Entre intelectualismo y sentimentalismo: el equilibrio para vivir el cristianismo

Por Roberto De Mattei 15/02/2024

La sociedad en que vivimos, el ambiente en que estamos inmersos, tiende a desequilibrar las facultades superiores del alma, que son dos: la mente y el corazón. O, si preferimos, la inteligencia, que nos la ha dado Dios para conocer lo que es verdadero, y la voluntad, con la que somos llamados a amar lo que es bueno. La Verdad y el Bien no se distinguen del propio Dios, Sumo Bien y Verdad absoluta, nuestra causa primera y fin último, ya que todo viene de Dios y todo reconduce a Él.

La realidad psicológica de nuestra persona está hecha de ideas, concebidas por nuestra inteligencia; de sentimientos, que nos brotan del corazón, y de acciones a las que nos impulsan la inteligencia y la voluntad. Entre ideas y sentimientos, entre inteligencia y voluntad, entre mente y corazón, debe existir un equilibrio. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en el intelectualismo o en el sentimentalismo; es decir, en una hipertrofia de la razón o de la voluntad que produce una disociación en nuestra persona y tiene consecuencias catastróficas en el plano de nuestros actos.

Después del iluminismo del siglo XVIII, el régimen en que ha vivido la humanidad ha sido más que nada la dictadura de la inteligencia; una inteligencia que se ha querido emancipar de la realidad para construirse un mundo propio que se oponía a la realidad. Por esa razón, el siglo XX ha sido el de las grandes construcciones intelectuales bajo la forma de sistemas filosóficos como el idealismo y el marxismo. El hombre presa de esta desviación se encierra en un mundo mental hecho de utopías, de cálculos abstractos y, en el fondo, de meras palabras.

La filosofía racionalista de Kant, Hegel y Marx está en crisis, porque el sueño de construcción intelectual del siglo XX fracasó, pero está siendo sustituido por otra mentalidad que, más que de los iluministas, deriva de Rousseau y del romanticismo del siglo XIX. La podríamos calificar de sentimentalismo, porque supone el dominio del sentimiento sobre la razón; la dictadura de los sentimientos o, como han dicho algunos, la dictadura de las emociones. Entre esas emociones suelen destacar la ira, la desesperación y el odio a la realidad que nos rodea. Al igual que el intelectualismo, el sentimentalismo pone al yo en el centro de todo. Podemos calificar estas actitudes diciendo que son una forma de narcisismo, intelectual o sentimental dependiendo de los casos.

Benedicto XVI acuñó la expresión dictadura del relativismo, refiriéndose a ese racionalismo disolvente que pretende eliminar todo rastro de verdad. Un sacerdote estadounidense, el padre Dwight Longenecker, escribió un libro titulado Beheading Hydra (decapitar a la hidra), en el que habla a su vez de la dictadura del sentimentalismo. Según el P. Longenecker, el sentimentalismo forma parte del código genético de la sociedad occidental moderna. Es tan omnipresente como el aire que respiramos: está en la publicidad, en la política, en el sistema educativo y en los medios de difusión, ya que, sea donde sea, nuestros actos siempre son motivados por sentimientos. El mundo de las redes sociales se presta mucho a la tiranía del sentimentalismo, porque permite desahogar de forma inmediata e irreflexiva las propias emociones.

Pongamos un ejemplo concreto para no quedarnos también en lo abstracto y lo genérico. El intelectualismo y el sentimentalismo se han infiltrado también en el mundo católico, que atraviesa hoy en día una de las crisis más graves de su historia. Crisis que parece no tener solución, porque en el fondo afecta al papado mismo, que fue instituido por Jesucristo. Por eso, las palabras y gestos del papa Francisco nos impactan a muchos, hasta el punto de poner en duda la legitimidad de su pontificado. La postura intelectualista es la de los que reaccionan a la presente crisis poniéndose a teorizar y analizar desde el punto de vista jurídico la abdicación de Benedicto XVI o la elección del papa Francisco, para convencerse a sí mismos y a los demás de la invalidez de la renuncia del primero o de la elección del segundo, a fin de eliminar a este último del horizonte de la Iglesia. Pero semejante razonamiento prescinde totalmente de la realidad, que está en la aceptación universal sin disputa del Pontífice por parte del colegio cardenalicio, el episcopado y el pueblo católico, y destruye uno de los pilares fundamentales de la Iglesia que fundó Jesucristo: su necesaria visibilidad hasta el fin de los tiempos.

La postura sentimental es, en cambio, la de quienes están motivados por un sentimiento de aversión y repulsa hacia el pontífice actualmente reinante, y para que no los consideren cismáticos ni excomulgados se atrincheran en un contradictorio sedevacantismo de hecho, que no se apoya en motivos racionales sino en emociones fluctuantes.

¿Cómo se puede adoptar una actitud moderada ante tan dramática situación? Teniendo presente que la fe católica es una experiencia que se vive, pero que esa experiencia no es ni puramente racional ni puramente sentimental. Nace del equilibrio entre ideas, sentimientos y actos. Así ha sido el cristianismo de los santos a lo largo de la historia.

En momentos de incertidumbre, duda y confusión, no cifremos nuestra confianza en elucubraciones intelectuales ni en lo que apela a nuestros sentimientos. Imitemos, por el contrario, el ejemplo de los santos. Quien imita a los santos nunca se equivoca.

La información fue sacada de:

https://adelantelafe.com/entre-intelectualismo-y-sentimentalismo-el-equilibrio-para-vivir-el-cristianismo

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