La 'Comisión de la Verdad' de la Ley de Memoria Democrática que nos acerca a la URSS
José Luis Orella
El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, este miércoles acordó la designación del exmagistrado Baltasar Garzón, expulsado de la carrera judicial tras ser condenado por el Tribunal Supremo por un delito de prevaricación a 11 años de inhabilitación, como presidente de la Comisión de la Verdad, que tendrá como misión elaborar un informe con la información proporcionada por su mujer, Dolores Delgado, fiscal de sala de Memoria Democrática.
Recordemos que la Ley de Memoria Democrática tiene como objetivo la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. El período comprendido es el comprendido entre el alzamiento cívico-militar de 1936, la Guerra Civil y el régimen franquista hasta la promulgación de la Constitución española de 1978. Por lo que los terroristas del DRIL, FRAP, GRAPO y ETA que cometieron sus asesinatos antes de esas fechas son víctimas para indemnizar a costa de las familias de sus víctimas.
La creación de la Comisión de la Verdad, cuyo nombre ya nos recuerda al Ministerio de la Verdad, la institución ficticia ideada por George Orwell para su novela 1984, tiene la misión de proteger la versión oficial de aquellos periodos históricos. La Comisión de la Verdad debe velar por la única versión permitida oficialmente. La selección de sus miembros, Helen Duffy, Julián Casanova Ruiz, Araceli Manjón-Cabeza Olmedo, Manuel de la Rocha Rubí, María Alejandra Vicente, Silvina María Romano, Cristina Monge Lasierra, Sebastián Martín Martín y Francisco Erice Sebares, nos garantiza el sesgo ideológico de la comisión.
Por los componentes ya sabemos que va a ser un organismo coercitivo contra la libertad investigadora y sus profesionales de la historia.
Las consecuencias van a ser la pervivencia de una única versión histórica, que responde al discurso político de uno de los protagonistas de aquel pasado, el socialismo español, que defendía un proyecto revolucionario similar al establecido en la URSS.
La siguiente, el control de la libertad de investigación, expresión y docencia, por la amenaza de la violencia coercitiva que dominan.
La tercera, la eliminación del sentido crítico de una sociedad plural y madura, como es la española, reflejo de su vida democrática en sus últimas cuatro décadas, que se verá cercenado de golpe por el miedo a los veredictos de una comisión totalitaria de la verdad, imbuida de un espíritu represivo.
Un proyecto que se iguala a los que fueron aprobados bajo las fuerzas de ocupación soviéticas en la mitad de Europa, y que cuya aparición va en contra del espíritu de la Declaración de Praga sobre la Conciencia Europea y el Comunismo, que se firmó el 3 de junio de 2008 y que fue respaldada por el Parlamento Europeo.
La Comisión de la Verdad de la Ley de Memoria Democrática no deja de ser la última institución europea que defiende a los crueles regímenes totalitarios que gobernaron en el este europeo. Sus maestros fueron Vasili Úlrij, presidente del Colegio Militar de la Corte Suprema de la URSS, y Andréi Vyshinski, fiscal en el Tribunal Supremo de la URSS, y son sus antecedentes. Bienvenidos a la disidencia, Václav Havel, ilumínanos.
Fuentes: https://www.eldebate.com
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ORELLA: "EEUU e Irán saben que la isla de Jark puede ser la batalla final en Oriente Medio"
El profesor de Historia de la U. CEU San Pablo, Jose Luis Orella, analiza el inquietante escenario de vigilancia global tras las recientes declaraciones de Boris Pistorius. El ministro de Defensa alemán ha admitido que la población europea está bajo observación constante de satélites rusos, chinos y de otras potencias, una realidad que trasciende las teorías de conspiración para convertirse en un hecho geopolítico. Orella subraya que esta capacidad tecnológica no solo busca el control de gobernantes, sino la manipulación del mensaje y el control social absoluto de la población. Mientras las élites parecen gozar de ciertos márgenes de protección, el ciudadano común queda «atado» por sistemas de grabación y monitoreo que pueden influir en el comportamiento colectivo. Este escenario de vigilancia total, sumado a las nuevas normativas de control de chats y votaciones en la UE, plantea un desafío histórico a la libertad individual en un contexto de guerra híbrida y tensiones en Oriente Medio.
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Los 'Cinco de Cambridge' y otros espías británicos en la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial
José Luis Orella
En Gran Bretaña hubo admiradores del comunismo y del nazismo que consideraron estas ideologías como una alternativa al bipartidismo oligárquico que los gobernaba. La Guerra Civil Española fue el primer escenario donde aparecieron. Un par de millares de ingleses participaron en las Brigadas Internacionales, formando parte del Batallón Británico, una de las unidades más importantes de la XV Brigada Internacional.
Sus primeros mandos fueron George Nathan y Fred Copeman. El primero de ellos, miembro de los servicios secretos británicos, tenía en su haber el asesinato de varios dirigentes nacionalistas irlandeses y murió en la batalla del Jarama. Su relevo fue Fred Copeman, un duro estalinista procedente de la marina, que, decepcionado del comunismo, se convertiría al catolicismo años después, haciendo duras declaraciones contra su antigua ideología.
Sin embargo, la principal atracción por el comunismo no provino de los obreros industriales, sino de los descendientes de la alta sociedad británica. Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill, fue brigadista y después se casó con Jessica Mitford, una de las hijas de David Bertram Ogilvy Freeman-Mitford, segundo Barón de Redesdale, y Sydney Bowles, hija del fundador de la revista Vanity Fair.
Los comunistas ingleses, sin opciones de llegar al poder, sirvieron fielmente a su patria ideológica, la URSS. Hijos de grandes familias, ocuparon los cargos de responsabilidad que se esperaban de ellos, pudiendo servir mejor a los intereses soviéticos.
Los más famosos fueron los denominados «Cinco de Cambridge», un grupo de universitarios reclutados por la inteligencia soviética en la Universidad de Cambridge durante el periodo de entreguerras. En la Guerra Civil Española, ingresaron a servir a la inteligencia británica y continuaron su labor durante la Segunda Guerra Mundial.
En la postguerra, fueron activados por sus verdaderos amos. Guy Burgess sirvió en el MI5, encargado de la contrainteligencia, y también en el Foreign Office, entregando al KGB más de 389 documentos sobre la capacidad nuclear de los EE. UU. e informando sobre los planes fundacionales de la OTAN. Su amigo Donald Maclean fue jefe del departamento americano del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, y en ese puesto pasó información sobre el esfuerzo militar estadounidense en la Guerra de Corea y la OTAN en Europa Occidental.
Kim Philby, como jefe de la Sección IX del MI6, tuvo acceso a documentos de la CIA y el FBI. Desde su puesto, pudo advertir sobre las sospechas de la CIA hacia Maclean y Burgess, quienes pudieron ponerse a salvo en la URSS.

Kim Philby, quien fue corresponsal de The Times en el bando nacional durante la Guerra Civil, entrevistó a Francisco Franco. Según informes desclasificados, Philby recibió órdenes de los servicios secretos soviéticos de asesinar a Franco, pero no lo hizo. En 1963 fue descubierto y desertó a la URSS, convirtiéndose en el traidor inglés más famoso. Murió con el rango de coronel del KGB. Su labor consistió en sabotear operaciones, delatar agentes y descubrir las redes de información occidentales para los soviéticos.
El cuarto fue Anthony Blunt, topógrafo de los cuadros de la Reina y oficial de inteligencia del MI5, quien fue desenmascarado en 1964, pero no fue detenido, aunque se le vigiló estrechamente. El quinto fue John Cairncross, traductor de alemán en el centro de descifrado de códigos, que informó a los soviéticos sobre el desarrollo nuclear británico.
Los «Cinco de Cambridge» fueron objeto de mofas por parte de los de Oxford. Sus acciones ayudaron a que la URSS acelerase su desarrollo nuclear y provocaron un gran daño al mundo occidental. Cuando el comandante soviético Vasili Mitrojin desertó en 1992 a Gran Bretaña, se descubrió la magnitud de la traición de los estalinistas ingleses.
Sin embargo, también existieron figuras opuestas durante la Segunda Guerra Mundial. John Amery y William Joyce fueron los casos más célebres al optar por Adolf Hitler. John Amery era hijo de Leopold Amery, antiguo corresponsal del The Times, político conservador y ministro en diversos departamentos. En 1936, John se estableció en Francia y simpatizó con el Partido Popular Francés de Jacques Doriot, una escisión fascista del Partido Comunista.
Durante la Segunda Guerra Mundial, colaboró con los nazis ofreciendo conferencias a prisioneros de guerra británicos para formar una unidad de las Waffen-SS, el Britisches Freikorps, que no pasó de 59 voluntarios y tenía un fin puramente propagandístico. Al final del conflicto, John Amery fue condenado a muerte en noviembre de 1945 y ahorcado el 19 de diciembre de 1945.
William Joyce nació en Brooklyn, Nueva York, hijo de un estadounidense de origen irlandés y de una inglesa. La familia regresó a Gran Bretaña, donde Joyce apoyó a los unionistas del Ulster y colaboró con el MI5. Fascinado por el fascismo, siguió a Oswald Mosley, un antiguo diputado laborista que fundó la Liga de los Fascistas Británicos. No obstante, al encontrar la falta de antisemitismo en esta formación, abandonó para formar un grupúsculo abiertamente nazi.
Antes del estallido de la guerra, se trasladó a Alemania con su esposa, Margaret Joyce, y ambos colaboraron como locutores en las emisiones en inglés de la radio alemana. Joyce se hizo famoso por su sentido del humor y su acento, siendo conocido por el pseudónimo de Lord Haw-Haw. Al final de la guerra fue detenido y, a cambio de no revelar sus antiguas colaboraciones con el MI5, su esposa no fue juzgada por traición.
William Joyce fue ahorcado el 3 de enero de 1946, en la prisión de Wandsworth. Al día siguiente, fue ejecutado por traición Theodore Schurch, un soldado británico de origen suizo, que sirvió de espía a los alemanes en los campos de prisioneros, delatando los intentos de fuga de sus compañeros. La ejecución fue realizada por Albert Pierrepoint, un verdugo de fama y heredero de una conocida familia de ejecutores.
Fuente: https://www.eldebate.com/
