Una tragedia anunciada

Continúa conociéndose información sobre la tragedia del terremoto. Según los últimos datos del gobierno, 480 municipios fueron afectados, aunque las ciudades con mayores daños son Cali, Pereira, Manizales y Quibdó.

La magnitud de la tragedia en Cali nos obliga a hacer algunas consideraciones. En esta ciudad, la mayor destrucción se concentró en dos áreas específicas, donde colapsaron poco más de 100 edificios residenciales. Según el informe final de la alcaldía, en la ciudad hay 8.600 edificaciones afectadas y cerca del 20% tendrán que ser demolidas.

Esas dos zonas son las cuencas del río Cañaveralejo, en el sur, en las inmediaciones de la Plaza de Toros, y la del río Menga, en el extremo norte. En el resto de la ciudad la mayoría de las edificaciones resistieron el terremoto sufriendo daños menores.

¿Cómo pudo pasar esto?

Durante miles de años los ciclos de lluvias producían inundaciones a lo largo del cauce de estos dos ríos, de tal forma que la erosión de la cordillera se expandía por sus riberas. Esto creó unos suelos débiles, arenosos y pantanosos, de tierras poco compactas que al momento de un terremoto se comportan como arenas movedizas.

Fue a partir de 1950 cuando Cali se expandió alrededor del río Cañaveralejo. Hasta entonces, allí solo había haciendas que cambiaron su vocación a terrenos urbanos, por lo cual en esa época se debieron hacer estudios de suelos para saber qué tipo de construcciones se podrían levantar allí.

Los hechos indican que no se le prestó ninguna atención a la realidad.

Desde entonces, los muchos temblores que han ocurrido han sido un peligro extremo para esas construcciones, porque siempre acontece que es allí donde hay más daños y afectaciones. A pesar de ello, nadie en la alcaldía alertó sobre el peligro y los planes de desarrollo permitieron levantar centenares de grandes edificios residenciales en esa zona, muchos de ellos con más de 15 pisos.

Pasados algunos años los urbanistas “geniales” que proyectaron el desarrollo de la ciudad decidieron enterrar el río Cañaveralejo, para convertirlo en un canal subterráneo de aguas negras. Lo que hubiera podido ser una zona hermosa llena de árboles centenarios y zonas verdes alrededor del río, como acontece con el río Cali, se tapizó con avenidas y edificios.

A pesar de que cada temblor producía daños graves, que eran reparadas inmediatamente por sus propietarios, las autoridades seguían concediendo licencias de construcción para nuevos proyectos.

Aunque todos sabían del peligro, ni la alcaldía, ni los constructores tomaron precauciones. Todos sabían que esos suelos eran blandos, húmedos, con alto nivel freático, y que con los temblores se multiplicaban las ondas sísmicas. Pero siguieron construyendo sin impedimento alguno, y lo más grave, sin reforzar la cimentación, mejorando la estructura de cada edificio, para hacerlos más resistentes a los frecuentes sismos.

Ninguno de los constructores pensó que algún día iba a ocurrir un terremoto de 7,4 grados con dos minutos de duración. Pues bien, eso fue lo que sucedió y esas dos zonas de Cali quedaron devastadas.

Cientos de edificios mal construidos

Además de lo expuesto, hay otra circunstancia excepcional que debe ser investigada en profundidad. Y es la constante en el escenario de la tragedia, que en una misma cuadra hay edificios totalmente derrumbados, otros con graves daños estructurales y otros completamente sanos.

¿Cómo explicarlo? La respuesta es muy simple. Es que hay edificios muy mal construidos, otros regularmente construidos y otros muy bien construidos, que aguantaron el embate sin sufrir ningún daño. Y esto es inaceptable en una ciudad donde todas las edificaciones deberían cumplir con normas estrictas de sismo-resistencia.

Al ver los informes periodísticos ampliamente divulgados han aparecido las filmaciones de muchos edificios colapsados en donde se puede ver que las estructuras no tenían la cantidad suficiente de hierro o acero, que las medidas y la calidad de estos elementos no eran las adecuadas, que los amarres de las columnas con las vigas eran defectuosos, y que la calidad de la mezcla de concreto con triturados de piedra no cumplía con las normas establecidas. La consecuencia inevitable de semejante irresponsabilidad es que esos edificios se derrumbaron.

Esta realidad evidencia la absoluta falta de control de las autoridades para verificar la calidad de las edificaciones y la irresponsabilidad criminal de algunos constructores.

Esto no se puede repetir nunca más. A partir de ahora se debe limitar la construcción de edificios en esos sectores, y las autoridades deben verificar que todos los que se construyan deben aplicar las normas de sismo-resistencia establecidas.

También, lo ideal sería desenterrar los ríos convertidos en cloacas y convertir en parques públicos sus zonas adyacentes, para impedir que a alguien se le ocurra volver a construir edificios donde los que había se derrumbaron.

Es imposible luchar contra la naturaleza en estos casos. Y la ventaja de no hacerlo es que se pueden recuperar para la ciudad grandes zonas verdes atravesadas por ríos, repitiendo el hermoso paisaje urbano del río Cali, que gracias a Dios a ningún genio urbanístico se le ocurrió meterlo por dentro de un tubo, para construir a su alrededor edificios con diseños horrorosos, como muchos de los que tenemos en Cali.

Es necesario conservar la memoria arquitectónica y cultural

Además de ser una irresponsabilidad histórica y cultural, los desarrolladores de la ciudad demolieron la mayoría de las construcciones emblemáticas de Cali, para reemplazarlas, en nombre de la modernidad, por edificaciones de mal gusto. A Cali se le negó el derecho de conservar su memoria histórica.

La mayoría de las ciudades y pueblos del mundo lo hacen, pero la idiotez de nuestras autoridades decidió que era mejor demoler la historia y enterrar varios de los siete ríos que embellecen el paisaje urbano de la ciudad. Ese es el falso concepto de modernidad que es alimentado por mentes apocadas que no entienden el valor de la tradición, de la historia y de la cultura.

Los monumentos que nos dan identidad se tienen que conservar. Si la naturaleza los derrumba, sencillamente se reconstruyen para que permanezcan por siempre, porque ellos son el símbolo y la tradición que nos une. Eso es precisamente lo que cientos de millones de personas van a ver todos los años en Europa y otros lugares del mundo, donde se han tomado en serio el trabajo de conservar sus joyas arquitectónicas, muchas de las cuales tienen más de 2.000 años y permanecen intactas.

Aquí hemos hecho lo contrario. Las hemos derribado para reemplazarlas por construcciones horribles, que nadie se explica cómo han podido salir de la imaginación de arquitectos competentes. Entre las joyas desaparecidas están el Batallón Pichincha, donde está ahora el edificio de la alcaldía; el Hotel Alférez Real, convertido en un parque abandonado; y el antiguo palacio de la Gobernación, donde se construyó la actual. Si en vez de demolerlos los hubiesen restaurado, estarían embelleciendo el patrimonio cultural de Cali.

Qué importante sería que las autoridades consideren estas apreciaciones al momento de comenzar la reconstrucción de las decenas de poblaciones afectadas, conservando el estilo original de las construcciones, para que permanezca por siglos el legado cultural que hemos heredado.

Fuente: lalinternaazul

Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *