El Islam radical y fanático debe ser enfrentado
- Eugenio Trujillo
En mi artículo anterior me referí a la guerra de los EEUU e Israel contra Irán. Es una acción militar para derrocar la dictadura de los ayatollás, pero en ese conflicto también hay una guerra religiosa a la cual no se le está prestando casi ninguna atención.
Occidente vive de espaldas al problema del Islam, que se agrava todos los días. Se trata de una invasión masiva de la población musulmana hacia Europa y los EEUU, que amenaza con desfigurar la identidad cultural y religiosa de la Civilización Cristiana.
No se trata apenas de una población pobre que quiere migrar hacia estados prósperos. Eso en sí mismo es legítimo, aunque la causa sea el abandono del mundo a las crisis de las naciones de África, que pasaron del colonialismo perverso a las dictaduras salvajes y corrompidas. Mientras algunas son apenas corruptas y se dedican a desfalcar al Estado, otras son islamitas radicales y pretenden exterminar a la población cristiana, que en África es inmensa, a través de la implantación del Islam radical, de la sharia, que es la Ley Islámica, que pretende abolir el cristianismo e imponer un régimen donde solo Mahoma y el Islam tienen cabida.
Quien afirme que este es un problema fácil de resolver, miente. Quien diga que es un problema intrascendente, se equivoca. Quien crea que esto no afectará a Occidente, cierra los ojos ante el más grave de los peligros que enfrenta nuestra Civilización.
Guardando las proporciones y considerando los escenarios donde esta locura se está implantando ahora, la situación es similar a la de Europa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Las potencias europeas, lideradas por Inglaterra y Francia, firmaron un pacto de no agresión con Hitler en 1938 y lo celebraron de forma apoteósica. Era la “paz” duradera, y la garantía de que el tirano estaba satisfecho en Alemania y que los nazis no invadirían a Europa.
Es mejor luchar que ceder ante el enemigo
Pero bien pronto eso que llamaban “paz” saltó por los aires y en pocos meses casi todos los países de Europa estaban invadidos y dominados por los ejércitos de Hitler. Esto es lo que acontece con aquellos que optan por la cobardía ante las amenazas de quien los quiere destruir, porque consideran que es mejor ceder ante el enemigo que luchar contra él.
El resto de la historia es conocida y su desenlace fue el mayor cataclismo que ha presenciado la humanidad, con más de 60 millones de muertos. Decenas de naciones desaparecieron, se fusionaron con otras, fueron invadidas durante décadas y se creó la infame Cortina de Hierro, atrás de la cual vivieron como esclavos muchos millones de personas, cambiando para siempre a Europa y al mundo.
Esto obliga a una pregunta obvia, que nadie en Occidente ha sido capaz de responder: ¿Qué hacer frente al peligro del Islam?
Obviamente, la respuesta sensata no es crear una política de tierra arrasada contra el Islam. Esto es absurdo, impracticable y contraproducente. Pero igualmente lo sería la respuesta opuesta, que sería adoptar la tolerancia y la indiferencia absoluta de las naciones europeas frente a la progresiva invasión del Islam.
El papel de la falsa tolerancia
La más urgente medida debería ser cancelar la política de tolerancia frente a la inmigración descontrolada. Cuando Europa subsidia a los que llegan, los aloja en su territorio, les da ciudadanía, les paga todos sus gastos y los convierte en una clase privilegiada que vive del Estado sin trabajar, está dinamitando su propio futuro.
Igualmente, Europa debe recuperar el amor por su propia Civilización, que es la más grandiosa que ha conocido la humanidad, y defender sus valores con una entereza a prueba de los más feroces ataques. Así lo hizo España durante 700 años ante la invasión mora, hasta que en 1492 derrotó al Islam y poco después se convirtió en la primera nación del mundo. Y así lo hizo Europa durante casi dos milenios con las invasiones islámicas.
Ahora, Europa sucumbe ante el islam y su propia población no se defiende del invasor. Proclama la tolerancia con los que llegan a destruir el cristianismo y a imponer el Islam y su forma de vida. Los que invaden actúan como conquistadores intolerantes y proclaman que los fundamentos de la cultura europea deben desaparecer, porque no coinciden con el mandato de Mahoma.
Esa es la realidad, aunque parezca muy difícil de entender. En todas las naciones europeas aumentan los robos, asaltos y violaciones. Países que alcanzaron una seguridad y bienestar que son ejemplo para el mundo, como Suecia, Noruega y Dinamarca, ahora enfrentan hordas de musulmanes que destruyen las ciudades ante la impotencia de las autoridades. En las naciones donde el problema es mayor como Inglaterra, Francia, España e Italia, ya hay sectores dentro de las principales ciudades donde la policía no puede entrar, ni ejercer control alguno, porque son territorios gobernados por Alá y cualquier cristiano que se oponga a su dominación es perseguido o asesinado.
Cientos de iglesias católicas han sido incendiadas en los últimos años, al tiempo que cientos de mezquitas han sido construidas en esas mismas ciudades, algunas inclusive financiadas con fondos públicos. La educación católica ha sido suprimida dizque para respetar las creencias musulmanas, mientras que los símbolos religiosos cristianos son retirados de colegios, universidades y lugares públicos, para no ofender a Mahoma.
Simultáneamente, el Islam manifiesta su poder destructivo a través de organizaciones terroristas que no ocultan sus intenciones de destruir a Occidente. Entre ellas están Hezbollá, Hamás, los Hermanos Musulmanes, el Ejército Islámico y Boko Haram, que cometen todo tipo de crímenes en el mundo y son cobijados por la más absoluta impunidad.
La opresión de la mujer musulmana
A la mujer musulmana se le impone la obligación de cubrirse el rostro con la burka, lo cual viola su derecho a la libertad, pues no puede ser esclava del fanatismo religioso, ni de su esposo, ni del sistema opresor que el Islam le impone.
¿Por qué el feminismo radical no protesta contra estos abusos? El marxismo cultural en Europa está en pie de guerra para defender el aborto, la ideología de género, el nudismo en las calles y todas las formas conocidas de degradación cultural, pero no dice una sola palabra contra la opresión de la mujer en el Islam. Guardan silencio cuando las niñas de menos de 10 años son obligadas a casarse con hombres de 70, a vivir enclaustradas, a no poder ir al colegio o la universidad, a practicar una profesión cualquiera, a conducir un automóvil, o sencillamente salir de su casa para tomar un café o dar un paseo.
Esos derechos elementales son prohibidos por el Islam dentro de países que son libres, que proclaman ante el mundo la defensa de los derechos humanos, los derechos de la mujer y los derechos de los niños, pero callan cobardemente ante la atrocidad de las costumbres fanáticas del islam, que significan un atraso de más de mil años en la historia. ¡Qué hipocresía!
Este entrechoque de religiones y de culturas va a explotar en cualquier momento, a pesar de las políticas de tolerancia, de falso ecumenismo y de falsa paz. Ahora se dice que todas las religiones son buenas y conducen a Dios, y en esa farsa entró también la Iglesia Católica, dominada por las corrientes modernistas del Concilio Vaticano II y los confusos Sínodos de la Sinodalidad, que se apartan del mandato claro y poderoso de Nuestro Señor cuando afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Estamos ante una situación similar a la de los terremotos. Durante décadas, las placas tectónicas se presionan entre sí con una fuerza incalculable, hasta que en determinado momento explotan y todo se convierte en caos, porque es el terremoto que llega. El mundo sabe que la tragedia se aproxima, porque, pudiendo tomar muchas medidas para evitarla, no se toma absolutamente ninguna.
¡Entonces, si este proceso continúa, más temprano que tarde la tragedia de Occidente será inevitable!
