San José, modelo de virilidad
Por Roberto Marchesini | 19/03/2025
Los Evangelios no recogen ninguna palabra del castísimo esposo de María y padre de Jesús, pero nos transmiten la figura de un hombre siempre dispuesto a actuar para que todo funcione como Dios manda. Como un verdadero esposo y padre, da tranquilidad y seguridad a las personas confiadas a su custodia.

Estamos celebrando -aunque los afortunados seamos relativamente pocos- la solemnidad de san José, padre putativo del Hijo de Dios. San José no goza de la veneración oceánica de otros santos como el Padre Pío, san Antonio de Padua, etc. Sin embargo, no solo conoció personalmente a la segunda persona de la Santísima Trinidad, sino que ésta, la Creadora, confió en él, la criatura. ¿Qué otro santo, qué otro ser humano, aparte de la Virgen María, puede presumir de una intimidad terrenal semejante con Jesús? Sin embargo, podemos decir que es un santo discreto y silencioso, como ya es sabido. Los Evangelios no recogen ni una palabra de José el carpintero. ¿Y si fuera este su ejemplo de santidad, su camino, su vocación? ¿El silencio, el ocultamiento, el quedarse al margen dejando el protagonismo a otros, siempre dispuesto a actuar e intervenir para que todo funcione como Dios manda? He aquí: San José, ejemplo de virilidad, santo protector de la virilidad.
Me viene a la mente un cuadro famoso, La tempestad de Giorgione (1478-1510). Sabemos muy bien que un buen pintor guía y educa la mirada de quien mira: miramos donde el pintor quiere que miremos, vemos las cosas en la secuencia establecida por el autor. El ejemplo más famoso de esta maestría pedagógica lo vemos en el famoso cuadro de Caravaggio (1571-1610), Vocación de San Mateo. No podemos hacer otra cosa que seguir el rayo de luz que, partiendo de la ventana, se posa en la mano de Jesús y golpea a un distraído (con las cosas materiales) Mateo. Una imagen estática es, en realidad, una película, una historia que se desarrolla en un período de tiempo, precisamente gracias a esta capacidad didáctica de los grandes pintores.
Pero volvamos a La tempestad. El título del cuadro ya nos causa cierta aprensión y nos predispone a cierta tensión. Pero vamos a confiar en Giorgione, que nos guía en su relato. Quizá influidos por el título, nuestra mirada busca el primer punto de luz y lo localiza en el relámpago que atraviesa ese cielo negro, opresivo y amenazador. Ya estamos “tocados”, tal y como pretende el autor; ya experimentamos cierta inquietud. En este momento y con este estado de ánimo, el segundo punto de luz que vemos es la mujer. Una mujer extraña. Se acerca una tormenta aterradora por la que todos estamos asustados y ella está ahí, tranquila, desnuda, sentada en un prado amamantando a su bebé. ¿Pero está loca? ¿Por qué no huye en busca de refugio, presa del miedo? Y no solo eso. No observa la tormenta que se acerca, no mira a su alrededor con mirada preocupada (tiene a su bebé en brazos) en busca de un refugio. No: nos mira a los ojos. En esta situación de extrema tensión permanece serena y relajada, desnuda e indefensa, mirándonos directamente a los ojos con descaro y despreocupación. Definitivamente, una mujer extraña. Luego, finalmente, lo entendemos.
Por último, vemos al tercer protagonista (después del temporal y la mujer) de esta escena: él. El padre, el marido, el hombre, en definitiva. Está al margen, poco visible. No está escondido, simplemente apartado. Va vestido de soldado y lleva un arma, un bastón. No nos mira como la mujer; ni siquiera mira el temporal. No puede distraerse mirando a su alrededor, debe permanecer fiel a su tarea y a su deber: proteger a la mujer y al niño, dispuesto a intervenir en caso de peligro. Los mira fijamente a los dos. Ésta es la tarea del hombre, del esposo y del padre: proporcionar (más que proteger) tranquilidad y seguridad. Hacer que nada perturbe la serenidad de las personas que le han sido confiadas. Él no, no está sereno. Es el único tenso, preocupado, vigilante, para que los demás no lo estén.
Si lo pensamos bien, ésta es la función de San José: mantenerse al margen, dispuesto a intervenir (y lo hace, interviene) en caso de peligro, para que María y ese hijo tan extraordinario puedan cultivar su relación vital con serenidad y tranquilidad. Volvamos por un momento al hombre del Giorgione: de pie, con un bastón en la mano. ¿No es ésta la iconografía que tradicionalmente representa a san José? De pie (listo para actuar) con un bastón en la mano. Está claro que en la tradición católica el bastón no es un arma. De hecho, se cuenta que el sumo sacerdote, siguiendo las indicaciones de un ángel, decidió encontrar un marido para la joven María. Los pretendientes debían presentarse con un bastón en la mano y el Señor manifestaría su voluntad mediante una señal. El bastón de José, inexplicablemente, floreció, manifestando así la voluntad de Dios. En los evangelios gnósticos, una paloma blanca aparece en el bastón de José. Estas señales se interpretan comúnmente como símbolos de la virginidad de José (también olvidada, mientras que la de María es incluso un dogma); recordemos, sin embargo, que lo que florece es un bastón, es decir, un objeto que, entre otras funciones, también tenía la de defenderse a sí mismo y a los demás.
San José es, por tanto, un arquetipo masculino: un modelo y un ejemplo para todos los hombres. Enseña a evitar el protagonismo y a permanecer en un segundo plano, con discreción humilde; a mantenerse concentrado, orientado hacia su objetivo (“Los hombres no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo…”); concentrado para no perderse en charlas inútiles (“Los hombres tienen que aprender a comunicarse…”); y para dominar sus pasiones (“Los hombres tienen que aprender a expresar sus sentimientos…”). A san José no le importa su reputación, lo que digan de él (con toda probabilidad, se habrá “charlado” mucho sobre él): tiene una tarea y está decidido a llevarla a cabo. Por eso, san José, con todas sus características poco modernas, aparentemente poco agradables y poco simpáticas, es el modelo para todo hombre. Ruega por nosotros.
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