Un gesto que desconcierta: cuando la tradición se tuerce en nombre de una falsa inclusión
Por Centro Cultural Cruzada

El Jueves Santo, 18 de abril de 2025, durante una de las ceremonias más sagradas del calendario litúrgico católico, se vivió en la Catedral Primada de Colombia un acto que ha dejado perplejos a muchos fieles. El Cardenal Luis José Rueda Aparicio, Arzobispo de Bogotá, decidió realizar el Lavatorio de los Pies no a doce hombres —como representa el símbolo directo de los Apóstoles elegidos por Nuestro Señor— sino a doce mujeres transgénero, algunas de las cuales, según se ha dicho, se identifican como trabajadoras sexuales.
Esto no es una simple anécdota ni un pequeño cambio de forma. Estamos hablando de una alteración directa de un gesto profundamente simbólico que no solo representa humildad, sino también la institución del sacerdocio y la misión apostólica de la Iglesia. Es un acto litúrgico, no un experimento social.
Quienes somos fieles a las enseñanzas perennes de la Iglesia Católica, no podemos quedarnos en silencio cuando lo sagrado se distorsiona para responder a presiones ideológicas de moda. La tradición del Lavatorio de los Pies no es un capricho ni una costumbre superficial: es un reflejo vivo de la Última Cena, donde Cristo lavó los pies de los Doce, todos hombres, todos llamados al sacerdocio. No se trata de excluir por excluir, se trata de mantener lo que Cristo mismo instituyó.
El acto del Cardenal Rueda, aunque quizás movido por una intención de cercanía y compasión, desdibuja el mensaje del Evangelio. La caridad no consiste en validar públicamente aquello que la Iglesia ha llamado, con claridad, pecado. Y eso es justamente lo que hace que este gesto no solo sea desconcertante, sino profundamente grave. La Iglesia no puede, bajo ninguna circunstancia, disfrazar de “inclusión” lo que en el fondo es una claudicación frente al mundo.
Se nos dice que “toda vida es sagrada”, y por supuesto que lo es. Pero lo sagrado no se reduce al plano biológico, sino que abarca el alma, la verdad, la conversión. Y la caridad verdadera no oculta la verdad, la proclama con amor, pero con firmeza. Si la Iglesia pierde el valor de hablar con claridad sobre el pecado, entonces está fallando no solo como guía, sino como madre.
Lo que más duele no es solo la elección de las personas que participaron del rito, sino lo que representa: una señal, un mensaje que muchos interpretan como aprobación. Y en un mundo donde la confusión reina, donde las voces del relativismo suenan más fuerte que nunca, un gesto como este no aclara, sino que oscurece. Parece querer complacer a quienes rechazan los principios inmutables de la fe, en lugar de confirmarnos en la verdad que salva.
La ausencia de una postura clara de parte de la Conferencia Episcopal sobre este hecho solo aumenta la preocupación. ¿Dónde están los pastores que deben alzar la voz en defensa de la fe? ¿Cuántos fieles, especialmente los más jóvenes, quedarán confundidos, sin saber si la Iglesia hoy aún cree lo que siempre ha enseñado?

Por supuesto, la dignidad de toda persona debe ser respetada. Nadie lo pone en duda. Pero eso no implica alterar los signos sagrados que nos dejó el mismo Cristo. El Lavatorio de los Pies no es un acto político, ni una declaración social: es un eco del amor del Señor hacia aquellos que eligió como columnas de su Iglesia.
La caridad sin verdad se convierte en un disfraz que, aunque parezca compasivo, es profundamente peligroso. Porque engaña, porque relativiza el pecado, y porque termina por silenciar el llamado a la conversión. Y si la Iglesia deja de llamar al mundo a convertirse, ¿entonces para qué está?
Estamos ante un momento decisivo. No es tiempo de tibieza ni de ambigüedades. Los fieles que amamos la tradición y defendemos la verdad del Evangelio debemos mantenernos firmes, hablar con claridad y exigir que lo sagrado no se manipule, ni se adapte a las modas del momento.
Cristo no lavó los pies de sus apóstoles para hacerlos sentir incluidos. Lo hizo para enseñarles a servir, sí, pero también para recordarles su vocación, su misión, su identidad. Y eso no se puede alterar sin que se resienta toda la estructura espiritual que nos sostiene como Iglesia.
Por el bien de todos —incluso de aquellos a quienes se quiso honrar con este gesto— es hora de recordar que el verdadero amor no consiste en aplaudir lo que aleja de Dios, sino en señalar el camino que conduce a Él, aunque sea difícil, aunque no sea popular, aunque duela.
