiente desarrollo de situaciones de dificultad, sufrimiento y pecado, reside en la pérdida del sentido del matrimonio y, más generalmente, en el oscurecimiento de la ley natural y divina. Más arriba aún está la ausencia, por parte de muchos pastores de la Iglesia, de una predicación coherente y sistemática que recuerde al hombre el fin de su vida y sus destinos supremos.
La Iglesia no es simplemente un refugio en el que quienes tienen desafíos espirituales o psicológicos pueden recuperar el equilibrio viviendo con sus hermanos y hermanas. Ella es ciertamente una madre que acoge y cura las heridas, pero es ante todo la institución divina fundada por Jesucristo para guardar la verdad, administrar los sacramentos y ofrecer a los hombres las herramientas necesarias para la salvación eterna. Su tarea no es asegurar una serenidad puramente terrenal, sino conducir las almas hacia Dios. Si olvida esta finalidad sobrenatural, el acompañamiento pastoral se reduce también a una forma de asistencia psicológica o social.
Nuestros destinos no se agotan por la vida terrenal. Hay una vida futura en la que uno tendrá la perfecta sanción de los méritos y deméritos de todos. Como enseña Santo Tomás de Aquino, tan pronto como el alma se separa del cuerpo, un rayo de luz lo penetra profundamente y, «iluminado por esta luz por sus propios méritos o deméritos, el alma sale como de sí misma al lugar de su eternidad, similar a aquellos cuerpos ligeros o pesados, que ascienden o descienden donde su movimiento debe terminar» (Summa Theologiae, Suppl., q. 69, a. 2).
El cielo, la indescriptible plenitud de la felicidad en la posesión eterna de Dios, y el infierno, la eterna privación de Dios y la inmensa presencia de todo mal, son nuestros destinos supremos. Recordar esta verdad significa mirar la realidad con los ojos de la fe. Y esa es la tarea de la Iglesia.
La desesperación que aguarda en la eternidad a quienes mueren impenitentes, después de haber transgredido gravemente la ley divina, es infinitamente más terrible que el sufrimiento fugaz de quienes en la tierra luchan por respetar esta ley. La respuesta a la crisis familiar no es adaptar la ley de Dios a las debilidades humanas, sino restaurar a los hombres la confianza en el poder de la gracia, de que cualquier cosa puede, incluso lo que parece humanamente imposible. Éstas son las palabras de vida y de esperanza que está permitido esperar de una asamblea eclesial dedicada a la proclamación del Evangelio.
Los Engaños que Preparan la Guerra
- Roberto de Mattei
La historia ofrece numerosos ejemplos de guerras preparadas a través de noticias manipuladas y agresiones simuladas: operaciones que hoy definiríamos como “guerra híbrida”. En 1939, tras el desafortunado Pacto Molotov-Ribbentrop, se produjeron dos incidentes importantes: el ataque nazi a la emisora de radio alemana de Gleiwitz, atribuido a Polonia, y el bombardeo ruso de la aldea soviética de Mainila, atribuido a Finlandia. En ambos casos, el atacante construyó una versión de los hechos que le permitió presentarse como víctima.
El 23 de agosto de 1939, en Moscú, los ministros de Asuntos Exteriores Vyacheslav Molotov y Joachim von Ribbentrop firmaron, en presencia de Stalin, el Pacto de No Agresión entre la Unión Soviética y la Alemania nacionalsocialista. Un protocolo secreto delimitó sus respectivas esferas de interés en Europa del Este, previendo la partición del territorio polaco y colocando a Finlandia en la esfera soviética. El acuerdo facilitó así una agresión posterior: Hitler podía atacar Polonia sin temor a la intervención soviética en su contra; Stalin podía ejercer su propia presión sobre Finlandia contando con la aquiescencia alemana.
En la tarde del 31 de agosto de 1939, pocas horas antes de la invasión de Polonia, un pequeño grupo de agentes del servicio de seguridad de las SS entró en la emisora de radio de Gleiwitz, una ciudad de la Alta Silesia entonces perteneciente a Alemania, hoy Gliwice, Polonia. A la cabeza estaba Alfred Naujocks, encargado por Reinhard Heydrich de simular una incursión polaca.
Los hombres ocuparon el lugar y transmitieron un breve mensaje en polaco, con contenido hostil a Alemania. Dispararon algunos tiros y abandonaron la estación. La acción debía aparecer como un ataque de un grupo de insurgentes o saboteadores polacos a una instalación alemana. En la declaración jurada dada en noviembre de 1945 y adquirida en los juicios de Núremberg, Naujocks explicó que Heydrich quería obtener pruebas concretas de los presuntos ataques polacos, utilizables por la propaganda extranjera y la prensa. Su relato documentó así la relación directa entre la preparación del incidente y la construcción de la justificación pública de la guerra. (Deposición de Alfred Naujocks).
La puesta en escena también incluyó una víctima humana. El cuerpo de Franciszek Honiok, un alto silesio conocido por sus simpatías polacas, fue dejado en la estación y arrestado por la Gestapo y asesinado para proporcionar pruebas falsas de la incursión. Un hombre asesinado se convirtió así en un elemento de la representación: el presunto atacante que cayó en el lugar del ataque. Gleiwitz perteneció a una serie de provocaciones organizadas a lo largo de la frontera, destinadas a fortalecer la imagen de una Alemania sometida a la intolerable violencia polaca (https://www.historyhit.com/gleiwitz-incident-explained/?utm_source=chatgpt.com). Al amanecer del 1 de septiembre°, la Wehrmacht invadió Polonia. La velocidad y amplitud de la ofensiva demostraron que la operación militar había sido preparada antes del incidente. El 17 de septiembre, el Ejército Rojo también entró en Polonia desde el este: la partición acordada entre los regímenes nazi y comunista comenzaba a resultar en la ocupación del país.
Menos de tres meses después, una provocación fronteriza ofreció a Moscú el pretexto para atacar Finlandia. En otoño de 1939, Stalin había exigido concesiones territoriales en el istmo de Carelia y una base naval en Hanko, presentándolas como necesarias para la seguridad de Leningrado. El gobierno finlandés, temiendo que esas demandas socavaran su independencia, no aceptó las condiciones soviéticas.
El 26 de noviembre, Moscú anunció que siete proyectiles de artillería, procedentes de territorio finlandés, habían alcanzado unidades soviéticas cerca de Mainila, causando cuatro muertos y nueve heridos. Molotov exige la retirada de las tropas finlandesas. Helsinki rechazó la acusación: según auditorías finlandesas, sus baterías estaban demasiado lejos para llegar al pueblo. También propuso una investigación conjunta y una retirada mutua de fuerzas. Moscú rechazó la propuesta. El 28 de noviembre denunció el pacto de no agresión soviético-finlandés; el día 29 rompió relaciones diplomáticas.
La propaganda acompañó la escalada. Pravda e Izvestija presentaron el episodio como una provocación de los líderes finlandeses y publicaron declaraciones de trabajadores y soldados exigiendo una respuesta contundente. El 30 de noviembre, el Ejército Rojo cruzó la frontera y la fuerza aérea soviética bombardeó Helsinki. La Guerra de Invierno estaba comenzando. El estudio de Kati Parppei muestra cómo el episodio se transformó en una herramienta para movilizar y legitimar el ataque (https://www.arei-journal.pl/articles/display/69?utm_source=chatgpt.com).
En 1939 fue necesario organizar una agresión simulada, preparar pistas falsas y confiar a la propaganda la tarea de imponer una versión oficial. Hoy en día, la guerra híbrida ofrece una extraordinaria variedad de medios tecnológicos para lograr objetivos políticos y militares análogos mediante engaños y mentiras. De hecho, la guerra híbrida combina presión militar, ciberataques, sabotaje, chantaje económico y operaciones de desinformación. Su campo de acción incluye la infraestructura material y la percepción de los acontecimientos. La inteligencia artificial permite producir textos en muchos idiomas, imitar registros periodísticos, crear imágenes plausibles y sintetizar rumores. Imágenes manipuladas podrían mostrar a una autoridad política anunciando una movilización que nunca se decidió;Una grabación falsa podría darle a un comandante una orden que nunca le fue dada. Durante una crisis internacional, incluso un engaño reconocido después de unas horas puede haber alimentado ya el pánico, provocado reacciones diplomáticas o comprometido decisiones urgentes.
El informe conjunto Microsoft–OpenAI del 14 de febrero de 2024 documenta el uso de modelos de lenguaje por parte de Forest Blizzard, también conocido como APT28 o Fancy Bear, que Microsoft vincula con la inteligencia militar rusa y la Unidad GRU 26165. La investigación del periodista Bijin José sobre The Indian Express “espionaje ruso, monitoreo de disidentes y ciberataques con inteligencia artificial: lo que dice el informe de Anthropic” presenta casos de Rusia que utiliza inteligencia artificial para espionaje, control de disidentes, fraude y propaganda. Un precedente documentado es la operación de influencia rusa Doppelganger. En mayo de 2024, OpenAI informó que personas vinculadas a la operación habían utilizado sus plantillas para generar comentarios en varios idiomas, incluido el italiano, traducir y editar artículos y preparar contenido para su difusión en las redes sociales (Informe OpenAI).
El peligro crece cuando la falsificación acompaña a un hecho real. Un corte de electricidad, un incendio o un accidente de tren pueden causarse y explotarse ingeniosamente para difundir explicaciones inventadas, atribuir responsabilidades sin pruebas y sugerir que el gobierno está ocultando la verdad. No es necesario que el activista haya provocado el incidente: puede hacerse cargo de su interpretación.
Es en este marco que, más de ochenta años después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial,Polonia y los países bálticos, ya víctimas del nacionalsocialismo y el comunismo, están volviendo a vivir bajo la presión del poder ruso. La Cortina de Hierro que dividió a Europa después de 1945 ha caído, pero la guerra contra Ucrania ha devuelto la amenaza militar a las fronteras orientales de la Unión Europea y la OTAN. Los drones y los ataques de Moscú a sus fronteras se multiplican, aumentando cada día la posibilidad de provocaciones y mentiras que hacen que la escalada sea irreversible e ingobernable. La desinformación produce incertidumbre, el engaño comprime el tiempo del juicio y hoy existe el riesgo de que los hombres pierdan el control de sus decisiones incluso antes de perder el control de sus armas. 1939 debería enseñarnos algo.
La liberación de Viena y la fiesta del nombre de María
- Roberto de Mattei
Al amanecer del 12 de septiembre de 1683, desde lo alto del Kahlenberg, la mirada se extendía sobre la ciudad de Viena, envuelta en humo. Durante casi dos meses, la capital del Imperio estuvo bajo el control del ejército otomano. Los muros, sacudidos por las minas, estaban ahora a punto de ceder; los defensores, diezmados por el hambre, las enfermedades y los combates, se preparaban para la última resistencia. Más allá de las murallas se extendía, inmenso, el campamento del gran visir Kara Mustafa, con sus tiendas, sus estandartes y una multitud de soldados que habían llegado hasta el corazón de Europa.
La caída de Viena parecía inminente. Y con Viena se habría abierto al Islam el camino hacia Alemania y Europa Central.
El avance turco había comenzado en la primavera de 1683. Kara Mustafa había reunido un ejército masivo y, avanzando a través de Hungría, había llegado a Viena el 14 de julio. El emperador Leopoldo I había abandonado la capital y confió su defensa al conde Ernst Rüdiger von Starhemberg. Entre ellos había unos miles de hombres, a los que se unieron voluntarios y ciudadanos. Durante semanas, los vieneses repelieron asaltos, extinguieron incendios, repararon brechas y cavaron túneles subterráneos para interceptar minas enemigas.
Sin embargo, cada día el círculo se estrechaba. A principios de septiembre, las fortificaciones quedaron reducidas a ruinas y las tropas otomanas habían penetrado las obras exteriores. La ciudad ahora luchaba con la certeza de que el próximo asalto podría ser el último.
En Roma, el Papa Inocencio XI, Benedetto Odescalchi, siguió los acontecimientos con angustia. Durante mucho tiempo había buscado corregir las divisiones entre los príncipes cristianos y promover una alianza contra el poder otomano. Había apoyado financieramente la guerra y favorecido el acuerdo entre el emperador y el rey de Polonia Juan III Sobieski. Pero la movilización militar estuvo acompañada de una intensa movilización espiritual. Se celebraron oraciones durante toda la cristiandad y el Pontífice confió a la Santísima Virgen María la salvación de Viena.
El capuchino Marco d’Aviano, enviado papal y ardiente predicador, viajó por las cortes europeas, instando a los soberanos a superar las rivalidades y la desconfianza. Su misión no era sólo diplomática. Sabía que, antes de poner ejércitos en el campo de batalla, había que recordar a los combatientes el motivo más elevado de su lucha.
El rey de Polonia respondió al llamamiento. Juan Sobieski fue un gobernante valiente, ya famoso por sus victorias contra los turcos, pero sobre todo fue un hombre de profunda devoción mariana. Antes de partir realizó una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Częstochowa. Dejó su reino expuesto al peligro para correr en defensa de Viena, consciente de que el futuro del cristianismo europeo dependía del destino de la ciudad.
El ejército de socorro reunió contingentes polacos, austriacos, bávaros, sajones y otros alemanes. Diferentes idiomas, tradiciones e intereses se reunieron bajo una misma bandera. El mando supremo recayó en Sobieski, mientras Carlos de Lorena dirigía las fuerzas imperiales. Después de una marcha difícil, los aliados cruzaron el Danubio y alcanzaron las alturas que dominaban Viena.
En la noche del 11 al 12 de septiembre, en las laderas del Kahlenberg, miles de hombres esperaban en silencio. Debajo de ellos brillaban los fuegos exterminados del campamento otomano. Antes de la batalla, el padre Marco d’Aviano celebró misa e invocó la protección de la Virgen. Sobieski asistió al Santo Sacrificio y una vez más confió a María el resultado del día.
La batalla comenzó en las primeras horas de la mañana. Las tropas imperiales avanzaron por el flanco izquierdo, capturando a costa de intensos combates las aldeas fortificadas que protegían el campamento turco. En el centro y a la derecha, los contingentes polacos descendieron lentamente de las alturas. Kara Mustafa, convencido hasta el final de que podía capturar Viena, no pudo concentrar todas sus fuerzas contra el ejército de socorro. A medida que los jenízaros continuaron presionando las murallas, el despliegue otomano comenzó a flaquear.
Hacia la tarde llegó el momento decisivo. Desde las laderas del Kahlenberg, miles de caballeros estallaron con sables en mano hacia la llanura, mientras los húsares alados polacos, liderados por Sobieski, cargaban contra el centro de la línea enemiga. El rugido de los cascos, el destello de las lanzas y el silbido de las distintivas alas unidas a la armadura produjeron un efecto abrumador. Las líneas otomanas se rompieron; el campamento de Kara Mustafa fue invadido y el pánico se convirtió en huida.
Desde las murallas, los vieneses vieron cómo el ejército que los había sitiado se disolvía ante sus ojos. Después de semanas de angustia, la ciudad quedó libre.
Al entrar en el campamento del gran visir, Sobieski dirigió a su esposa una frase destinada a pasar a la historia. Modificando las palabras de César, escribió: «Venimus, vidimus, Deus vicit»: hemos venido, hemos visto, Dios ha vencido. No atribuyó el éxito a su propia capacidad, ni a la fuerza de los ejércitos, sino a la intervención de la Divina Providencia. Pero el gran arquitecto de la liberación de Viena, con Sobieski, había sido el Papa Inocencio XI, a quien Pío XII beatificó el 7 de octubre de 1956, recordando su papel providencial.
La liberación de Viena marcó un punto de inflexión histórico. La expansión otomana en Europa se detuvo y en los años siguientes los ejércitos imperiales recuperaron gran parte de Hungría.
Para perpetuar la memoria de la gran victoria, Inocencio XI extendió a la Iglesia universal la fiesta del Santísimo Nombre de María, ya celebrada en algunas regiones. El aniversario se fijó inicialmente en el domingo incluido en la octava de la Natividad de la Virgen y luego fue establecido por San Pío X el 12 de septiembre, aniversario de la liberación de Viena.
El Nombre de María quedó así vinculado a una de las horas más dramáticas de la historia europea. Había resonado en las oraciones de Roma, en los santuarios de Polonia, en las murallas sitiadas y en las alturas del Kahlenberg. Había sido pronunciado por los combatientes antes del enfrentamiento y por los vencedores después de la batalla.
Celebrar el Santísimo Nombre de María significa recordar que, en momentos en que las fuerzas humanas parecen insuficientes y todo parece perdido, la historia nunca escapa al gobierno de la Providencia. Viena estaba ahora cerca del otoño, pero fue precisamente en la hora más oscura cuando llegó la liberación. Por encima del tumulto de las armas y el colapso de los imperios sigue estando el nombre de la Madre de Dios: un nombre de esperanza, misericordia y victoria.
La Desesperación de Nuestro Tiempo
- Roberto de Mattei
Hace pocos días saltó a los titulares la noticia de que en la región italiana del Véneto se había aprobado una ley que tenía por objeto regular el suicidio asistido a nivel regional. Se trata de la cuarta región que aprueba una legislación en ese sentido, pero es la primera que tiene un gobierno de centroderecha. Por eso, la noticia adquiere un significado político y cultural que trasciende los límites regionales. Demuestra que el principio de autodeterminación absoluta está penetrando ya en formaciones políticas que, al menos nominalmente, deberían proclamar la defensa de la vida, la familia y el orden natural.
El suicidio asistido consiste en la búsqueda deliberada de la muerte por parte de quien, no creyendo tener más motivos para vivir, pide a la salud pública que le ayude a poner fin a su existencia. Por tanto, no se trata de una decisión meramente privada. En el momento en que interviene la legislación, el suicidio deja de considerarse una tragedia que se debe impedir y es una posibilidad reconocida por las autoridades regionales o estatales. Esta opción es presentada por los medios de comunicación como el ejercicio de un derecho y un noble acto de determinación que la ley no debe prohibir ni el juicio moral censurar. Se habla de libertad, dignidad, decisión consciente y derecho,
evitando cuidadosamente recordar que en toda solicitud de suicidio hay antes que una voluntad de morir, un grito desesperado de dolor.
Si se describe la muerte voluntaria como una decisión valiente y digna, el mensaje que llega al público es devastador. El anciano que se siente de más, el enfermo que teme ser abandonado o el discapacitado que consciente del costo económico y psicológico de la asistencia que recibe, pueden convencerse de que morir es un gesto de generosidad hacia sus familiares o la solución más decorosa a su dolencia.
Esto pone de relieve una profunda contradicción. Cuando un desesperado intenta quitarse la vida, la sociedad moviliza a médicos y psicólogos y a las fuerzas del orden para salvarlo. En cambio, cuando esa misma voluntad se expresa en unas condiciones clínicas determinadas y se le da cauce mediante un procedimiento legal, la cosa se celebra como una manifestación de libertad. En un caso se afirma que hay que defender la vida de la desesperación del momento; en el otro, se acepta la misma desesperación como fundamento de un derecho.
Durante los mismos días en que se aprobaba esa ley regional sobre el suicidio asistido las primeras páginas de los diarios recogieron noticias de atroces crímenes cometidos dentro del propio núcleo familiar: padres que asesinan a sus seres queridos, madres que matan a sus hijos, hombres que ultiman a su esposa o su pareja y acto seguido se quitan la vida. Desde luego hay una diferencia moral y jurídica entre quien mata a sus familiares y quien pide que lo ayuden a morir. Con todo, en el origen de ambos fenómenos puede reconocerse un mismo sentimiento de desesperación.
La desesperación es la falta de toda esperanza. Es una de las consecuencias más graves del materialismo que domina la sociedad contemporánea. El materialismo no consiste sólo en el apego al dinero o los bienes materiales. En un sentido más radical, es un concepto de la realidad que reduce al hombre a su mera dimensión biológica, económica y psicológica. Desde esta perspectiva, el valor de la vida depende de factores como el placer que se busca, la autonomía que se consiente o el éxito que se disfruta. Cuando faltan esas condiciones, falta igualmente una razón para vivir. En los casos más terribles, quien ha perdido toda esperanza no se limita a quitarse la vida; trata de eliminar también a quien considera parte del propio destino. La familia, que debería ser el ámbito de la seguridad y el amor, se convierte en teatro de una extrema voluntad de dominio: «Si mi vida ya no tiene sentido, tampoco la vuestra debe continuar». Es una inversión diabólica del amor, que ya no procura el bien del otro sino dominarlo y aniquilarlo.
La sociedad contemporánea promete la felicidad por medio del bienestar, el placer, el éxito y la ausencia de todo límite. Y es precisamente esa falsa promesa la que abona el terreno a la desesperación. Si a alguien se le ha enseñado a creer que felicidad es sinónimo de satisfacción de los deseos personales, no estará preparado para afrontar enfermedades, pérdidas, abandonos y derrotas. Si la realidad material se considera el horizonte de la propia existencia, resulta imposible encontrarle sentido a la vida. Una civilización que promete al hombre autonomía y satisfacción de todo deseo pero lo priva de Dios y de la esperanza en la vida eterna, lo deja indefenso ante el dolor y la muerte. La desesperación es, pues, mucho más que un estado psicológico individual; es la enfermedad espiritual y social de nuestro tiempo. Esta grave dolencia no se cura con remedios jurídicos ni políticos. Por encima de todo hay que devolverle al hombre la verdadera esperanza, que es la sobrenatural y nunca ha defraudado a nadie. Pero para restituirle la esperanza al hombre primero hay que reintegrarle la fe, que es requisito y fundamento de la esperanza.
¿Y cuál fe, sino es la fe en Dios, Creador y Señor de la historia; en Jesucristo, Redentor y Salvador de la humanidad; en su Cruz, que ha vencido al pecado; y en su Resurrección, que ha derrotado a la muerte?
Quien abraza la inmensa y consoladora perspectiva de la fe sabe que no es un fruto del azar ni un ser destinado a la nada, sino una criatura de Dios amada por Él y llamada a la vida eterna. La esperanza, que es hija de la fe, consiste en la certeza de que la vida no termina dentro de los estrechos límites de la existencia terrenal y el hombre está llamado a poseer bienes eternos aunque le parezca que todo se derrumba a su alrededor.
La esperanza cristiana no reduce la dureza de las pruebas. Sin embargo, enseña que cuando el sufrimiento se acepta y ofrece siempre es provechoso, que ninguna de nuestras lágrimas escapa a la mirada de Dios y que la Providencia puede sacar un bien mayor de las más espesas tinieblas. Cuando a los ojos del hombre todo parece perdido, el horizonte de la eternidad permanece abierto. Ese horizonte impide que la desesperación tenga la última palabra.
Una vez más, el coronel Plazas Vega es absuelto por la justicia
- Eugenio Trujillo
La noticia fue ampliamente conocida la semana pasada, cuando la Corte Federal del Distrito Sur de La Florida, en EEUU, absolvió por unanimidad al coronel Luis Alfonso Plazas Vega. Este héroe de la Patria estaba acusado injustamente por haber causado los muertos y desaparecidos del asalto terrorista del M-19 al Palacio de Justicia, ocurrido en 1985.
Aunque los hechos son ampliamente conocidos en Colombia y en el mundo, la tragedia personal y familiar del coronel Plazas Vega es ignorada por la mayoría de las personas.
Durante 40 años, que corresponden a la mitad de su vida, ha enfrentado todo tipo de causas judiciales promovidas por el M-19 y la izquierda marxista, acusándolo de los crímenes que cometió el M-19, mientras que los autores de la masacre de la justicia, en la cual fueron asesinados 13 magistrados de la Corte Suprema de Justicia y cerca de 90 personas más, se autoproclaman héroes por haber cometido esos crímenes de lesa humanidad.
El M-19 ha gozado de la más absoluta impunidad
Los integrantes de la cúpula del M-19 que organizaron el asalto al Palacio de Justicia han vivido en medio de la más atroz e inaudita impunidad, pues nunca pagaron un día de cárcel por esos hechos. Ocuparon los más importantes cargos del Estado, pues fueron congresistas, embajadores y hasta ministros. Además, Petro y sus secuaces llegaron a la alcaldía de Bogotá en 2012 y a la presidencia de la República en 2022. Gobernaron a Colombia durante los últimos cuatro años desmantelando el Estado, implantando la más impresionante corrupción, robándose todo lo que pudieron y fortaleciendo a todos los grupos criminales, terroristas y narcotraficantes.
Pero los únicos acusados y encarcelados por esos hechos fueron precisamente los salvadores de la Patria, los que defendieron con honor y heroísmo la democracia y las instituciones. Es el caso del general Jesús Amando Arias Cabrales, quien era el comandante de la Brigada 13 de Bogotá y estuvo al comando de la operación, y del coronel Plazas Vega, comandante de la Escuela de Caballería en Bogotá, quien dirigió el rescate del Palacio de Justicia.
El general Arias Cabrales debe regresar a la libertad
El general Arias Cabrales, a sus 90 años de edad, paga una condena de 35 años de cárcel en una guarnición militar en Bogotá. El expresidente Petro, en un acto de venganza e ignominia, lo despojó cobardemente de sus condecoraciones y honores militares en 2024. El coronel Plazas Vega fue condenado a 25 años de cárcel, de los cuales pagó ocho en una guarnición militar hasta que fue absuelto en 2016 por la Corte Suprema de Justicia.
Fue precisamente allí, cuando estaba preso, cuando lo conocí y nos hicimos buenos amigos, y me sumé a la batalla por su defensa con decenas de escritos, entrevistas y labores periodísticas que he realizado durante todo este tiempo. Por eso, ahora que nuevamente ha sido declarado inocente por un tribunal de justicia de la mayor importancia e imparcialidad, le envío mis más sinceras felicitaciones.
El triunfo del coronel Plazas Vega es la prevalencia de la verdad sobre la mentira inventada por el M-19, de la justicia contra la infamia, y del honor contra la vergüenza. Pasaron 40 años de una persecución infame y es de esperar que así como un inocente ha sido absuelto una vez más, ahora los culpables sean condenados.
Pues bien, en su saña por encarcelar a los salvadores de la Patria, después de ser absuelto en Colombia, el coronel Plazas Vega fue acusado en los EEUU por abogados pagados por colectivos marxistas asociados al M-19 y a la familia del magistrado auxiliar Carlos Horacio Urán, quien murió asesinado por los terroristas en el Palacio de justicia. Y el Tribunal Federal del Estado de la Florida lo acaba de declarar INOCENTE de los cuatro crímenes por los cuales fue acusado, por absoluta unanimidad del jurado integrado por 10 personas.
El más poderoso bufete de abogados de los EEUU fue derrotado
Es de anotar que la demanda de la familia Urán fue conducida por la oficina de abogados más poderosa y grande de los EEUU, con sede en Los Ángeles. Wilson, Sonsini, Williams y Rosatti, es un bufete que cuenta con más de mil abogados a su servicio. El juicio fue conducido por 10 de estos abogados que se trasladaron a La Florida durante varias semanas, con todos los gastos pagados, facturando sus honorarios por cada hora de trabajo, como se acostumbra en ese país.
¿Quién pagó todos esos gastos legales? ¿De dónde salió el dinero para financiar ese proceso infame contra el coronel Plazas Vega?
Es evidente que todo ello es producto de una articulación internacional de la izquierda marxista, que lleva 40 años cambiando la realidad de lo ocurrido, para presentarlo como una masacre producida por el Ejército de Colombia.
Lo que tratan de cubrir con ese manto de mentira es que el asalto del M-19 fue financiado por el terrorista Pablo Escobar para impedir la extradición de los narcos y guerrilleros a los EEUU, para quemar sus expedientes criminales que reposaban en el Palacio de Justicia, para dar un golpe de estado contra el gobierno del presidente Belisario Betancur, tomarse el poder por las armas e imponer en Colombia una dictadura comunista.
El M-19 seguía el ejemplo de los sandinistas de Nicaragua
Eso mismo fue lo que habían hecho unos pocos meses antes los terroristas del Ejército Sandinista en Nicaragua, comandados por Daniel Ortega y dirigidos por Fidel Castro, que se tomaron por las armas el Congreso de Managua, derrocaron la dictadura de Somoza, se tomaron el poder, y hasta hoy lo conservan bajo la tiranía de Ortega, después de 40 años.
Ellos querían repetir esta historia en Colombia, pero el heroísmo del Ejército y de sus comandantes lo impidió. Y Colombia se salvó gracias a ellos, por lo cual es necesario rectificar el camino, devolver a la libertad al general Arias Cabrales, y contar la historia con la verdad, desenmascarando las mentiras que se construyeron durante este tiempo, siguiendo al pie de la petra una narrativa marxista.
¡Una vez más la luz brilla sobre las tinieblas, la verdad prevalece sobre la mentira, y la justicia se impone ante la infamia! Esperamos que esto perdure para siempre y Colombia entienda que el triunfo de Abelardo de la Espriella debe convertirse en una política de Estado para las próximas generaciones y no apenas para los próximos cuatro años. ¡La paz no se conseguirá jamás claudicando ante los criminales!
La opción del diálogo está completamente agotada
- Eugenio Trujillo
Esta frase es del presidente Abelardo de la Espriella en el discurso de posesión del pasado 7 de agosto. Desde ese día, la ofensiva de las Fuerzas Armadas y de Policía contra de todos los grupos terroristas, subversivos y delincuenciales es absoluta y total.
Después de 44 años de fallidos procesos de paz, concesiones, claudicaciones, indultos a decenas de miles de terroristas, amnistías incondicionales a centenares de grupos al margen de la ley, y todo tipo de contemporizaciones con la subversión marxista y el crimen organizado, la política de Estado en Colombia da un giro de 180 grados.
Desde 1982 nos equivocamos en el camino de la paz
Pero veamos los hechos. En 1982, el presidente Belisario Betancur comenzó el primer proceso de paz con las FARC, el ELN y el M-19. Aunque se decía conservador, realmente era un comunista inspirado en las nacientes doctrinas de izquierda de la Teología de la Liberación.
Su proceso terminó en el más absoluto fracaso, con el asalto del M-19 al Palacio de Justicia en 1985 y la masacre de los magistrados de la Corte Suprema y 90 personas más. Esa fue una hecatombe que marcó para siempre a Colombia, con la cual se desmanteló la justicia, lanzando al país en una guerra infame que perdura hasta hoy.
¡Colombia no aprendió la lección! Es evidente que cuando el Estado capitula ante los enemigos de la Patria no se consigue ninguna paz, pero todos los presidentes de Colombia hicieron exactamente lo mismo, desde Betancur hasta Petro, durante 44 años, entre 1982 y 2026. Lo único que consiguieron fue lanzar a Colombia en el caos, en la barbarie y en el colapso de la justicia.
Esa ignominia fue impuesta a todos los colombianos como el único camino hacia la paz. En ese viaje hacia la muerte y la destrucción, participaron eufóricos todos los partidos políticos, los gremios empresariales, los empresarios, las Altas Cortes, el sistema judicial en pleno, la Iglesia Católica y todos los obispos. Nadie podía disentir de ese dogma político, porque era acusado de fanatismo.
Todo fue previsto por Tradición, Familia y Propiedad
Sólo una entidad, desde aquel entonces, batalló contra la corriente denunciando que esa era una falsa paz, y que la verdadera paz jamás se conseguiría por la vía de las claudicaciones ante el terrorismo. Esa Entidad fue la desaparecida Tradición, Familia y Propiedad, cuya labor continúa desarrollándose ahora a través de Tradición y Acción, que me honra presidir desde su fundación en 1999, y del Centro Cultural Cruzada, que se fundó un tiempo después.
En 1982 la TFP afirmó lo siguiente en un pronunciamiento publicado a página entera en los principales periódicos del País:
“Amnistía a los guerrilleros: ¿Medida de pacificación? ¿O transferencia de la guerrilla del fondo de las selvas al corazón de las ciudades?
Estas concesiones, en vez de aplacarlos, solo servirán para alimentar en ellos la esperanza de éxito, por medio de extorsiones aun más amargas, radicales y violentas, con marcha rápida para la extorsión total (Cfr. El Tiempo, 9 de noviembre de 1982. Pág. 6 A).
Hoy, 44 años después, eso fue exactamente lo que ocurrió. Decenas de manifiestos fueron publicados por la TFP, y después por Tradición y Acción, en todos los diarios de Colombia y del exterior. Libros, artículos, conferencias y foros fueron realizados por toda Colombia, y también en Washington, Miami, varias ciudades de España, Brasil y otros países vecinos.
Nadie escuchó. Todos hablaban de paz, pero no había paz. Todos hablaban del derecho a la vida, pero durante esos 44 años fueron asesinadas en Colombia casi un millón de personas, decenas de miles fueron secuestradas, cientos de poblaciones rurales fueron dinamitadas por la guerrilla y cientos de bombas fueron explotadas en las grandes ciudades. Al menos cinco millones de colombianos se fueron del país para no volver, y otros cinco millones migraron desde sus territorios en guerra hacia otras zonas del País buscando la paz, sin encontrarla. Pero, ninguna de estas atrocidades le importó a nadie.
Lo que dijo la TFP en ese entonces se cumplió al pie de la letra. La guerrilla se trasladó del fondo de las selvas al corazón de las ciudades y la extorsión al país fue cada vez más radical y más sangrienta.
Los presidentes fueron entregando el país a la guerrilla marxista
A pesar de ello, la política de Estado a favor de la falsa paz no cambió nada durante este tiempo. Gaviria negoció con Pablo Escobar hasta que el capo se voló de la cárcel de lujo que él mismo había construido. Samper reanudó los diálogos con el ELN en un monasterio de Alemania, conseguido gracias a los buenos oficios de la Conferencia Episcopal de Colombia. Pastrana les entregó El Caguán, creyendo estúpidamente que así conseguiría la paz. Uribe los derrotó militarmente, pero dejó como heredero de su gobierno al traidor de Santos, que ya negociaba con las FARC oculto en las sombras.
Finalmente, Santos firmó el Acuerdo con las FARC en 2016, que le costó al Estado 140 billones de pesos (US $40.000 millones), los llevó al Congreso para que hicieran leyes, les creó la JEP para que la impunidad y la vergüenza fueran totales y después se robó el plebiscito, en el cual Colombia rechazó el Acuerdo. Duque reanudó las capitulaciones con el ELN, hasta que le explotaron un carro bomba dentro de la Escuela de Policía en Bogotá matando a 22 cadetes. Finalmente, el proceso de entrega culminó con la llegada de Petro a la presidencia en 2022, con el cual se instauró un gobierno criminal, degradante y corrupto.
El presidente de la Espriella decidió cambiar el rumbo
Pero hace un mes llegó a la presidencia Abelardo de la Espriella y la política de falsa pacificación fue cancelada. Ahora se está implementando lo opuesto de lo que no funcionó por cuatro décadas.
Es decir, por fin entendimos que la única forma de pacificar el País es desmantelando con la fuerza legítima del Estado a todos los grupos criminales. Los cómplices de los gobiernos anteriores nos decían que era imposible derrotarlos, porque eran aliados. Además, nunca combatían eficazmente a la subversión, por lo cual afirmaban que era imposible derrotarla. Los falsos procesos de paz protegían a los terroristas, los sacaban de las cárceles, les concedían libertad absoluta para delinquir, y así fue como aterrorizaron y sometieron a 50 millones de colombianos.
Pues bien, esa farsa se acabó. En el primer mes de este gobierno la lucha contra el terrorismo ha dado más frutos que en todo el gobierno de Petro. Y Colombia aplaude de pie y respalda al nuevo presidente, porque abrió los ojos y entendió que estuvo engañada por casi medio siglo.
¡Se ha roto el hechizo de la falsa paz! Apareció el líder capaz de proclamar ante el país y ante el mundo que no hay paz sin un combate frontal, absoluto y decidido contra todos los factores de disolución que durante estos años nos condujeron al caos, a los más altos índices de criminalidad del mundo, y al dominio de vastos territorios en manos de grupos armados y de asesinos despiadados.
¡Que viva Cristo Rey! Y que Dios proteja a Colombia de la tragedia que sería regresar a las garras de tan malos y cobardes gobernantes como los que tuvimos en el pasado.
¿Por qué tanta gente rica apoya el socialismo?
- John Horvat II
A medida que el socialismo “democrático” gana popularidad, se destacan dos tendencias vergonzosas. En primer lugar, este nuevo tipo de socialismo es muy popular entre las personas de altos ingresos y con un buen nivel educativo, quienes deberían desaprobarlo. En segundo lugar, es mucho menos popular entre los trabajadores y los sectores menos educados de la población que el socialismo pretende representar.
Por lo tanto, no sorprende que a los candidatos demócratas que rechazan el socialismo “democrático” les vaya mejor en las zonas de bajos ingresos que a los candidatos socialistas democráticos que toman los barrios ricos.
Lo sorprendente es que tanta gente se niega a creer en la evidencia. Se aferran al cansado mito de que a los pobres siempre les gustará el socialismo y los ricos lo odiarán. Esto ayuda al socialismo a ganar poder.
Malentender la naturaleza del socialismo
La confusión proviene de un malentendido sobre la naturaleza del socialismo. Demasiadas personas ven el socialismo como un punto intermedio entre una economía de mercado y el comunismo.
Así, los ricos ven el socialismo como una especie de póliza de seguro para conservar su riqueza. A diferencia del comunismo, el socialismo no se lo lleva todo. El gobierno les quita lo suficiente a los ricos para incomodarlos. Distribuye lo suficiente a los pobres para permitirles volverse dependientes de su estado de bienestar.
De este modo, el socialismo se convierte en un medio para obtener bienes y beneficios “gratuitos” a los que algunos se sienten con derecho. Los que tienen más posesiones se sienten aliviados de no tener que renunciar a todo ya que, sostienen, es mejor ceder un poco para evitar perderlo todo.
Sin embargo, esta visión puramente económica del socialismo no cuenta toda la historia. El socialismo no puede reducirse a un paquete de atención ni a una póliza de seguro. Va en contra de la naturaleza humana misma.
El socialismo es metafísico
El socialismo se vuelve más fácil de entender cuando se lo ve no sólo como un mal sistema económico sino también como metafísico. Se basa en dos principios metafísicos opuestos: igualdad y libertad. Estos dos componentes viven en tensión constante ya que cada uno tiende a suprimir al otro. Los socialistas interpretan estos dos principios de maneras que van en contra de la naturaleza humana.
Así, el socialismo siempre exige igualdad nivelando la sociedad mediante la regulación, los impuestos e incluso la confiscación. Los socialistas ven la desigualdad como odiosa en cualquiera de sus manifestaciones —ya sean diferencias de riqueza, inteligencia, hogares o modas. Les molesta que otros tengan mucho más que ellos y, por lo tanto, favorecen cualquier medio para reducir las diferencias en ingresos, oportunidades o puestos.
Este empoderamiento de la envidia es contrario a la virtud de la justicia, en la que las personas reciben lo que les corresponde, que incluye la propiedad. Tomar la propiedad de alguien sin una compensación justa hace que el socialismo sea oneroso.
Explicando la paradoja socialista
El mito socialista dice que los pobres deben envidiar la buena fortuna de los demás y los ricos deben sentirse culpables por sus propios esfuerzos y buena fortuna.
Esta interpretación es contraria a la idea de armonía social inherente a la naturaleza humana.
Sin embargo, explica la paradoja de los partidarios ricos y los enemigos pobres del socialismo. Para las personas ricas que se sienten culpables, el shock de que les quiten sus propiedades se ve mitigado por el hecho de que tienen muchas posesiones. Quitarles su riqueza tendrá poco efecto en su estilo de vida y hará mucho para disminuir su “culpa”
Por otra parte, los esfuerzos por hacer que los pobres sientan envidia a menudo fracasan. Las personas más pobres que trabajan duro para ganarse la vida tienen pocas propiedades y, por lo tanto, están más apegadas a lo que tienen. Tenderán a oponerse al socialismo porque su sentido de la propiedad está mucho más desarrollado y más estrechamente ligado a su vida cotidiana. Se necesita mucho esfuerzo para convertirlos en socialistas.
La libertad como licencia
El segundo componente de cualquier tipo de socialismo es su afirmación de la libertad. Todos los socialistas sostienen que la libertad no es la elección ordenada hacia lo que es bueno, sino una capacidad ilimitada para satisfacer las pasiones desenfrenadas.
Para los socialistas, libertad significa licencia. Así, el socialismo es enemigo de todo aquello que limite esta licencia/libertad, ya sea la autoridad legítima, los ricos, la familia o la moral cristiana. Todos ellos deben ser etiquetados como enemigos, ya que insisten en restringir “la libertad.”
Por esta razón, siempre se puede contar con que los socialistas apoyen cualquier comportamiento inmoral, como el aborto provocado, el vicio homosexual, la promiscuidad y la desnudez. Incluso en sus formas más totalitarias, el socialismo favorecerá la libre licencia como medio para corromper la virtud y el orden cristiano.
Corrompiendo a ricos y pobres
Tal interpretación va en contra del orden que debe prevalecer dentro del hombre, que disciplina las pasiones. Así, las élites decadentes tenderán a favorecer este lado liberal del socialismo, ya que las riquezas se expanden y facilitan la práctica de la libre licencia. El socialismo siempre apoyará los hábitos promiscuos de aquellos a quienes subvierte. Cultivará élites falsas, ideas y artes extravagantes que favorecen pasiones desenfrenadas y al mismo tiempo derriban las estructuras que sostienen la sociedad.
Si bien los elementos más pobres de la sociedad también son susceptibles a la corrupción moral, tienden a depender de las estructuras familiares y religiosas para hacer frente a las dificultades que enfrentan. A menudo tienen una visión más sensata de la vida que rechaza las extravagantes propuestas de moda y vicio que amenazan su forma de vida.
Así, las ideas socialistas tienden a tener menos influencia sobre las clases bajas debido a su apego a las estructuras tradicionales. Cuando estas clases se separan de sus raíces, como durante la Revolución Industrial, el socialismo encuentra un terreno más fértil.
Todos somos un objetivo
Nadie está exento de los peligros del socialismo. Mientras existan el orgullo y la sensualidad, cualquier clase social estará abierta a sus tentaciones. Las circunstancias pueden hacer que una clase sea más susceptible que otras. Sin embargo, el factor determinante para ser socialista no es el ingreso sino la perspectiva moral.
Por esta razón, el cristianismo es un enemigo natural del socialismo ya que insiste en que las personas actúen según las leyes de Dios y la naturaleza humana. La naturaleza caída siempre tenderá hacia el socialismo.
De hecho, cuanto más decadente es la sociedad, mayor es el atractivo del socialismo.
La práctica de la virtud cristiana es la forma más eficaz de luchar contra el socialismo. El socialismo no puede sobrevivir donde la gente admira el orden de Dios en el universo y ama y obedece Su Ley.
El socialismo no atrae a los cristianos que encuentran plenitud y verdadera libertad actuando según su naturaleza, no esclavizados a las pasiones.
En última instancia, el socialismo es un problema moral.
San Agustín, Bonifacio y los últimos días de Hipona
- Roberto de Mattei
En la primavera del año 430 los caminos que conducían a Hipona fueron transitados por una multitud de fugitivos. Vinieron de Mauritania y Numidia, llevándose consigo lo que habían logrado salvar de la devastación. Detrás de ellos avanzaron los vándalos de Genserico, que habían pasado de España a África el año anterior junto con grupos de alanos y otros pueblos germánicos.
Los pueblos fueron quemados, el campo saqueado, las iglesias profanadas. Possidio, obispo de Calama y futuro biógrafo de San Agustín, relata que sacerdotes, monjes y vírgenes consagradas huyeron en todas direcciones; algunos fueron asesinados, otros llevados como esclavos. De muchas ciudades africanas, sólo Cartago, Cirta e Hipona resistieron todavía (Possidio, Vita Augustini, muchachos. XXVIII-XXXI.)
El general Bonifacio, llegado Áfricae, también había encontrado refugio en Hipona, al mando de las fuerzas romanas restantes y de los contingentes góticos federados. Después de involucrarse en las luchas que destrozaban la corte de Rávena, se reconcilió con Gala Placidia, regente en nombre del joven Valentiniano III. Se había enfrentado a los vándalos en campo abierto, pero fue derrotado y obligado a retirarse dentro de las murallas de la ciudad episcopal.
Le esperaba Agostino, que ahora tiene setenta y cinco años. El obispo acababa de terminar su gran obra, la Ciudad de Dios, antes de que los vándalos cruzaran el Estrecho de Gibraltar. Pero las ideas contenidas en ese libro ahora parecían tomar forma ante sus ojos. Después de meditar sobre el saqueo de Roma en 410, Agustín fue testigo de la ruina del África romana, la tierra en la que nació y a la que había consagrado toda su vida episcopal.
San Agustín sabía que la crisis del Imperio Romano se debía a su corrupción religiosa y moral y que los bárbaros eran el instrumento del castigo de Dios. Pero esta conciencia no lo empujó a abrir las puertas de Hipona a los bárbaros. El deber de los romanos era defenderse del enemigo que los atacaba. Esto era lo que le había dicho a Bonifacio unos años antes, para explicarle que la profesión militar no era incompatible con la santidad. David había sido un guerrero; el centurión evangélico y Cornelio habían servido en armas. Los monjes lucharon con la oración contra enemigos invisibles; el general luchó contra los bárbaros, enemigos visibles del pueblo cristiano. «La paz debe ser el propósito de tu voluntad», le había escrito; «La guerra debe emprenderse sólo por necesidad, para que Dios, a través de ella, libere a los hombres de la necesidad y los preserve en paz» (Epístula 189 ad Bonifacium).
La relación entre el obispo y el general no había estado exenta de contrastes. Bonifacio, tras la muerte de su primera esposa, había considerado abandonar el mundo y retirarse a un monasterio. Agustín y Alipio lo habían disuadido: su misión era permanecer en el ejército para proteger a la Iglesia y permitir a los cristianos llevar «una vida tranquila y silenciosa, con toda piedad y dignidad».
Pero el general se había dejado arrastrar a las luchas de poder. En 427 Agustín le dirigió una dura carta. Le recordó sus antiguas promesas, lo reprendió por sus ambiciones mundanas y le preguntó cómo era posible que, aunque tenía tanta autoridad y un gran ejército, las poblaciones bárbaras devastaran África con impunidad. Agustín reconoció que en el origen de esas calamidades estaban los pecados de los hombres, pero advirtió a Bonifacio que no se convirtiera en un instrumento inicuo de castigo divino (Epístula 220 ad Bonifacium).
Ahora bien, ante los muros de Hipona, aquellas palabras volverían a la memoria del general. Las luchas internas habían terminado; lo único que quedaba era defender la ciudad. Afuera, los hombres de Genserico fueron reforzando poco a poco el asedio; dentro, Bonifacio organizó la resistencia, mientras Agustín apoyaba a la población con la oración y su presencia.
Uno defendía los muros; las otras almas. Fueron dos peleas diferentes, pero orientadas al mismo fin. De hecho, el obispo se había negado a abandonar su rebaño. Cuando el obispo Honorato le preguntó si los sacerdotes debían huir ante los bárbaros, respondió que, cuando el peligro era común a los pastores y a los fieles, aquellos que necesitaban ayuda espiritual no debían ser abandonados: «O todos se retiran juntos a lugares seguros, o los que deben quedarse no deben ser abandonados por aquellos que son necesarios para su ministerio, para que vivan juntos o sufran juntos lo que el Padre quiera» (Epístula 228, 2-6, ad Honoratum).
Durante el tercer mes del asedio, Agustín sufrió fiebre. Un día, sentado a la mesa con Posidio y los demás obispos que se habían refugiado en Hipona, confió su oración: pidió a Dios que liberara la ciudad; o, si la voluntad divina hubiera sido diferente, que fortaleciera a sus siervos; o al menos llevarlo consigo.
En sus últimos días quiso que se transcribieran los salmos penitenciales y que los papeles se colgaran en las paredes de su habitación. Ella los leía desde la cama, llorando todo el tiempo. Diez días antes de su muerte pidió que lo dejaran solo, salvo las visitas de los médicos y de quienes le traían comida. Murió el 28 de agosto de 430, mientras Hipona continuaba resistiendo.
El asedio duró casi catorce meses. Los vándalos finalmente se vieron obligados a retirarse, pero la salvación fue temporal. Bonifacio abandonó la ciudad para unir fuerzas con refuerzos procedentes del Este; Hipona, abandonada por sus habitantes, cayó posteriormente en manos enemigas y fue quemada. Cartago sería conquistada por Genserico en 439. El África romana estaba condenada a desaparecer.
La lección que dejó Agustín, sin embargo, no fue una lección de resignación. Roma no era la Ciudad de Dios y ningún Imperio posee la promesa de la eternidad. Pero precisamente porque la patria terrena es frágil, hay que servirla con mayor pureza de intención, sin convertirla en ídolo y sin abandonarla cuando parece perdida.
En los muros de Hipona, Bonifacio sostenía la espada y Agustín recitaba los salmos. Ambos continuaron cumpliendo con su deber. El Imperio podía verse abrumado por los bárbaros; la fidelidad a Dios y la misión recibida no podían fallar.
El Libro de la Verdad: El saqueo como política de Estado
- Eugenio Trujillo
Si hay alguna lectura alucinante es la del Libro de la Verdad, que fue presentado por el Gobierno la semana pasada. La lectura de sus 135 páginas nos sumerge en el universo del crimen, del desfalco y del derroche, que fueron la constante del gobierno anterior.
Tal vez lo más extravagante del acontecimiento fue que esa presentación fue hecha por el presidente Abelardo de la Espriella y el vicepresidente José Manuel Restrepo, ante los tres personajes que precisamente eran los encargados de impedir semejante saqueo. Estos son la Fiscal Luz Adriana Camargo, el Contralor Carlos Hernán Rodríguez y el Procurador Gregorio Eljach.
Cómplices en el saqueo de Colombia
Es inexplicable la actitud de esas tres autoridades, que posan ante el País como si no supieran nada de lo que pasó, cuando en realidad ellos sabían todo y no hicieron absolutamente nada para evitarlo.
En consecuencia, las decenas de miles de investigaciones que se harán sobre los hechos los deben involucrar como cómplices de Petro en el saqueo de Colombia, porque todo se ejecutó al frente de sus narices.
El Libro de la Verdad hace un recuento de cada uno de los ministerios y entidades gubernamentales, mostrando la forma como despilfarraron los dineros públicos del presupuesto nacional, que era de poco más de $ 400 billones de pesos por cada año de Petro (Unos $ 100 mil millones de dólares por año).
Son tantos los datos escandalosos que relata el libro que es imposible resumirlos en un artículo. El fenómeno más recurrente es la total falta de transparencia en el gasto público, al extremo de no saber en absoluto a quiénes se les giraban cantidades inmensas de dinero, sin justificar la razón de esos pagos. No hay trazabilidad del dinero, pues esa información fue borrada y desaparecida, de tal forma que reconstruirla será casi imposible.
Saqueo en el ministerio de la Igualdad
Uno de los casos más escandalosos es el del Ministerio de la Igualdad, que se creó para satisfacer la voracidad criminal de Francia Márquez. Entre los años 2022 a 2025 se le asignaron $ 2,01 billones de pesos, de los cuales $ 1,77 billones, el 87, 8%, se gastó sin dejar ningún rastro contable en las plataformas de control financiero del gobierno. (Pág. 39).
Saqueo en la UNGRD
En el caso de la Unidad de Gestión de Riesgo (UNGRD), protagonista de los mayores escándalos de corrupción del gobierno, esta entidad recibió un total de $ 15,3 billones entre 2022 y 2026. Su ejecución acumulada en los cuatro años fue del 4,3%, según información de la Contraloría, que a la fecha no encuentra la información contable de la entidad. Sus estados financieros del año 2024 fueron calificados como no razonables, pues una suma de $ 1,29 billones no tienen ninguna justificación contable, mientras que los del año 2025 todavía no fueron presentados. Siendo esta la entidad encargada de atender los desastres, el 10 de agosto, día del terremoto, su director afirmó no tener dinero en caja para atender la tragedia, pues el presupuesto del año 2026 ya se lo habían gastado. (Pág. 36).
Saqueo en la Guajira
El gobierno de Petro, atendiendo diligentemente la sentencia T-302 de 2017 de la Corte Constitucional que ordenaba proteger la niñez de la Guajira, destinó $1,78 billones con esa finalidad. Los recursos se manejaron a través del ICBF, y entre agosto de 2022 y Julio de 2026 se suscribieron 1.085 contratos para atender a los niños necesitados. Durante este tiempo la Procuraduría y la Contraloría denunciaron la inoperancia del sistema, los contratos fraudulentos, la inasistencia alimentaria de los niños, pero no hicieron nada para evitarlo.
Esta aberrante destinación de cuantiosos recursos para atender a unos 350.000 niños de 0 a 14 años que hay en ese departamento, deja claro que muy pocos de ellos recibieron alguna ayuda del Estado. Pero lo que sí sabe toda Colombia es que esos niños, que la mayoría son indígenas, siguen en la pobreza, en la desnutrición y el abandono, pues el Estado nunca los ayudó con nada. (Pág. 44).
Saqueo en la Reforma Agraria
Otra situación escandalosa fue la de la Reforma Agraria, presentada por Petro como una de las banderas principales de su gobierno.
Según una advertencia de la Contraloría, la Agencia Nacional de Tierras (ANT) le pagó a la SAE (Sociedad de Activos Especiales), la suma de 979.000 millones de pesos por la compra de 537 predios que había sido incautados a las mafias narcoterroristas. En junio de 2026, al final del gobierno, solo tres de esos predios tenían escritura pública a favor de los adjudicatarios, mientras que el resto aun está en el limbo jurídico.
Además, a través de la Agencia Nacional de Tierras se entregaron a campesinos 351.463 hectáreas en forma definitiva y otras 206.273 en forma provisional. Tan solo el 7% de esos predios cuenta con registro de propiedad, por lo cual esos campesinos aun no son dueños de nada, ni pueden gestionar créditos ante los bancos, ni ayudas del Estado para programas agropecuarios. (Pág. 31).
Saqueo en la reconstrucción de las vías terciarias
Continuando con los temas agropecuarios, el Plan Nacional de Desarrollo estableció la reconstrucción de 33.102 kilómetros de vías terciarias, en un programa denominado Caminos Comunitarios para la Paz. Estas vías son las que comunican las diversas poblaciones que están lejos de los grandes centros urbanos. En realidad, solo se ejecutaron 4.087 kilómetros (el 12,3%), mientras que los recursos para su ejecución fueron girados por $ 714.000 millones de pesos entre 2022 y 2026. (Pág. 38).
Saqueo en la salud
Con respecto a la salud, la situación es poco menos que apocalíptica. Las decisiones del gobierno fueron totalmente equivocadas al intervenir 8 Empresas prestadoras de Salud (EPS) con 28,7 millones de afiliados, que son más del 50% de la población. Las quejas y reclamos en esas EPS llegaron a 1,5 millones, siendo evidente que todo el sistema de salud de Colombia está desfinanciado y a punto del colapso, gracias a una política de desmantelamiento de la salud privada, y de ineficacia de la salud pública. (Pág. 40).
Todas las EPS privadas que fueron intervenidas por el Estado carecen de estados financieros, pues desde el momento de la intervención desapareció esa información. Sólo en la Nueva EPS, se han gastado más de $14 billones de pesos en una supuesta recuperación financiera, pero al respecto no hay ningún dato confiable.
Desmantelamiento de las Fuerzas Armadas
Con respecto a las FFAA, estas tienen en la actualidad un déficit presupuestal de $14 billones de pesos y más de la mitad de la flota aérea está en tierra por falta de mantenimiento. De 386 aeronaves, sólo el 52% de ellas está en condiciones de volar. Mientras tanto, la criminalidad se disparó y los grupos narcoterroristas se apoderaron de más de la mitad del territorio de Colombia. (Pág. 54).
La crisis de Ecopetrol
Finalmente, Ecopetrol, la principal fuente de ingresos del Estado, redujo su producción a 712.000 barriles de petróleo por día, siendo la producción más baja de los últimos 5 años. Igual aconteció con la producción de gas, cuyas reservas se han disminuido en forma alarmante, de tal forma que ahora es necesario importarlo. Todo como consecuencia del desgreño administrativo de la camarilla criminal de Petro en la administración de la más grande empresa de Colombia. (Pág. 57).
Una administración pública criminal
El común denominador del gobierno de Petro es la más absoluta falta de transparencia en la administración de los recursos, el robo descarado de los mismos, la absoluta falta de ejecución de las políticas públicas y la más vergonzosa falta de honorabilidad en el manejo del dinero del Estado. Todo se lo robaron, y además, borraron el rastro contable del desfalco.
Finalmente, sobra decir que con lo que estos bandidos se robaron durante los cuatro años de Petro, Colombia se podría reconstruir de las consecuencias de 10 terremotos como el que devastó a medio país hace pocos días, cuyo costo se estima en $ 30 billones. Esa suma se la robaron los petristas dos veces por cada año que gobernaron.
La peor catástrofe que puede sufrir una nación no son los terremotos, ni las inundaciones, ni ninguna calamidad pública. La peor catástrofe es elegir criminales en la presidencia de la República.
Dos obispos que no guardan silencio
- Roberto de Mattei
¿Hay obispos hoy capaces de dirigirse a Roma, con un lenguaje claro y firme, pero sin perder el respeto y, sobre todo, el vínculo jerárquico que los une al Romano Pontífice? Existen, como lo demuestran dos ejemplos recientes del mes de agosto.
El 10 de agosto, Michael Haynes publicó en su blog Per Mariam un artículo de monseñor Marian Eleganti, benedictino, ex obispo auxiliar de la diócesis de Chur, sobre el tema de la decadencia del ministerio petrino. Monseñor. Eleganti se inspira en la audiencia privada concedida en julio por León XIV a “la madrina punk” Patti Smith para formular una crítica más general a la transformación de la imagen y al ejercicio del papado en las últimas décadas. “Desde hace mucho tiempo me preocupa personalmente el hecho de que, a partir de Juan Pablo II, los Papas hayan empezado a hablar cada vez más de manera completamente informal en las ocasiones más dispares (por ejemplo, en los aviones o al costado de la carretera, como lo hizo recientemente el Papa León XIV en Castel Gandolfo)”.
El problema es la tendencia, que se ha desarrollado especialmente desde Juan Pablo II, a multiplicar entrevistas, declaraciones informales, audiencias con personajes famosos, viajes y apariciones en los medios de comunicación. Todo esto corre el riesgo de hacer aparecer al Papa como «simplemente otro miembro del establishment internacional», mientras Pedro y Pablo no buscaban prominencia, sino que anunciaban el Evangelio.
Elegante, recuerda las relaciones de Francisco con Emma Bonino y Eugenio Scalfari y las audiencias concedidas al jesuita James Martin. El Papa, al acoger públicamente a determinadas personas sin corregir públicamente sus errores, corre el riesgo «haciendo menos clara la posición de la Iglesia y, según las circunstancias, puede incluso escandalizar a los fieles».
Segundo mes. Elegante, de esta manera los Papas han perdido progresivamente «autoridad y capital espiritual». El Papa debería hablar menos y, cuando hable, expresarse «en pocas palabras, de forma inequívoca y clara». El obispo suizo pide un discernimiento genuino, en contraposición a un activismo que multiplica los viajes, las audiencias y los apretones de manos mientras graves problemas doctrinales siguen sin respuesta.
Esta transformación no comienza con Francisco. Juan Pablo II, especialmente con las Jornadas Mundiales de la Juventud, ayudó a darle al Papa los rasgos de una superestrella. Benedicto XVI continuó publicando libros y entrevistas incluso durante su pontificado; Francisco llegó a las autobiografías. Así, se ha ido estableciendo progresivamente una desafortunada distinción entre la persona privada del Papa, sus opiniones y su auténtica enseñanza magisterial.
El Papa no es simplemente un oyente: ocupa la silla de Pedro y es ante todo un maestro del cristianismo. «¿No son necesarios especialmente en Roma?», interrogadores. Elegante. La tesis final es, pues, que los Papas se han vuelto «demasiado humanos en el ejercicio de su cargo»: la persona ha oscurecido su función. El modelo debería ser más bien la regla de San Juan Bautista: «Él debe crecer; yo, en cambio, disminuyo» (Jn 3,30). El Papa es amigo y representante del Novio, no el Novio mismo: sólo Cristo debe permanecer en el centro.
Tres días después, el 13 de agosto, en una larga carta abierta al Papa León XIV, Mons. Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch, Holanda, sometió el proceso sinodal a un criterio superior a cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. «Salus animarum suprema lex», recuerda, preguntándose si el proceso sinodal realmente acercó las almas a Cristo y a la salvación eterna. Su crítica, precisa, no surge de una falta de respeto hacia el Papa ni pretende cuestionar las buenas intenciones de los protagonistas de la sinodalidad. Pero las intenciones deben juzgarse por los resultados: «De sus frutos los reconocerás». Después de años de consultas, reuniones y documentos, debemos preguntarnos: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Ha sido anunciado Cristo más claramente? ¿Han aumentado las conversiones, las vocaciones sacerdotales, la asistencia a la Misa y la devoción eucarística?
Mutsaerts destaca que el problema surge cuando la sinodalidad, desde el medio, corre el riesgo de convertirse en un fin, transformándose en un proceso permanente. La Iglesia siempre ha conocido concilios, sínodos y formas de consulta, pero su naturaleza no deriva del diálogo: deriva de Cristo y de la Revelación recibida. La fe no se construye recogiendo las opiniones de los fieles, porque «la verdad no se produce por consenso». La Iglesia debe ciertamente escuchar, pero antes que nada a Cristo, las Escrituras, la Tradición, los santos y el Magisterio. Cuando, por el contrario, se parte de las expectativas del hombre contemporáneo para preguntarse cómo el Evangelio puede adaptarse a ellas, se olvida una palabra esencial del cristianismo: la conversión. «No es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre el que debe cambiar.»
Éste es «el gran ausente» del proceso sinodal. La crisis de la Iglesia occidental es, además, evidente para todos: iglesias vacías, conventos desaparecidos, pocas vocaciones, confesionarios abandonados, ignorancia de las verdades de la fe. Ante esta situación, observa el obispo holandés, la pregunta decisiva debería ser: «¿Cómo podemos reconquistar el mundo a Cristo?» En cambio, se dedica mucha energía a las instalaciones, la participación, la inclusión, el papel de la mujer y la toma de decisiones: «Una casa en llamas tiene prioridades diferentes a las cuestiones de administración del hogar».
Las grandes reformas de la Iglesia, recuerda Monseñor Mutsaerts, no nacieron ante todo de nuevas estructuras, sino de los santos: Benedicto, Bernardo, Francisco, Domingo, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Juan Bosco. «Una parroquia con un santo párroco tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad.» Incluso la crisis litúrgica revela que el problema fundamental no es administrativo, sino religioso: cuando se pierde el sentido del sacrificio de la Misa, de lo sagrado, de la confesión y de la adoración eucarística, «la Iglesia no tiene ningún problema de gobierno. Él tiene un problema de fe».
Mutsaerts propone finalmente el episodio de los discípulos de Emaús como imagen de auténtica sinodalidad. Cristo camina con los discípulos, los escucha y les permite expresar sus decepciones; pero luego no confirma su interpretación: la corrige explicándoles las Escrituras. Y los discípulos no permanecen en Emaús para discutir indefinidamente su experiencia: se levantan, regresan a Jerusalén y proclaman a Cristo. «El proceso sinodal se mantuvo en Emaús», dice Mutsaerts.
De ahí el llamamiento final a León XIV: «Danos claridad». El mundo no necesita una Iglesia que refleje el espíritu de los tiempos, sino una Iglesia misionera que proclame a Cristo. Cuando concluyan todos los sínodos y se olviden todos los documentos, sólo quedará una pregunta: «¿Hemos acercado a Jesucristo al pueblo confiado a nuestro cuidado?».
