El Cardenal Zen fulmina al Sínodo de la Sinodalidad una Iglesia fragmentada en un mundo al borde del abismo
En una nueva emisión de 7 Días en Revista, los acontecimientos se presentan en un escenario geoestratégico acelerado, donde el orden internacional se descompone y la Iglesia católica parece no estar al margen de esa crisis. En el centro del análisis emerge una denuncia de enorme gravedad: la del cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, quien acusa al Sínodo de la Sinodalidad de haber sido un proceso manipulado, lesivo para la autoridad episcopal y potencialmente fracturante para la unidad de la Iglesia.
Este diagnóstico eclesial se inserta, además, en un contexto mundial convulsionado: el resurgimiento de nacionalismos agresivos, el colapso del derecho internacional, la redefinición de los polos de poder global y la preocupante deriva política en América Latina, particularmente en Venezuela y Colombia.
I. El Consistorio: una denuncia sin precedentes
Durante el Consistorio Extraordinario de Cardenales celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero, y a puerta cerrada, el cardenal Joseph Zen tomó la palabra frente al Papa y cerca de 170 cardenales para pronunciar una de las críticas más severas jamás formuladas contra el Sínodo sobre la Sinodalidad.
Zen calificó el proceso sinodal como una “manipulación de forma blindada”, carente de auténtica libertad deliberativa y constitutivo de un “insulto a la dignidad de los obispos”. En el núcleo de su intervención cuestionó la afirmación de que el documento final del Sínodo fuera el fruto genuino de la escucha al Pueblo de Dios y del discernimiento episcopal.
Sus preguntas, directas y demoledoras, marcaron el tono de la denuncia:
¿Ha podido realmente el Papa escuchar a todo el Pueblo de Dios?
¿Los laicos presentes representan verdaderamente a ese Pueblo?
¿Los obispos han podido ejercer un discernimiento real, que exige discusión y juicio?
Para el cardenal, el proceso estuvo cuidadosamente dirigido y no fue auténticamente deliberativo. Más aún, advirtió que la reiterada invocación del Espíritu Santo en ese contexto resulta “ridícula y casi blasfema”, pues parece sugerir que el Espíritu podría contradecir la Tradición bimilenaria de la Iglesia.
Zen alertó también sobre el uso de expresiones ambiguas en el documento final y sobre la posibilidad de que las interpretaciones divergentes queden sometidas al juicio de organismos centrales, en detrimento de la autoridad de los obispos en sus propias Iglesias particulares. De persistir esta dinámica, advirtió, la Iglesia podría encaminarse hacia una fractura semejante a la sufrida por la Comunión Anglicana.
II. Un mundo dividido en tres polos bajo el signo del nacionalismo
La crisis eclesial no se da en el vacío. Coincide con una acelerada descomposición del orden mundial. La guerra que comenzó en Ucrania ya no se limita a tierra firme: las tensiones se trasladan a los mares y amenazan con incendiar el planeta.
Todo indica la existencia de acuerdos tácitos entre grandes potencias: tolerancias cruzadas, intercambios geopolíticos y redefinición de esferas de influencia. Rusia, debilitada por la pérdida de aliados estratégicos como Irán, ve tambalear su proyecto euroasiático. China, por su parte, se perfila como una potencia decidida a tomar Taiwán y dominar el mar de la China, aun a costa de reacciones internacionales previsibles pero ineficaces.
En este nuevo escenario, la clásica lucha entre comunismo y anticomunismo no desaparece, sino que cambia de rostro. Se transforma en una guerra de nacionalismos conquistadores que hacen añicos el derecho internacional y vacían de sentido a los organismos multilaterales.
Paradójicamente, mientras estos organismos se debilitan, el Vaticano denuncia las violaciones al derecho internacional, pero lo hace —según esta lectura— bajo un sesgo ideológico de izquierda, privilegiando la soberanía de regímenes como el venezolano por encima de los daños objetivos que estos infligen a sus pueblos y a toda la región.
III. ¿Por qué el Vaticano intenta salvar a Maduro?
En este contexto surge una pregunta inquietante: ¿por qué la diplomacia vaticana parece empeñada en salvar al régimen de Nicolás Maduro?
Diversos informes periodísticos revelan que, en Nochebuena, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, realizó intensas gestiones ante representantes de Estados Unidos para conocer y eventualmente moderar los planes de intervención en Venezuela. Aunque reconocía que Maduro debía abandonar el poder, insistía en ofrecerle una “salida”, incluso contemplando un eventual asilo en Rusia.
La cuestión resulta desconcertante: ¿por qué proteger a un régimen comunista ilegítimo, responsable de la ruina de un pueblo, del narcotráfico internacional y de la exportación sistemática de subversión en Iberoamérica? Para muchos católicos, estas maniobras despiertan interrogantes legítimos sobre posibles complicidades ideológicas y sobre la supervivencia, en el actual pontificado, de una visión afín a la teología de la liberación.
¿Se derrumba el mundo comunista y con él sus proyectos eclesiales? ¿Es este el trasfondo de tanta insistencia en preservar lo indefendible?
IV. Espionaje a la oposición en Colombia: ¿CRUZADA en la mira?
El panorama colombiano añade una nota aún más alarmante. Denuncias recientes apuntan a un sistema de espionaje sistemático contra políticos, periodistas y líderes de la oposición, coordinado desde organismos de inteligencia y con apoyo de agentes extranjeros, particularmente cubanos.
Se habla de perfilamientos ilegales, vigilancia con equipos sofisticados y una utilización del aparato estatal no para proteger a los ciudadanos, sino para intimidar y neutralizar a quienes se oponen al proyecto ideológico dominante. La retirada de esquemas de seguridad a figuras clave y la ausencia de investigaciones posteriores evocan escenarios ya vividos en Venezuela.
En este contexto, el Centro Cultural CRUZADA se considera directamente amenazado. Declaraciones públicas de altos funcionarios venezolanos, que equiparan a organizaciones de inspiración tradicional y anticomunista con expresiones fascistas, refuerzan esa percepción. Bajo el pretexto de leyes “contra el odio” y “contra el fascismo”, se construye un marco legal que legitima la persecución política y cultural.
Conclusión: el verdadero anticomunismo
Frente a este panorama eclesial y político, conviene definir con claridad qué se entiende por auténtico anticomunismo. No se trata de nacionalismos espurios ni de ambiciones imperiales disfrazadas de orden. El verdadero anticomunismo es, en última instancia, la conquista del Reino de Cristo, la restauración del orden natural y cristiano, y la fidelidad a la Tradición.
Fuera de ese marco, solo hay falsos anticomunismos que terminan sirviendo a nuevas formas de dominación.
CRUZADA se presenta, así, como la continuadora legítima de los ideales de Tradición, Familia y Propiedad y de la obra del doctor Plinio Corrêa de Oliveira. En tiempos de confusión, persecución y fragmentación, reafirma su compromiso con la verdad, la libertad y la civilización cristiana.
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